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El "no" de la Iglesia a los neotemplarios

Jueves 08 de Noviembre, 2018
Desde que en 1307 la Iglesia se deshizo de la orden de los caballeros templarios, no han dejado de surgir numerosas nuevas órdenes templarias. Algunas de ellas han querido volver a adherirse a la santa institución... con poco éxito.

Hacerse caballero templario en pleno siglo XXI no es del todo bien visto en la Santa Madre Iglesia que otrora les promocionó. En 2012, la Secretaría de Estado del Vaticano publicó un breve documento acerca de la relación de las “órdenes ecuestres” o de caballería con la Iglesia Católica en el que se dice claramente que “la Santa Sede reconoce y tutela solamente a la Soberana Orden Militar de Malta (…) y a la Orden de Caballería del Santo Sepulcro de Jerusalén, y no tiene intención de hacer innovaciones en este sentido”.

Es decir, que fuera de las Órdenes erigidas por la propia autoridad papal, sólo hay dos reconocidas oficialmente por la Iglesia a nivel universal: la Orden de Malta y la del Santo Sepulcro. Esto da una idea de los problemas que generan la proliferación de Órdenes en torno al ideal “caballeresco” y, concretamente, los que aseguran representar al Temple en su sentido más eclesial.

En 1981, la Curia romana realizó un inventario de grupos u organizaciones que, de una manera u otra, se identificaban con la Orden del Temple. El resultado final arrojó que existían más de 400 asociaciones repartidas por todo el mundo.

“En el Vaticano –asegura Ortega– se han recibido al menos unas 250 peticiones de restauración de la Orden del Temple. La mayoría presumen de ser los auténticos continuadores, descendientes directos de la antigua Orden medieval, asegurando poder mostrar, cuando llegue el momento, los documentos que avalan sus derechos sucesorios”.

Hay que recordar, en este sentido, que los templarios medievales estaban liberados de toda obediencia espiritual, salvo la que debían al Santo Padre. De acuerdo a la bula Omne Datum Optimum, concedida por el papa Alejandro III en enero de 1162 –una repetición de la de Inocencio II de 1139–, los templarios poseían sus propios cementerios y capellanes e, incluso, fueron liberados de pagar diezmos, lo que no suponía ningún impedimento para que la Orden pudiera recibirlos.

Gracias a estas circunstancias, los monjes guerrero consolidaron su poder y lograron preservar sus secretos de ojos indiscretos, ayudando así a crear una mitología a su alrededor.

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