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Terror en el monasterio

Jueves 16 de Marzo, 2017
Hay lugares de nuestra geografía que encarnan la esencia misma del misterio, donde la historia oculta, la simbología y los fenómenos paranormales se aúnan en un todo formando el caso perfecto. Uno de esos lugares lo encontramos en la provincia de Sevilla, en la bella localidad de Santiponce. Hasta allí nos vamos…
J.M. García Bautista

E l majestuoso Monasterio de San Isidoro del Campo, situado cerca de las ruinas de Itálica, fue el primer monumento en conseguir el título de Conjunto Histórico-Artístico de Interés Nacional de la provincia de Sevilla, el día 10 de abril de 1872. San Isidoro tiene una gran importancia en la restauración eclesiástica, entre los años 1258 y 1287, y sus reliquias tienen fama de ser muy milagrosas. Fue fundado por Alonso Pérez de Guzmán, conocido como Guzmán “el Bueno”, un noble español al que se considera creador de la Casa de Medina-Sidonia.

La edificación tuvo lugar sobre una ermita mozárabe que, según la tradición, fue donde estuvo enterrado san Isidoro hasta su traslado a la Colegiata de León. Precisamente en ese lugar cuenta la leyenda que, bajo el antiguo templo mozárabe, estaba enterrado también el cuerpo de san Jerónimo. Encima de lo que fue este templo se construyó la primera parroquia. Resulta muy curioso comprobar que junto a la primera iglesia, pared con pared, se construyó un segundo templo, siendo ambos conocidos como “Las iglesias gemelas”. El porqué de esta segunda construcción tiene varias explicaciones.

Según Barranastes: “Cuando se instituyó y fundó aquel monasterio, Alonso Pérez de Guzmán dejó mandato a su hijo de que no se enterrase él ni ninguno de sus descendientes en aquella capilla donde él se había de enterrar, sino que hiciesen nuevos enterramientos, así lo hizo Juan Alonso de Guzmán para su enterramiento construyendo algunos años después otra iglesia junto a aquella con un arco hueco”.

El 14 de febrero de 1301, se fundaba este monasterio con 40 monjes cistercienses que permanecieron en él hasta 1431 y constituyó el monasterio cisterciense más meridional de toda Europa. Su fundador, Guzmán “el Bueno”, dejó bien claro algunos aspectos de cómo los monjes debían respetar el patrimonio, disponiendo normas para el enterramiento propio y de su linaje “con la obligación de que los monjes diesen cada día diez misas, una de ellas cantada, por nuestras ánimas y en remisión de nuestros pecados (…)”. Los primeros monjes procedían del monasterio cisterciense de San Pedro de Gumiel de Hizán y del de Aranda de Duero, ambos en Burgos. Tras la muerte de Guzmán, sus restos fueron sepultados en el sitio. Cuando se cumplieron 300 años de su deceso, se procedió a instalar una inscripción, que reza: “Aquí yace don Alonso Pérez de Guzmán el bueno que dios perdone, que fue bienaventurado y que no dudo de servir a Dios y a los Reyes, y fue con el muy noble Rey Don Fernando en la cerca de Algeciras y estando el Rey en esta cerca fue en ganar Gibraltar (…) era de mil trescientos cuarenta y siete, que fue año del señor de mil trescientos nueve”.

Sobre el año 1397, y tras un fallido intento por parte de los monjes cistercienses de encabezar una reforma eclesiástica que propició su huida –en la que tuvo mucho que ver las lecturas de libros prohibidos por la Santa Inquisición–, decide don Enrique, hijo de Guzmán “el Bueno”, acoger a los jerónimos de fray Lope de Olmedo. A mediados del siglo XVI se desarrolló en él uno de los primeros focos protestantes en España, leyéndose y traduciéndose en su interior libros de luteranismo. El monasterio en esta época sigue ampliándose, y se le añade una torre y varios claustros, así como hospedería e instalaciones agropecuarias. En 1557 el monasterio se convirtió en símbolo de ignominia para su Orden religiosa, puesto que de él huyeron hacia Ginebra una docena de monjes, acusados de protestantismo por el Santo Oficio, entre ellos fray Francisco de Fria, prior del mismo. Entre los fugados hay que destacar a Casiodoro de Reina, autor de la primera edición de la “Biblia del Oso”, nombre que se le dio por aparecer en la página del título un oso comiendo miel de un panal, publicada en Basilea en 1559. Esto hizo que el monasterio fuese más conocido fuera que dentro de nuestras fronteras, y es lugar de peregrinación para los evangelistas de todo el mundo. Tanto, que en época reciente llegaron a comprar parte del edificio.

Los que no pudieron huir purgaron sus pecados en las llamas purificadoras de la Inquisición del sevillano Prado de San Sebastián.

EL MONASTERIO HOY
Pero hay más… Desde el propio Ayuntamiento de Santiponce nos hablan de los fenómenos inexplicables que suceden en su interior: de voces que se manifiestan de la nada, de extrañas corrientes de aire, sombras que pasean a su antojo por el recinto y que han sido vistas por algunos de los vigilantes de seguridad del monasterio; de pisadas e incluso de un órgano que suena solo. ¿Quién lo provoca? Aquellos a los que entrevistamos no lo dudan: “Los seres que moran aún en este lugar”.

Así, tras no pocas gestiones y meses de espera, una noche de mayo llega la autorización para entrar e investigar in situ. Es la primera vez que dan una autorización para ello y el equipo de Sevilla es el elegido para llevar a cabo la investigación de campo.

El lugar es lo suficientemente grande como para ser abordado por varios equipos de investigación Así, desarrollamos una metodología de trabajo con dicha premisa en cuanto contactamos con los demás miembros para investigar con nuestro protocolo de actuación. Desde los preparativos iniciales no se había dejado nada a la improvisación. Una vez que nos abrieron las puertas del recinto nos sentimos totalmente apoyados tanto por los vigilantes del lugar como por parte de los miembros de Cultura y responsables directos de aquel bello enclave. Estas mismas personas se ofrecieron a explicarnos los puntos calientes de fenomenología inexplicable y los lugares idóneos para su estudio.

El órgano de la iglesia está situado en la parte central de la segunda capilla. Cuentan que funciona solo, a pesar de que hace tiempo que se encuentra averiado. Los testigos hacen referencia también a unas sombras con forma cuasi humana que se pasean por el llamado “patio de muertos”, y que en ocasiones han sido vistas por trabajadores y vigilantes dirigiéndose a varias estancias de la planta inferior; también escuchan el sonido de lamentos femeninos procedentes de un ala que da a un edificio exterior y que, antaño, estaba destinado a cárcel de mujeres…

La información se nos acumulaba mientras señalábamos en el plano de planta que teníamos todos los sitios con cruces, y mentalmente hacíamos una división de las personas que estábamos en equipos, con la intención de tener la máxima extensión cubierta y poder captar así los posibles fenómenos que ocurriesen. No fue nada sencillo, ya que uno o dos de nosotros debería de estar todo el rato pasándose por los lugares asignados con la máxima discreción para no alterar los experimentos –principalmente los sonoros– y tener constantemente noticias de lo que pudiera suceder, contrastando así la información recibida hasta ese momento.

Cada equipo llevaba, como mínimo material, una grabadora de audio digital y una cámara de fotografía y vídeo como sistemas más objetivos de trabajo. Igualmente, los equipos llevaban otros sistemas de apoyo más específicos: la famosa Spirit Box, la Ovilus 3 bilingüe, o medios técnicamente ultrasofisticados como una cámara térmica con grabación. 12 personas en total ocuparon las principales salas, comenzando una noche inolvidable.

EXPERIENCIAS INEXPLICABLES
Cuando llevábamos tres horas en el interior del edificio comenzaron los fenómenos extraños, así los miembros del grupo de investigación GPS, Lorenzo Cabeza y Carmen Bravo, tienen la oportunidad de escuchar claramente cómo el órgano de la capilla toca solo, causándoles una gran impresión, pues se hallaban frente a él: “Era como si reclamara nuestra atención”. Se registra una psicofonía clara al preguntar: “¿Quién eres?”. La respuesta es: “Juan… Guzmán”; justamente a su derecha está el túmulo de Juan Alonso Pérez de Guzmán y Afán de Ribera. Carmen se sintió desfallecer. Además, escucharon pasos que se acercaban y vieron una extraña sombra en el patio. En la habitación contigua, llamada “La sala de los espejos”, se captaron orbes –sujetos a análisis– y voces femeninas con tono apesadumbrado. En esta misma zona se vive un momento de tensión cuando el investigador Jesús García Jiménez sufre una presión incomprensible originada por una sombra y se siente morir. Quizás el azar… o quizás sólo sea sugestión. Otra zona muy activa es donde se guarda la “Biblia del Oso”. Los investigadores Sara Vargas y Antonio Cabral captan importantes psicofonías y la Ovilus 3 comienza a brindar palabras tan significativas como: Biblia, demonio, paranormal, éste, muerte, affaire y oración, entre otras. Curiosamente, antes se da un mensaje: “East Bible”, Sara desconocía que la “Biblia del Oso” y se encuentra en esa zona este del edificio… ¿Casualidad?

Hubo un momento en el que parafonías y palabras en la Ovilus 3 iban sincronizadas al unísono vía Spirit Box. ¿Cómo era posible? Simultáneamente, José David Flores, Erika Rocha y Antonio Díaz, captaban en un equipo especial de escucha el llanto y los gritos de unas mujeres a la vez que ante ellos veían pasar una sombra por el patio trasero, un lugar que da, precisamente, a la antigua cárcel femenina citada. En el refectorio, Pedro Pilar y Ana Belén Garrido se estremecieron cuando tras ellos y en la oscuridad, escucharon unos pasos de alguien invisible, que identificaron con el sonar de unas sandalias –algo que quedó registrado en audio–. Así lo narraban: “Estábamos sentados bajo el cuadro de la Última Cena, observando atentamente la oscuridad por si algo cambiaba, con las grabadoras en marcha. Apenas iluminaba la estancia el resplandor de los leds de las cámaras de seguridad y las grabadoras y un leve matiz mortecino que venía del patio, sólo perceptible. cuando las pupilas están más dilatadas. La puerta de la estancia, que se extendía rectangular y alargada ante nosotros, se encontraba hacia la mitad de la misma, en el lado izquierdo, dando acceso al Patio de los Muertos. Cuando llevábamos casi cinco minutos a oscuras, escuchamos unos pasos que venían del claustro que rodeaba el patio e, instantes después, avanzaron desde la puerta hacia nosotros, resonando con eco en toda la sala, acercándose de forma enérgica, decidida, con esa ligera cadencia de arrastre tan típica de unas sandalias. Los pasos pararon a un metro escaso de donde estábamos sentados. La oscuridad se hizo más densa, más opaca, si es posible que así sea. No me cabía duda de que había alguien ante nosotros y me sentí como si una inmensa autoridad fuese a darme una reprimenda, para nada agresiva, pero sí firme –soy consciente de que es una percepción totalmente subjetiva–. Por unos instantes casi contuve la respiración, temiendo hacer cualquier ruido que alterase la grabación. Mis ojos se abrieron como platos, el pulso se me aceleró. Apenas unos segundos que me parecieron eternos. Y de pronto, como si hubiese “cambiado de opinión”, los pasos reanudaron su marcha y se fueron alejando de nosotros hasta que desaparecieron por el mismo lugar que habían venido. Como si reaccionase tardíamente, Pedro encendió su linterna y alumbró toda la sala. No había nadie”. En las cámaras instaladas no se ve a nadie entrar pero sí se recoge el momento de esas pisadas. ¿Qué o quién las produjo? “Es una realidad de otro mundo”, nos dijo sin titubeos un vigilante. Igualmente, nuestros dos compañeros pudieron captar otras interesantes psicofonías con un mensaje inquietante: “tumba”, como si hiciera alusión a una zona donde yacen cuerpos enterrados. Otros dos compañeros, Andrés Blanco y Rocío Barrera, grabaron, usando su cámara térmica, cómo una espectral figura se asomaba hacia el patio interior, el Patio de los Muertos, desde la planta superior. La conclusión que sacó el psicólogo Jesús García era demoledora: “todos los que allí nos encontrábamos éramos observados por entidades no visibles, no terrenales, no pertenecientes a este mundo”. En ocasiones, cuando se acomete una investigación paranormal, no se sabe exactamente lo que uno se va a encontrar. Hay muchos testimonios directos de hechos inexplicables pero jamás se sabe si el día –o la noche– elegida para las investigaciones in situ será tranquilo, sin incidentes, o si, por el contrario, nos brindará la necesaria agitación paranormal como para poder concluir algo definitivo sobre determinada fenomenología.

Abandonamos el Monasterio de San Isidoro del Campo, pero la investigación prosigue, noche tras noche, y las sorpresas son tan abundantes que casi podemos asegurar que nos hallamos ante un enclave encantado.

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Comentarios

Me encantaria formar parte de esas experiencias si tubiese los recursos economicos..creo que trataria de hablar cin laa entidades

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