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Richard Locke: Una odisea lunar

Jueves 18 de Enero, 2018
Este personaje defendió en el s. XIX que el hombre ya había estado en la Luna. Es precursor de la ciencia ficción y un gran exponente de que antes de Internet ya se propagaban bulos.

El 25 de agosto de 1835 no iba a ser un día más para el periódico neoyorquino The New York Sun. Aquella mañana, en su segunda página, comenzaba la publicación de lo que acabaría siendo una serie de seis artículos en los que se daba noticia de los grandes descubrimientos realizados por sir John Herschel. A la sazón este Herschel, un astrónomo inglés que pasaba por ser uno de los más reputados de su tiempo, se había desplazado nada menos que hasta el Cabo de Buena Esperanza para aprovechar sus condiciones ideales para la observación del Cosmos. Ayudado de un telescopio de 6.725 kilos que generaba hasta 42.000 aumentos, estaba dispuesto a dar un salto en el conocimiento de nuestros cielos. Pero lo que descubrió lo dejó atónito…

Los lectores de The New York Sun  comenzaban a inquietarse ante lo que estaban leyendo. Toda una novela de aventuras, en suma. Herschel recopiló sus observaciones en una serie de documentos que entregó a su segundo, Andrew Grant, para que los llevase a la Royal Society con el fin de darlos a conocer primero a la comunidad científica. Pero este Grant tenía un olfato inmejorable para los negocios y, en lugar de realizar su cometido, comenzó a escribir una serie de piezas para la publicación escocesa Edinburgh Journal of Science.

Las mimas que ahora reproducía The New York Sun. Historias fascinantes, desprovistas por completo de datos técnicos y “científicos” gracias a la prudencia de Grant, y que, en suma, demostraban que uno de los grandes misterios de la historia quedaba desvelado: había vida en la Luna, nuestro satélite estaba habitado. Y de qué forma…

En un total de seis días trepidantes, durante los cuales la atención del público de Nueva York se fue focalizando cada vez más en el citado rotativo, Andrew Grant fue presentando revelaciones cada vez más y más emocionantes sobre nuestro satélite. No, no era un paraje yermo, sino que estaba recubierto de praderas y flores de color rojo. Había bosques, y pinos, y playas de arena blanca encastilladas con rocas de mármol verdoso, e incluso ríos, islotes, cristales en forma de pirámide que alzaban sus reflejos 30 m de altura. ¡Y además, había animales!

Herschel decía haberlo visto: bisontes pequeños como perrillos, renos diminutos y ciervos enormes, aves extrañísimas, criaturas anfibias esféricas que se desplazaban rodando por el suelo, osos con cuernos y hasta unicornios de color azul. Incluso, pudo observar unos avanzadísimos castores bípedos cuyos conocimientos de ingeniería desafiaban a los de los seres humanos que, además, manejaban con soltura el fuego.

A esas alturas, toda la ciudad tenia a The New York Sun entre su comidilla predilecta. ¿Pero, había vida humana? Todo estaba preparado para la última sorpresa, el gran golpe de gracia. Y llegó en el cuarto de los artículos, el viernes 28 de agosto de 1835. Fue el día de los “vespertilio-homo”. Eran seres alados, completamente cubiertos de pelo, que se movían con gracilidad y se comunicaban entre ellos por signos. Forma humanoide, membranas como las de los murciélagos.

Carácter racional, claro, no en vano habían construido un enorme palacio con paredes de zafiro y tejado de oro. Y, además, tenían unos hábitos difíciles de describir en un diario del siglo XIX. “Algunas de sus diversiones no se avendrían muy bien con el decoro de nuestras costumbres terrestres”, publico el periódico. Al parecer, se pasaban todo el día desnudos y fornicando.

Seres capaces de crear estructuras tan hermosas y, a la vez, de estar tan corrompidos por el pecado según la mentalidad de la época. El público anhelaba nuevas historias. ¿Podrían los humanos comunicarse con los “vespertilio-homo”? ¿Qué alimentación llevaban los unicornios? ¿Como eran la cohabitación con los grandes castores? Se había abierto un enorme caudal de información… que se cerró de forma tan brusca como había llegado. Lo contaba Andrew Grant en líneas que desprendían una tristeza desoladora. Herschel era también un poco despistado, así que una noche dejó la portentosa lente de su telescopio orientada hacia el este. Los rayos solares del amanecer se habían mostrado implacables, dejando aquel aparato completamente inservible.

 

UNA VERDAD INCÓMODA

Una bella historia que era, claro, falsa. En 1833, sir John Herschel viajo hasta el Cabo de Buena Esperanza para realizar unas observaciones astronómicas entre las que se encontraba, por ejemplo, el estudio del cometa Halley, que sería visible durante el año 1835. Pero hasta ahí. El resto fue un invento.

Andrew Grant jamás existió, o al menos ningún doctor Grant acompañó a Herschel. Y tampoco pudo vender la primicia de sus descubrimientos al escoces Edinburgh Journal of Science por la sencilla razón de que esa publicación había dejado de editarse unos años antes. Así que alguien había inventado aquella historia maravillosa. Pero, ¿quién?

Todos los ojos se volvieron hacia Richard Adams Locke, un escritor inglés recién aterrizado en Nueva York que trabajaba en la redacción de The New York Sun. En aquel tiempo el diario era casi un recién nacido que tiraba unos 8.000 ejemplares diarios.

Seguramente fuera esa la causa del engaño. ¿Por qué no crear, en esta época canicular, una historia que enganchase a las masas, que hiciese que fueran todas las mañanas, corriendo, a comprar la última edición del rotativo? La jugada les salió redonda, porque tras la publicación de los seis artículos “firmados” por Grant el periódico vendía 20.000 ejemplares diarios. Mas que ningún otro en el mundo.

Al parecer, para pulir los detalles más técnicos en la elaboración del bulo, Locke contó con la ayuda de otras dos personas: un astrónomo francés de nombre Jean-Nicolas Nicollet, y Lewis Gaylord, el editor de la muy conocida revista literaria The Knickerbocker. También, aunque de forma indirecta, contribuyó el maestro de la literatura de horror Edgar Allan Poe, que en junio de ese mismo 1835 publicaba en el virginiano Southern Literary Messenger su relato “La incomparable aventura de un tal Hans Pfaall”. Las similitudes entre ambas obras hicieron que Poe fuese uno de los primeros que acusó a Locke de impostor. Si aquella crónica que se hacía pasar como verídica era, en realidad, un plagio de un cuento suyo…. ¿cómo podría tomarse por cierta?

No fue, en realidad, el único. El Journal of Commerce, otro periódico de Nueva York, quiso reimprimir más tarde la historia. Era un buen negocio para todos, porque The New York Sun sacaría un buen porcentaje por sus derechos.

Pero algo extraño pasó, porque el propio Locke se negó en redondo a que sus palabras –las supuestas palabras de Grant– volvieran a ponerse en letras de imprenta. Contrariado, el Journal of Commerce publicó un editorial donde afirmaba que Richard Locke había confesado, señalando que aquella sugerente historia no era más que una burda invención.

Ante el revuelo que se había formado, los directivos de The New York Sun se vieron obligados a publicar una nota aclaratoria que no hizo sino añadir más confusión. El 16 de septiembre de 1835, se podía leer bien claro en el diario: “aunque algunos lectores nos han solicitado que confesemos que todo es un bulo en ningún caso podemos hacerlo, al menos hasta que tengamos el testimonio de los periódicos ingleses o escoceses que permitan corroborar dicha declaración”. Prueba difícil de conseguir, por cuanto dichos periódicos llevaban años cerrados. . ¿Fue entonces una jugada maestra?

En cuanto a Richard Locke, al parecer confesó su autoría sobre la historia, vendida como un relato fantástico. Lo hizo en una carta enviada al semanario New World. Por aquel entonces corría el año 1840, y ya todos habían condenado al ostracismo a aquel hombre de imaginación desbordante.

Pero nos queda aún otro protagonista. ¿Porque, que fue de sir John Herschel? Pues al parecer se tomó con bastante buen humor la invención, llegando a afirmar que ojalá hubiese realizado realmente descubrimientos tan interesantes. 

Claro que todo cambió poco después, cuando se mostró abrumado ante los cientos de cartas que cada día llegaban a su antaño apacible domicilio, rogándole algún nuevo detalle sobre como vivían, dormían, comían, se relacionaban y se reproducían aquellos misteriosos selenitas.

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