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“Vivimos con un falso sentido de la inmortalidad”

Martes 19 de Junio, 2018
Miguel Ángel Tobías, productor y director de cine, ha publicado con Luciérnaga Ediciones “Renacer en los Andes”, un relato desgarrador, pero a la vez lleno de esperanza sobre sus experiencias en situaciones límite, cercanas a la muerte.

¿Cómo te enfrentas a la vida después de haber hecho frente a la muerte en varias ocasiones?

Es inevitable que haya un antes y un después. Lo que voy a decir es bastante lógico y seguramente poco original, pero cualquier lector que no haya vivido esta experiencia lo va a entender: aprecias mucho más la vida. Haber estado al borde de la muerte te hace entender mucho mejor el mundo en el que estás, valorar las cosas pequeñas. Haber tenido la suerte de escapar de una situación como la descrita en el libro, hace que aprecies mucho más todo.

Haces hincapié en lo difícil que puede ser ponernos en tu piel para aquellos que no hemos pasado por esas experiencia al límite y entender, tal como comentas, que quizá la gran enseñanza de la muerte es aprender a apreciar la vida.

Sí. Es bastante lógico, si lo reflexiones y te das cuenta. Por desgracia, los seres humanos damos bastante pena.

Cuando nos miramos en nuestro espejo interior y nos damos cuenta de cómo vivimos, de las cosas a las que damos importancia, de este sentido, que vive sobre todo Occidente, donde lo que importa es el tener en lugar del ser, es bastante doloroso ver que vivimos de esta manera.

Cuando has experimentado algo así, de alguna manera tienes la posibilidad de trascender a todo eso y darte cuenta de la gran suerte que tenemos. El motivo principal por el que he escrito Renacer en los Andes es que, al final, después de reflexionar sobre lo que viví durante trece años, pensé que la experiencia, todo ese proceso interior que tuve que hacer mientras veía cómo llegaba la muerte, quizás podía servir a otras personas que estaban pasando por momentos de dificultad o especialmente reflexivos de sus vidas.

Es cierto que en nuestra sociedad hemos decidido obviar y temer la muerte, en lugar de tenerla presente, aceptarla y utilizarla como aliciente para disfrutar de la vida.

Es verdad que la muerte da mucho miedo. Es humano. Y yo que he estado tres veces a punto de morir sé el miedo terrorífico que da. En los Andes, cuando por la mañana, después de haber sobrevivido una noche a muchos grados bajo cero, cosa que era imposible por las circunstancias concretas, sabía que era imposible sobrevivir una noche más, me tuve que enfrentar a ese sentimiento de saber que me quedaban sólo horas de vida y me hacía ser muy consciente en ese momento de todo lo que debería haber hecho, todo lo que hubiera hecho de otra manera, cosas que hice y no debería haber hecho…

Y creo que todos deberíamos sentarnos y reflexionar sobre esto, porque lo que es indiscutible es que esto se acaba en algún momento. Por eso merece la pena que seamos muy conscientes de a qué y a quién le dedicamos el tiempo de nuestra vida.

Nos vamos de casa sin saber si vamos a volver. Vivimos con un falso sentido de inmortalidad, y por eso dejamos muchas cosas para más adelante, cuando en realidad deberíamos morir con una permanente conciencia de la muerte. No para deprimirnos, sino todo lo contrario: para disfrutar, amar, reír, soñar…

Hablas de una presencia que, en cierto modo, cuando estabas en las garras de la muerte, te ayudó a luchar y ser fuerte…

Es imposible luchar contra el frío, porque el dolor que genera es tan intenso que una parte de ti lo que te pide es que te duermas y mueras de forma dulce para acabar con el sufrimiento; pero hay otra parte de ti, el instinto de supervivencia, que te pide que no lo hagas. La lucha, por tanto, no es contra el frío. Es contra ti mismo.

Sin poder evitarlo, esa noche me quedé dormido dos veces y sé que lo hice porque una mano, dos veces, me tocó la cara y me despertó. Si esa mano no me hubiera tocado la cara, habría muerto. En la primera ocasión pensé que había un mensaje de que no estaba solo y la segunda vez que me despertó, cuando estaba en las últimas, prácticamente congelado, sin ya sentir dolor, hubo un instante en el que intenté obviar la mano y seguir en la inconsciencia hasta la muerte. Pero en ese momento apareció en mi cabeza el rostro de mi madre y esto me reconectó con la vida.

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