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5 Experiencias insólitas que han fascinado a la antropología

Martes 11 de Julio, 2017
Telepatía, adivinación, brujería y otros fenómenos inexplicables en la visión de investigadores. antropólogos y etnólogos de renombre, que experimentan el asombroso poder de desconocidas tribus indígenas. Por Juan José Sánchez Oro.
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La antropología aspira a desentrañar as claves de la condición humana. Para ello, sus investigadores se miran en el espejo de otras culturas, conviven durante largo tiempo en una comunidad con el propósito de recabar, de primera mano, todos los datos. Durante esa inmersión en la vida cotidiana de otras gentes, el antropólogo actúa como una suerte de frío notario de la realidad que pasa ante sus ojos. También, parece inevitable caer en una cierta superioridad intelectual. Al fin y al cabo, aspira a explicar aspectos y comportamientos de la comunidad, cuyo sentido los miembros que la componen ignoran por qué los hacen o creen.

Sin embargo, el antropólogo también es humano y su aplomo científico, en ocasiones, se ve sacudido por sucesos que desafían su intelecto. En muchos cuadernos de campo y publicaciones etnográficas asoman un puñado de experiencias extraordinarias donde los testigos de anomalías son, precisamente, aquellos que estaban llamados a explicarlas. Un conjunto de sucesos raros que descolocó la mente de los más ilustres investigadores de los pueblos y etnias preindustriales.

1. TELEPATÍA AMAZÓNICA

En 2003 murió uno de los mejores reporteros de la revista National Geographic, Loren McIntyre, fotógrafo y ex-oficial de la marina. Entre sus gestas destacó el haber accedido a las fuentes recónditas del Amazonas en 1971. Pero, antes de rubricar el reportaje, vivió una aventura que durante mucho tiempo apenas confió a sus más íntimos amigos. 

A finales de los sesenta, McIntyre marchó a Brasil en busca de un pueblo indígena no contactado: los Mayoruna. Los indicios sobre su ubicación le habían sido facilitados por un piloto de avioneta que divisó un posible enclave en un claro de la selva. El reportero acudió a las proximidades de ese lugar en un hidroavión que le dejó a un guía y a él junto al río Javari sobre la frontera entre Perú y Brasil.

Pero su guía nativo contrajo la malaria y el piloto accedió a trasladarlo al hospital bajo la promesa de regresar a por McIntyre al cabo de dos días. Éste aprovecharía el lapso tiempo para intentar trabar contacto con los Mayoruna. Sin embargo, a la mañana siguiente, fue abordado por cuatro cazadores de monos que vestían la indumentaria tradicional mayoruna. Para ganarse su confianza, McIntyre les obsequió con telas y espejos y se fue tras ellos por mitad de la selva. No tardó en advertir que, conforme se alejaba del río, estaba perdiendo su camino de vuelta, así que no volvió a tomar el hidroavión y convivió con esa desconocida tribu durante dos meses.

Los Mayoruma, apodados “gentes del gato”, se creían descendientes de los jaguares y perforaban sus labios y mejillas con púas a imitación de los bigotes de tales felinos. Eran cazadores de monos, no practicaban la agricultura, pero sí la guerra. Confeccionaban collares con huesos humanos y empleaban los cráneos de los vencidos para beber. El panorama estaba muy lejos de ser halagüeño porque, en ausencia de su guía indio, no tenía manera de entenderse con ellos. Además, extravió todas sus posesiones occidentales. Los indios quemaron sus zapatillas deportivas y su reloj. Un mono destruyó su cámara y los rollos de película. Y, al llegar a un claro de la jungla, McIntyre se dio de bruces con un macabro hallazgo: varios cuerpos humanos devorados por hormigas y alguno todavía con una flecha clavada en el pecho.

A pesar de tanta contrariedad, el desubicado periodista logró ser aceptado por la comunidad indígena, aunque no por todos sus miembros. Un guerrero, al que el reportero denominó “Mejillas Rojas” por la pintura con la que maquillaba su cara, se mostró especialmente hostil. De hecho, una noche, llevó al forastero a un punto apartado del poblado para hacerle partícipe de una simulación de caza con antorchas. Cuando ambos alcanzaron un rincón solitario, el guerrero empujó a McIntyre contra unos espinos, abandonándolo a su suerte para dejarlo morir.

Sin embargo, dos días después, mientras su cuerpo empezaba a ser devorado por infinidad de insectos, el reportero consiguió ser rescatado por la facción más hospitalaria de la comunidad. Al regresar a la aldea, topó con el cadáver de “Mejillas Rojas”, que había sido colocado en un sitio prominente, a la vista de todo el mundo, para escarmiento general.

Desde ese momento, la vida fue más fácil para McIntyre, pero también más extraña. El líder del grupo era un venerable anciano al que el periodista apodó “Lapa” por su piel arrugada. Y, aunque el forastero no compartía lenguaje común con él, consiguió comunicarse por un procedimiento insólito: sin palabras, a través del pensamiento; mediante un fenómeno que McIntyre bautizó como “radiación”. Gracias a esta telepatía con el jefe, el reportero logró hacerse entender y, también, a “escuchar” al jefe mayoruna. Fue así como averiguó por qué se desplazaban por la selva de un extremo a otro, levan-tando frecuentemente el campamen-to sin razón aparente. La tribu estaba realizando un viaje espiritual, guiado por “Lapa”, que deseaba reconectar con el “principio de los tiempos”.

 

Aunque el forastero no compartía lenguaje común con él, consiguió comunicarse por un procedimiento insólito: sin palabras, a través del pensamiento

 

McIntyre también aprendió que esa habilidad para comunicarse sin abrir la boca era el “otro idioma” sólo para los más ancianos. Bastaba con que se sentara al lado de uno de ellos para “oír” sus pensamientos. A veces, los mensajes le llegaban bajo la confusa sensación de acceder al fondo de un indescifrable “zumbi do” en el cual se manifestaba toda la actividad mental de la tribu.

Pero la aventura con los mayoruna tuvo un punto y final. Llegada la temporada de lluvias, McIntyre aprovechó para hacer una dramática huida río abajo a bordo de una rudimentaria balsa. Una vez en el mundo moderno prefirió no contar nada de sus experiencias telepáticas. “Yo mismo no estaba seguro si realmente había sucedido o no”, dijo al diario Seattle Times en los años 90. “Las alucinaciones son algo que les pasa a muchos exploradores y a todos los escaladores de montaña”.

Pero la duda siempre quedó flotando sobre su mente. Posteriormente tuvo encuentros con más de 30 tribus en el ejercicio de su labor profesional y jamás vivió un fenómeno de “radiación” parecido. Dudando de sus propios recuerdos, rastreó en 1977 lo que quedaba de la tribu Mayoruna. Una parte de la comunidad se había movido al interior de la selva, mientras que otra facción se había trasladado fuera de ella, en Brasil. Fue así como el reportero reconoció a uno de los hombres de la comunidad con la que convivió. Le abordó y preguntó directamente si el “viejo lenguaje”, la radiación, se seguía utilizando. “Sí, se fala” –“Sí, se habla”–, respondió el indígena en portugués.

La historia de Loren McIntyre fue recopilada y dada a conocer por Petru Popescu en el libro Amazon Beaming del año 1991 y también ha inspirado una obra de teatro titulada The Encounter.

2. LAS CENIZAS ADIVINATORIAS ZULÚES

A finales del siglo XIX, D. Leslie penetró en territorio zulú en busca de sus cazadores kafari. Siguió las pistas facilitadas por informantes, pero al alcanzar el lugar del posible encuentro no había nadie. Frustrado, uno de sus criados le aconsejó consultar a un vidente a lo que Leslie accedió. El hechicero zulú conocía el secreto arte de “abrir las puertas de la distancia” y para ello prendió ocho fuegos pequeños, tantos como los cazadores que buscaba el explorador. La ceremonia comenzó arrojando a las llamas dos objetos: unas raíces que desprendían desagradable olor y una piedra por cada hoguera. Después, el oficiante tomó una medicina que le indujo un trance violento durante diez minutos.

 

"Fue luego ante el tercer fuego: ‘Este hombre ha sido muerto por un elefante, pero tu fusil volverá a casa’, y así con el resto, con descripciones minuciosas y correctas de los hombres y con la indicación de su éxito o fracaso.”

 

A continuación, empezó la adivinación, según refirió Leslie en su obra Among the Zulú and Amatongos, publicada en 1875: “Dio la impresión de despertarse, se dirigió a uno de los fuegos, removió las cenizas, miró con atención el guijarro, describió al hombre y dijo: ‘Este hombre murió de fiebre y tu fusil se ha perdido’. Luego, se situó ante el segundo fuego: ‘Este hombre –correctamente descrito– ha matado cuatro elefantes’ y pasó a describir sus colmillos. Fue luego ante el tercer fuego: ‘Este hombre ha sido muerto por un elefante, pero tu fusil volverá a casa’, y así con el resto, con descripciones minuciosas y correctas de los hombres y con la indicación de su éxito o fracaso”. Precisa Leslie que también le comunicó el hechicero dónde estaban los supervivientes y que regresarían al cabo de tres meses aunque no por el itinerario esperado. Remata la exposición el etnógrafo diciendo: “Estas informaciones se revelaron exactas en todos sus detalles. Que este hombre hubiera podido obtener esa información de los cazadores por vía normal era poco probable: se encontraban diseminados por una región a unas doscientas millas”.

3. EL ESPEJO MÁGICO DE LOS PIGMEOS

El misionero católico y etnógrafo Henri Trilles publicó un trabajo de referencia en 1932, titulado Les Pygmées de la forét équatorial. Durante 15 años recorrió Gabón, conviviendo con los pigmeos. El sacerdote francés recopiló aquellas exóticas costumbres, vida cotidiana y creencias que luego difundió en charlas y publicaciones. Una vez más, asoman un puñado de sucesos prodigiosos.

Al padre Trilles le desapareció un objeto e, inmediatamente, un pigmeo acudió en su ayuda para identificar al causante del hurto. Lo curioso es que aquel improvisado detective realizó la pesquisa con un espejo mágico: “Poco después de unos encantamientos me dijo: ‘Veo a tu ladrón; es fulano –y me indicó a uno de los jóvenes que me habían acompañado-. Además, mira tú mismo’. Y vi reflejarse en el espejo a mi ladrón. El hombre, interrogado, confesó que era culpable”.

No fue la única vez que el padre Trilles contempló hechos de difícil explicación: “Un día yo conversaba con un hechicero pigmeo. Mis hombres, con sus piraguas, debían alcanzarme para traerme provisiones. Incidentalmente hablé a mi hombre de esto, preguntándole: ‘¿Estarán todavía muy lejos?’. ‘Decírtelo es facilísimo’. Tomó su espejo, se concentró, pronunció unos encantamientos. Después: ‘En este momento los hombres están doblando tal punto del río, el más alto acaba de disparar con la escopeta a un gran pájaro; lo ha abatido; los hombres reman para alcanzarlo; ha caído al agua. Lo han agarrado. Te traen lo que les has pedido’”. No cabía duda de que el hechicero empleaba aquel espejo mágico como si se tratara de la pantalla de un televisor. Trilles verificó las apreciaciones del pigmeo y anotó en su estudio: “Todo era verdad: provisiones, disparo, ave abatida”.

 

No cabía duda de que el hechicero empleaba aquel espejo mágico como si se tratara de la pantalla de un televisor.

 

El espejo de los pigmeos siguió asombrando a Trilles, quien describió en su libro alguna otra de sus funcionalidades. Además de identificar malhechores o visualizar sucesos a increíbles distancias, cuenta el sacer-dote que aquel objeto era utilizado para traducir idiomas desconocidos: “En uno de los viajes que hicimos con monseñor Le Roy, el hechicero de la aldea donde llegamos por la noche nos describió con exactitud el camino que habíamos recorrido, lo que habíamos comido y hasta las conversaciones. Uno de los detalles de nuestra conversación era típico. Habíamos encontrado una pequeña tortuga. ‘Puede servir para la cena de esta noche’, me dijo monseñor Le Roy, y yo añadí riendo: ‘Si hace falta, agregaremos la cabeza del guía’. Hablábamos en francés, idioma del que el hechicero no entendía una palabra, y sin embargo, sin moverse de su aldea, en presencia de todos, él nos había ‘visto’ en su espejo mágico y ¡y nos repetía lo que habíamos dicho!”.

En otras ocasiones, la adivinación se efectuaba sin la mediación de ningún objeto: “poco a poco el hechicero se exalta; cantando, gira con rapidez sobre sí mismo, se curva en forma de arco, la cabeza echada hacia atrás toca el suelo golpeándolo con violencia. Después brinca: sumido en un estado psíquico entre lo consciente y el trance”. Bajo esas condiciones el brujo describe al consultante qué suerte correrá durante la caza de elefantes que “es representada mímicamente con una precisión extraordinaria: el hechicero ve. Se lanzan las azagayas: el hechicero ha designado al cazador, muestra al que huye, al que ataca, al que es atacado por el animal agonizante, dilacerado, ya no hay nada que hacer. Luego muestra a los vencedores y los vencidos de esta caza siempre peligrosa”. El padre Trilles no puede disimular su fascinación al terminar subrayando que: “algo de lo más extraño, esta visión a distancia del futuro se realiza hasta en los más mínimos detalles: no sólo el lugar de la caza, no sólo los hombres muertos o heridos y el número de los elefantes matados, sino también el número de los colmillos -capturados– ¡Todo es exacto!”. Tras la sesión adivinatoria de la que Trilles fue testigo, “las predicciones del mago se cumplieron exactamente”.

El contacto del padre Trilles con los pigmeos le deparó la contemplación de otro episodio extraordinario: el ritual en el que los magos más ancianos aceptaban a nuevos discípulos. Los neófitos se sentaban en el extremo de la tabla de un balancín. Bajo la otra punta del rudimentario columpio se ubicaba el hechicero con los brazos estirados. Entonces, los neófitos procedían a impulsarse y elevarse, pero cuando el extremo opuesto iba a golpear la cabeza del viejo brujo, una suerte de fuerza invisible lo impedía. El hechicero detenía el movimiento de la tabla y conseguía equilibrar el balancín sin tocarlo, sin que hubiera ningún peso en el otro extremo. Tan sólo apuntando con las palmas de sus manos en dirección a ese lado del columpio. El rito dejaba exhausto al veterano brujo que perdía el conocimiento, caía al suelo y era alejado de la ceremonia para reanimarlo.

4. LA BRUJERÍA VOLADORA DE LOS AZANDE

Entre los azande del Sudán se creía que la brujería era una entidad dañina que residía en el cuerpo de cada brujo. Desde allí, y una vez invocada mediante un ritual, la brujería viajaba por el aire emitiendo una luz brillante hasta alcanzar el organismo de su víctima, especialmente cuando estaba dormida. Así explicaban los azande que los brujos pudieran matar a kilómetros de distancia sin salir de sus chozas. La luz en cuestión recordaba al brillo nocturno de las luciérnagas, según le informaron los miembros de la comunidad al antropólogo Sir Edward E. Evans-Pritchard. Este prestigioso profesor de Oxford convivió con los azande largo tiempo durante la preparación de su tesis doctoral en los años veinte y sus libros continúan siendo una lectura académica obligatoria. Lo que quizás nunca anticipó Evans-Pritchard es que él mismo vería actuar a esa extraña y letal luminosidad flotante.

 

La brujería viajaba por el aire emitiendo una luz brillante hasta alcanzar el organismo de su víctima, especialmente cuando estaba dormida.

 

En su trabajo Brujería, oráculos y magia entre los azande, refiere lo siguiente: “Sólo una vez he visto la brujería de camino. Había estado sentado en mi choza hasta tarde, tomando notas. Alrededor de la media noche, antes de retirarme, cogí una lanza y salí a mi habitual paseo nocturno. Caminaba por el huerto a espaldas de mi choza, entre plátanos, cuando noté una luz brillante que pasaba por detrás de las chozas de mis sirvientes hacia el caserío de un hombre llamado Tupoi. Seguí su paso hasta que una gran pantalla de hierba oscureció la visión. Pasé al otro lado de mi choza para ver dónde iba la luz, pero no conseguí volver a verla. No faltaron informadores que me dijeran que lo que había visto era la brujería”.

Aquella visión luminosa hubiera quedado en mera anécdota si no hubiera sido porque Evans-Prichard recibió una noticia al día siguiente que le hizo recapacitar: “La misma mañana, murieron un viejo pariente de Tupoi y un morador de su casa. Este hecho explicaba por completo la luz que había visto. Nunca descubrí su origen, que posiblemente sería un manojo de hierbas encendido por alguien que saliera a defecar, pero la coincidencia de la dirección en que se movía la luz y el fallecimiento cuadraba con las ideas de los azande”.

5. ALLÍ DONDE LOS MUERTOS BAILAN

Uno de los casos más característicos tuvo lugar entre el pueblo Sisala de Ghana y lo vivió Bruce Grindal mientras preparaba su tesis. Grindal publicó su experiencia en 1983 en el Journal of Anthropological Research. El investigador norteamericano consiguió asistir a un funeral Sisala que se celebraba a medianoche en una vivienda. El cadáver permanecía sentado en posición vertical, con las piernas cruzadas sobre una piel de vaca mientras varios individuos cantaban, bailaban y tocaban tambores. Al observar cómo los danzantes se acercaban y alejaban del muerto a la vez que golpeaban con sus azadas en el suelo, Grindal fue cayendo en un estado sensorial: “Pensé que mi mente estaba engañando a mis ojos, así que no puedo decir cuándo ocurrió la primera experiencia; pero comenzó con momentos de anticipación y terror. La anticipación me dejó sin aliento, jadeando. En la boca de mi estómago sentí una sensación de sacudidas y tensiones, que correspondía a momentos de mayor conciencia visual. Lo que vi estaba fuera del ámbito de la percepción normal”.

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Fue entonces cuando contempló cómo diferentes destellos de luz muy fugaces envolvían al cadáver y a los danzantes aunque no pudo determinar de dónde procedían. En su cuerpo, Grindal sintió un golpe seco como si le hubieran cortado y separado la cabeza de la columna vertebral, momento en el cual “una visión terrible y hermosa estalló sobre mí”. Las hebras de luz como chispas de fuego jugaban sobre el rostro, los dedos de las manos y de los pies del difunto. Pero lo más insólito estaba a punto de ocurrir: “El cadáver, sacudido por espasmos, se puso de pie, girando y bailando”. Todo a su alrededor resplandecía y fluía poderoso. El fallecido continuó danzando y cogió unas baquetas para tocar los tambores. Concluye Grindal reseñando que “no puedo decir si lo que experimenté fue cuestión de minutos o incluso una hora. Tampoco estoy seguro de la secuencia de acontecimientos que presencié. Pero tras un tiempo el poder que había llenado el recinto comenzó a enfriarse”. Cuando Grindal regresó a su casa disfrutó de un sueño muy profundo.

 

Lo más insólito estaba a punto de ocurrir: “El cadáver, sacudido por espasmos, se puso de pie, girando y bailando”

 

¿Qué valor cabe dar a los precedentes relatos? Como reflexión de fondo podría decirse que cada pueblo participa de un universo de creencias que no es considerado una pura fabulación. Dichas creencias están respaldadas por experiencias asumidas como reales para los integrantes de esa comunidad. Los informantes cuentan casos y viven hechos destinados a probar la veracidad de todo aquello en lo que creen. Y, algunas veces, los propios antropólogos son insospechados testigos de esa autentificación empírica de las creencias. Por supuesto, las etnias preindustriales son un mosaico de sensibilidades y diversidad. No transitan por el mundo obnubiladas como autómatas por su imaginario de creencias. Hay miembros escépticos y, también, creyentes exigentes que cambian de brujo cuando éste equivoca un pronóstico, falla con un remedio o con un conjuro. Igualmente, el ilusionismo y la prestidigitación no es un invento occidental. Los trucos más sofisticados están a la orden del día entre muchos hechiceros y chamanes para fascinar a los incautos, engrandecer una reputación y aparentar estar en posesión de poderes infinitos.

Finalmente, hoy día, resulta complicado encontrar dentro de la literatura antropológica académica sucesos y arrebatos de sinceridad como los aquí reunidos. El investigador actual tiende a disciplinar su escritura y moderar las emociones cuando publica un estudio de campo. Sus experiencias anómalas rara vez aparecerán negro sobre blanco en las publicaciones del gremio. Tan sólo serán objeto de comentario curioso en reuniones informales entre colegas. Una materia prima, quizá, muy valiosa para hacer algún día una antropología de la antropología.

 

Para saber más:

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Uritorco y la ciudad perdida de Erks

 

Este artículo ha sido publicado en el número 265 de la revista Enigmas, ¡no te pierdas el resto!

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