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La Atlántida de los nazis

Martes 20 de Marzo, 2018
Una de las obsesiones de algunos líderes nazis fue hallar pruebas de la existencia de un continente o isla perdida que corroborara la teoría de que la raza aria tenía un origen divino. Varios SS fueron tras su pista y dejaron muchos secretos en otras islas malditas. Por Oscar Herradón.

1 de julio de 1935. Cinco eruditos alemanes se reúnen con Heinrich Himmler en un espacioso despacho en la Prinz-Albrecht-Strasse de Berlín. Aquellos cinco estudiosos representaban a Walter Darre, dirigente de la Oficina de Raza y Reasentamiento –RuSHA–, y a los paganistas del NSDAP. El Reichsführer de las SS pretendía crear un instituto de investigacion que recuperase las huellas del pasado “glorioso” de Alemania. Darre compartia su entusiasmo en la creación de dicho Instituto y a la siniestra reunión había sido invitado otro extrano personaje: Herman Wirth, uno de los prehistoriadores mas celebres del pais.

Tras varias horas de apasionado debate, aquellos hombres decidieron fundar la Sociedad para el Estudio de la Herencia Ancestral Alemana, mas conocida como la Ahnenerbe. Wirth seria su presidente y el Reichsführer asumiria el cargo de superintendente y el control del Consejo de Administracion.

Wirth, el hombre al que Himmler encargó la dirección del instituto, era uno de los mas controvertidos folcloristas del Tercer Reich. Enormemente culto y entregado, aunque devoto de la parapsicología –aseguraba que su esposa, Margarethe Schmitt, podía leer la mente mediante la telepatía y que poseía dotes de clarividencia– y la vida sana, en 1928 había fundado la Herman Wirth Gesellschaft o “Sociedad Herman Wirth”, antecedente directo de la futura Ahnenerbe. Una vez al mando, estaba plenamente convencido de que se hallaba a punto de realizar, según la periodista Heather Pringle, un descubrimiento que sería trascendental para la historia. Sus peculiares y poco ortodoxas teorías sobre el pasado, recogidas en su monumental obra La Aurora de la Humanidad (1928), le habían granjeado no pocas criticas de sus colegas, aunque tambien los elogios de los grupos nacionalistas.

Experto en escritura y símbolos antiguos, conocía el sánscrito a la perfección y varias lenguas muertas y había realizado tesis sobre las mascaras funerarias de los yupik –esquimales de Alaska– y sobre el significado funerario de los antiguos dólmenes de Irlanda. A estas alturas de su carrera creía haber descubierto una antigua escritura sagrada que habría sido nada menos que inventada por una civilización nórdica cuyos vestigios se perdian en el Atlántico Norte miles de años atrás; la escritura más antigua del mundo que para aquellos no podía ser sino aria.

ATLÁNTIDA: CONTINENTE PERDIDO, TIERRA PROMETIDA

Muy influido por el mito de la Atlántida, Wirth creía que la primordial escritura que perseguía había sido precisamente inventada por los atlantes, para él, los primeros nórdicos. Fuera así o no, estaba seguro de que sería capaz de descifrarla, desentrañando de esa manera los misterios “de la ancestral religión aria”.

En La Aurora de la Humanidad catalogaba y analizaba millares de símbolos rúnicos de diversas culturas del norte de Europa. Inspirándose en Alfred Wegener, padre de la deriva continental, ideó una nueva teoría pseudocientífica, la de la “deriva polar”, según la cual el polo helado habría sido la cuna de los pueblos arios del norte. Los polos a la deriva y los continentes errantes habrían acabado con esa “raza ártica” perfecta, aunque algunos de sus miembros se habrían refugiado en remotos lugares aislados como el mismo continente perdido.

Tanto Wirth como Himmler, al igual que el teórico y ocultista nazi Alfred Rosenberg, estaban convencidos de que la Atlántida era un continente real, cuna de los antiguos arios, y que aún existían vestigios del mismo en el océano Atlántico, donde la raza nórdica habría evolucionado hace unos dos millones de años. El continente perdido de Wirth había ocupado en su momento de esplendor un territorio que se extendería desde Islandia hasta las Azores; asimismo, el profesor creía que en 1935 sólo algunos fragmentos del mismo permanecían a flote tras milenios de fuerte actividad tectónica: las españolas islas Canarias, que también fueron centro de la investigación de los guardias negros, fascinados con los guanches, y las islas de Cabo Verde.

El erudito había bebido de fuentes anteriores e incluso de los ariosofistas como Guido von List o Lanz von Liebenfels, y precisamente este último aseguraba en sus textos racistas y ocultistas que la última Thule se correspondía a la Atlántida. En el siglo XVII, el historiador y naturalista sueco Olof Rudbeck había emplazado la esquiva Atlántida en Escandinavia en su obra Atlantica. Según éste, en dicho país habría florecido la cultura más antigua de la humanidad, algo que sostuvieron más tarde muchos ideólogos nazis al relacionar a los arios con los nórdicos. Y afirmaba sin contemplaciones que nada menos que el sueco era la lengua hablada por Adán en el Paraíso.

Más tarde sería la ocultista rusa Madame Blavatsky quien reavivaría el mito en La doctrina secreta (1888), al dividir la historia del hombre en siete grandes ciclos marcados por el ascenso y la caída de siete grandes razas. La cuarta de éstas, que consideraba antecesora de la raza aria, era la de los atlantes, gigantes con grandes poderes psíquicos que poseerían una tecnología superior obtenida a través del denominado Fohat, “energía cósmica” o luz primordial, quienes, tras la desaparición de su célebre continente, habían dado origen a la raza aria –la quinta en sus cálculos “revelados”–.

Por su parte, el citado Guido von List, en La escritura ideográfica de los ariogermanos (1910), consideraba a los atlantes los descendientes del gigante Bergelmir, la versión nórdica del mito bíblico de Noé, recogida por Snorri Sturluson en el siglo XIII en su obra mitológica seminal Edda Mayor y Edda Menor.

En otra obra publicada en 1914, El protolenguaje de ariogermanos, List afirmaba que los megalitos prehistóricos de la Baja Austria demostraban la pervivencia en pleno continente europeo de una “isla” que habría formado parte en tiempos antiguos de la misma Atlántida. El propio Wirth insistía en destacar el carácter sagrado de estas construcciones de piedra. Liebenfels, por su parte, consideraba que los “sobrehumanos” atlantes fueron los primeros ancestros de la actual raza aria y ubicaba el continente perdido en el norte del océano Atlántico, teoría que haría suya Wirth.

Según la investigadora Rosa Sala Rose, la tergiversación del mito ofrecía numerosos atractivos para la asimilación ideológica nazi, pues por una parte ofrecía a éstos “la posibilidad de ubicar histórica y geográficamente el origen de la raza aria en un universo legendario y ennoblecido por la tradición (…). Por otra, permitía elevar a una dimensión cuasi-religiosa el peligro de la mezcla de razas, otro de los dogmas fundamentales del nazismo”, ya que el declive de los atlantes y de la raza aria –creían– había venido precisamente por mezclarse con “razas inferiores” y esta creencia alentaba la idea de regresar a la perfección perdida por medio de la eugenesia y la depuración racial.

HELGOLAND, LA ATLÁNTIDA NAZI

Himmler entendía que la teoría de la Cosmogonía Glacial de Hans Hörbiger y sus grandes cataclismos avalaba la suposición de que la Atlántida habría poseído una importante cultura antes de su caída tras una gran catástrofe cósmica.

El mismo Rosenberg señalaría la posibilidad de que la Atlántida hubiera sido un centro cultural nórdico, patria de una raza primigenia creadora de una civilización ubicada en lugares “en los que hoy se agitan las olas del océano Atlántico y que son atravesados por gigantescas montañas de hielo”. Además, pensaba que Islandia podría ser un vestigio del continente perdido –relacionado a su vez con la isla de Thule, y Wirth buscaría la tierra nórdica de Adland –la Atlántida de los griegos– precisamente al sudoeste de Islandia, a pesar de que todos los indicios científicos desmentían tan enrevesadas hipótesis.

Sin embargo, Himmler, a la hora de ubicar el continente mítico platónico –al igual que el propagandista völkisch Heinrich Pudor–, tenía preferencia por la isla alemana de Heligoland –Helgoland en lengua teutona–, situada al sudeste del Mar del Norte. Para él la Atlántida, claro, no podía ser sino alemana, y enviaría a miembros de su Ahnenerbe al lugar con la intención de que realizaran mediciones topográficas y buscaran fuentes curativas, devoto como era de las terapias alternativas.

Himmler seguía las teorías sobre Helgoland del pastor luterano Jürgen Spanuth. Éste, poderosamente atraído por las tradiciones populares del lugar, postuló que en el territorio isleño de Jutlandia quedaban vestigios de un antiguo culto solar y que Helgoland era la capital de los atlantes, que se había sumergido tras la subida del mar a causa del deshielo. Según afirmaba, la zona conocida por los pescadores locales como fondo rocoso coincidiría con el antiguo emplazamiento de los palacios y edificios, y el fondo no serían sino vestigios de sus ruinas. Otros estudiosos apuntaban que la isla era el principal lugar de culto del dios noruego Forseti, al que varios arqueólogos vinculan con el dios griego de los mares, Poseidón.

El Reichsführer pensaba enviar una expedición submarina a los alrededores de Helgoland pero el estallido de la guerra y más tarde la derrota del Tercer Reich harían inviable tal misión.

CAMINO DE LA FUENTE PRIMORDIAL

¿Y dónde creyó Herman Wirth haber encontrado esa escritura sagrada que, debidamente descifrada, serviría para sentar nada menos que las bases de una nueva y poderosa Alemania? Pues no muy lejos de la tierra que lo vio nacer, en la provincia de Frisia, en la costa septentrional de los Países Bajos. Afirmó descubrir los vestigios de un antiguo jeroglífico septentrional disimulado en unas pequeñas y antiguas esculturas de madera que estaban talladas con diversas formas y decoraban el hastial de muchas granjas frisonas.

El presidente de la Ahnenerbe creía que el significado de ese “antiguo sistema de escritura ario” se había perdido con el tiempo, un sistema que, como apunté anteriormente, creía origen de todos los alfabetos conocidos, desafiando con dichos postulados a toda la comunidad científica en general y a los lingüistas en particular. También sus conocimientos geológicos para hallar esa “Atlántida” perdida dejaban mucho que desear y obviaban algunos de los últimos descubrimientos sobre el fondo oceánico.

Su objetivo se hallaba en el Ártico, que creía que había sido “un maravilloso y mágico jardín”. A pesar de su edad, más de 50 años, se sentía preparado para ponerse en marcha. Como otros investigadores nacionalistas, estaba seguro de los remotos orígenes septentrionales de la raza nórdica.

En otoño de 1935, el académico viajó junto a otro oficial de las SS, Wilhelm Kottenrodt, hasta la remota región de Bohuslän –Bausa–, en la costa oeste de Suecia, donde se hallaban imponentes esculturas de la Edad de Bronce. Durante su viaje por la zona y otras regiones del país, tomaron muestras de escayola de esas asombrosas esculturas, entre ellas el molde de una antigua esvástica. 

En febrero de 1936 Herman intentaba convencer a Himmler de la necesidad de regresar a la región para recabar más pruebas de sus estrambóticas teorías, esta vez en un viaje financiado por la Ahnenerbe. El Reichsführer le autorizó a que organizara y se pusiese a la cabeza de una expedición a Escandinavia que partiría en julio de ese año y que organizaría con el fanático director del instituto, el guardia negro Wolfram von Sievers. Reunido ya el equipo, el propio Wirth, un cámara de la Orden Negra, Helmut Bousset, y otras cinco personas –entre ellas el escultor Wilhelm Kottenrodt–, partieron hacia las lejanas tierras nórdicas. Durante su complicado periplo por territorio boreal, sacaron gran cantidad de moldes de yeso de esculturas y tallas en distintos yacimientos. Después, partieron hacia la costa occidental de Noruega, rumbo a la pequeña isla Rodoya, a sólo unos cientos de kilómetros del Círculo Polar Ártico, donde se hallaba un desconcertante relieve al que calculaban unos 4.000 años de antigüedad.

De nuevo una isla ocultando un gran misterio… ¿nazi? Los ambiciosos planes, sin embargo, se frustraron de repente. Mientras la expedición aún se encontraba en Noruega, el propio Adolf Hitler comentó en un mitin en Núremberg: “Nosotros no tenemos nada que ver con esos elementos que sólo entienden el nacionalsocialismo en términos de habladurías y sagas, y que, en consecuencia, lo confunden demasiado fácilmente con vagas frases nórdicas y que ahora están iniciando su investigación basándose en motivos de un mística cultura atlante (…)”. El líder nazi se estaba refiriendo claramente a Wirth.

A pesar de que Himmler continuaría con sus investigaciones, no podía obviar las palabras del Führer respecto al folclorista. Así que no le quedó más remedio que cesarle en el cargo. A su vuelta, el historiador supo que el nuevo presidente de la Ahnenerbe era el doctor Walter Wüst, quien ocupó el nuevo cargo el 1 de febrero de 1937.

Wirth no encontró pruebas definitivas sobre la “existencia” de un continente perdido o un alfabeto ario ancestral, pero otras expediciones se preparaban para hallar pruebas que corroboraran al líder de la Orden Negra su hipótesis sobre la divinidad de la raza aria y apoyaran las teorías supremacistas y eugenésicas del Partido Nazi. Con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, muchas de las expediciones programadas por la Ahnenerbe tuvieron que cancelarse y Himmler hubo de enfocar sus esfuerzos a la maquinaria bélica. La Atlántida y los poderes telepáticos de los arios primigenios volvían a formar parte del universo de la leyenda.

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