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Cazadores de vampiros

Miércoles 13 de Febrero, 2019
La leyenda y la tradición de distintos pueblos encierran historias de vampiros. Pero también muestran a variopintos personajes, con nombres y apellidos, que se enfrentaron a ellos y que aún lo siguen haciendo.

Si aludimos a “cazavampiros”, más allá del célebre personaje literario surgido de la imaginación de Bram Stoker, Van Helsing, que pretendía dar caza al conde Drácula –alter ego literario del personaje histórico Vlad Tepes “El Empalador”–, no está de más recordar a un cazador legendario como el samurái nipón Minamoto no Raiko, azote del “Nukekubi”, una suerte de vampiro de la tradición japonesa.

También destacaríamos los slayers –asesinos–, tristemente reales, y cuya sed de sangre no tenía nada que envidiar a los chupasangres del folclore. Entre éstos, el cirujano de Banat –un doctor húngaro cuyo verdadero nombre era George Tallar–, Novak Mikov, conocido como “el cazavampiros de Sarbanovac”, cuyas andanzas tuvieron lugar en Serbia en la primera mitad del siglo XIX, el osado pastor Patru Patran, el militar español Conde de Cabreras, Dzigielki de Roslasin o el hechicero de Prizrenand.

El ámbito del cazavampiros lo hallamos en todo el mundo, si bien tuvo su preponderancia en la Europa del siglo XVIII. También encontramos buscadores de vampiros entre militares o médicos cuyo objetivo era dar una explicación racional a la superstición aposentada en las poblaciones, sobre todo rurales.

VAMPIROS EN RHODE ISLAND
Viajamos hasta el año 1892 al estado de Rhode Island –EEUU–, primera colonia en declarar la independencia de los ingleses.

Una de las probabilidades sobre el origen etimológico de Rhode Island lo encontramos en su antigua denominación, Isla Roja –color de la sangre y con el que asimilamos a los “no muertos”–, debido al matiz de la tierra con la que se topó en el siglo XVII el explorador neerlandés Adriaen Block. En el estado existe una clase de roca autóctona denominada cumberlandite, que era considerada extraordinaria por su uso en la fabricación de utensilios para el campo. 

La presencia de “no muertos” en Norteamérica durante los siglos XVIII y XIX se había convertido en una creencia común entre los habitantes de Nueva Inglaterra, sobre todo en localidades como la citada y Connecticut, donde podemos desempolvar de los archivos casos de desenterramientos de personas “por haber sucumbido al mal”, si bien el término vampiro aún no se utilizaba.

El citado 1892, una supuesta maldición se cernió sobre la familia Brown. Primero falleció Mery, la madre, y luego la hija menor. Ambas por sufrir, según diágnostico médico, tisis galopante. Tras ellos, moría Mercy, de 19 años. La enfermedad no se detuvo y siguió contagiando a otros miembros del clan, como el hijo, Edwin.

El padre, George Brown, como último recurso para intentar curar a su hijo, autorizó el desenterramiento de los cadáveres de la familia ante la probabilidad de que se hubieran transformado en vampiros. Unos sesenta días después de la muerte de la joven Mercy, varios miembros de la familia, asistidos por un médico y un periodista, acudieron al cementerio Chestnut Hill, en Exeter.

Los cuerpos de Mery y la hija menor, María Olivia, presentaban un curso normal de descomposición, pero la expresión de los presentes se congeló cuando presenciaron el estado de Mercy. La difunta no se encontraba en la posición original –¿se había movido?–, y, además, descubrieron el rastro de la sangre circulando por su interior. Tras la muerte la sangre deja de fluir para coagularse; se condensa hasta casi solidificarse, iniciándose un proceso denominado lividez post mortem. En la siguiente fase, rigor mortis, la temperatura del cuerpo desciende y los músculos se robustecen.

Según Carla Valantine, curadora técnica del Museo de Patología Barts de Londres, hay que tener en cuenta que “este proceso suele iniciarse después de 4 o 6 horas… y dura entre 36 y 48 horas, primero en los músculos más pequeños como los de los párpados o la mandíbula, luego le sigue el cuello, y más tarde los músculos más grandes, como los brazos o las piernas”.

¿Se encontraban ante un vampiro? No había tiempo de pedirle a la ciencia explicaciones. Extrajeron el corazón a Mercy para incinerarlo sobre una roca, probablemente la cumberlandite común de la zona. 

Las cenizas fueron mezcladas con la medicina preceptiva para ser proporcionadas a Edwin; sin embargo, éste no pudo salvar su vida. El caso fue publicado en el rotativo de Rhode Island The Providence Journal y todavía hoy son miles los curiosos que se acercan hasta la tumba de Mercy en el cementerio de Chestnut Hill.

LOS CAZADORES DE VAMPIROS DE LASTOVO
Ubicada en el sur de Croacia, en el condado de Dubrovnik, Lastovo se compone de 46 islas. A principios de 1737 sufrió una devastadora epidemia por trastorno intestinal –diarrea severa–. Más de 40km2 tiene el enclave que da nombre al archipiélago, reconocido por el bello templo católico del siglo XIV: la Iglesia de los santos Cosme y Damián. Levantada en el barrio viejo de la villa, presenta un políptico de seis cuadros en el altar mayor donde la pintura central muestra a los santos patronos. Los dos hermanos, Cosme y Damián, fueron galenos cristianos reconocidos por su altruismo en la curación de enfermos.

Además, se les atribuyen milagros hasta que fueron sentenciados por orden de Diocleciano –300 d.C– a morir en la hoguera; castigo que no logró acabar con sus vidas, y hubo que rematarlos cortándoles la cabeza. Este modo de ejecutar a los mártires coincide –aunque en sentido inverso– con dos de las fases que se usan para aniquilar vampiros.

La epidemia intestinal en el archipiélago generó el pánico entre la población que la consideran una desgracia sobrevenida, cuya cepa provenía del brote de vampiros que torturaba el continente. Así que optaron por la mejor defensa posible: cazarlos. De víctimas a verdugos.

Apenas un año más tarde los actos de los cazadores de vampiros de Lastovo fueron denunciados. En el pleito quedó de manifiesto que el pricosak o vukodlak –como se denominaba a los vampiros– era exterminado cortando las extremidades dentro de sus cajas mortuorias. La profanación de los sepulcros para detectar vampiros constituía un hecho delictivo, por ello las autoridades decidieron inculpar tanto a los ejecutores como a todo aquel que hubiera colaborado.

EL BRUCOLACO DE MIKONOS
En una de las obras del botánico Joseph Pitton de Tournefort se detalla la historia que vivió cuando, en un viaje por las islas griegas en busca de plantas para sus estudios fue testigo de las acciones contra el brucolaco o vampiro de Mikonos. En 1701 llegó a sus oídos una noticia: la desaparición de un campesino. Resultó ser un labriego indolente y agresivo, y parecía que pocos le iban a echar de menos. Hasta se rumoreaba que podría haber sido asesinado por algún ajuste de cuentas.

Poco después, un isleño se topó con su cuerpo desangrado a un lado de un sendero, oculto por la vegetación. El labriego fue enterrado según la tradición. Pero justo al terminar la ceremonia comenzaron a suceder hechos extraños: muebles desplazados de su sitio y puertas y ventanas que aparecían abiertas. La parroquía de la población tomó cartas en el asunto. El décimo día desde el enterramiento se solemnizó una misa ofreciendo el cuerpo y la sangre de Cristo con el fin de exorcizar lo que identificaban como una posesión. La orden de desenterrar el cadáver fue aprobada por la parroquia, y un carnicero de Mikonos fue el encargado del desenterramiento.

El cuerpo fue colocado en de cúbito supino sobre una camilla. El carnicero iba ataviado con un mandil provisto de un afilado juego de cuchillos y un machete para despiezar cerdo.

Un golpe sobre el torso precedió a la erupción de un potente rayo de sangre precipitado contra el techo. Después, el improvisado forense introdujo la mano en el orificio entreabierto y extrajo el corazón. Depositado el órgano en un recipiente, fue cubierto por un pedazo de tela para protegerlo durante el transporte hacia la costa, donde debía ser calcinado. Pero los ataques del vampiro no menguaron, y los aldeanos siguieron sufriendo las visitas nocturnas del reviniente. 

Se llegó a la conclusión de que el ritual no había funcionado por haberse procedido en sentido inverso: la misa se debió celebrar después de la incineración del corazón, y no antes. Desenterraron por segunda vez al pobre labriego para abrasar su cuerpo completo en la que se conoce como la punta de la isla de San Jorge.

STRIGOI, FANTASMAS DEVORADORES DE NIÑOS
Si bien en la mayoría de casos al vampiro se le relaciona con un ser resucitado que descansa durante el día, hay quienes proponen otras probabilidades, como argumentaba a comienzos del siglo XX el profesor en filología de la Universidad de Bucarest, Ion Aurel Candrea:

"Durante todo el día asiste a su propio negocio, al igual que todos lo demás, pero por la noche, tan pronto como se duerme, su alma deja su cuerpo y se va a conocer a otros fantasmas, mientras su cuerpo permanece en la cama como si estuviera muerto. Las almas de estos fantasmas matan a los niños y chupan su sangre, roban la leche de ganado vacuno y roban los frutos de la cosecha (…). Cuando una de estas criaturas, que se cree un fantasma, muere, debe ser apuñalado o empalado en su corazón, para que su alma nunca puede salir de la tumba y no sea capaz de dañar a los hombres durante la noche”.

Aun así, en la propia tierra del autor, Rumanía, se extiende popularmente la creencia de que es en la noche cuando los fantasmas –strigoi– cometen sus atrocidades; criaturas descarriadas del camino que guían hacía la otra vida y al descanso perpetuo, regresando para alimentarse, sobre todo, de los parientes cercanos, debido a que resulta mucho más sencillo acceder a ellos. La convicción en la mitología popular de la existencia de seres de otro mundo sigue siendo un hecho inalienable en la tradición de la región.

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