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Cuando España invocó a los espíritus

Jueves 25 de Agosto, 2016
El siglo XIX fue el del espiritismo. Aquella nueva forma de “comunicación” con el más allá también tuvo su repercusión en España. Una historia largamente silenciada.Por Marc-Pierre Dylan

Las voces se alzan, los ánimos se encrespan. Se solicita calma, silencio. Todos, más o menos, van bajando el tono. Todos escuchan. Es el Congreso de las Cortes Españolas. Año 1873. Y los representantes de la ciudadanía discuten sobre espiritismo. Sobre si incorporarlo a las enseñanzas universitarias.

¿Sorprendente? Quizá no tanto cuando se atiende a la verdadera importancia que esta disciplina tuvo en España durante el siglo XIX. La estancia se encuentra sumida en la penumbra y el silencio, tan sólo roto por la respiración agitada de alguno de los asistentes. En el centro hay una mesa circular, y sentados a su alrededor varios prohombres visten sus mejores galas. Son generales, diputados, catedráticos, ingenieros, poetas, aristócratas. Son todos creyentes en esta nueva fe que tiene tanto de religión como de filosofía humanista.

Se toman las manos, y hay dos de ellos que encuentran las nudosas de la médium, una anciana de las montañas del norte que, dicen, desciende de una antiquísima estirpe de seres tocados por la gracia –o la pena–, personas que pueden mantener contacto con las estancias ultraterrenas. Murmulla algunas palabras, apenas inteligibles, a modo de salmodia. La mesa se agita. La sesión continúa. Todos, todos ellos, son miembros del espiritismo.

El espiritismo se consideraba, a mediados del siglo XIX, como una ciencia positiva, experimental, como la forma contemporánea en que se manifestaba la Revelación. En otras palabras, se creía que la ciencia espírita podía demostrarse mediante experimentos de carácter empírico, que se podía considerar y entender como verdadera en cualquier momento y en cualquier lugar y que, además, era una puesta al día de antiguos arcanos presentes desde siempre en la noción misma de humanidad. Buscaba explicar el contacto existente entre los espíritus incorpóreos y los seres humanos, manifestado a través de todo tipo de experiencias mediúmnicas, provocadas o espontáneas. Pero no quedaba ahí, iba un poco más allá, preocupándose por factores como los educativos, políticos o culturales. Era, por así decir, una religión sin sacerdocios que combinaba elementos sociales y filosóficos con otros plenamente esotéricos, y que le daba tanta importancia al desarrollo espiritual como al progreso social. Una génesis de todo tipo de elementos que tuvo importancia sorprendente durante la segunda mitad del siglo XIX.

ORÍGENES Y EXPANSIÓN
El espiritismo moderno comenzó como una explicación de fenómenos que no tenían causa conocida, y a partir de ahí pasó a postular el estudio del mundo inmaterial y los espíritus, en relación con el mundo corpóreo.

A partir de 1848 el mundo tiene noticia de los extraños sucesos que se están produciendo en Hydesville, Nueva York, y que tienen a las hermanas Fox como protagonistas. Ruidos extraños, raps, fenómeno poltergeist e incluso apariciones fantasmales y demoníacas que solamente las niñas podían ver, suponían un cóctel perfecto que combinaba miedos atávicos y elementos del más puro folletín decimonónico que pronto subyugaron por completoa la opinión pública. Eran los orígenes, cuentan, del espiritismo. Manchados, puesto que las Fox describieron años después cómo se habían inventado la historia y cómo conseguían crear por sí mismas todas las manifestaciones “paranormales” que ocurrían en aquella casa. No importaba, el movimiento había echado a andar, aunque aún balbuceante y sin una construcción doctrinal concreta. Esa le llegará pocos años después, en Francia.

Desde 1848, el espiritismo se extiende por los Estados Unidos y aterriza en Europa de la mano de quien será su ideólogo más importante, Allan Kardec. Kardec nace en Lyon con el nombre de Hyppolite-Lèon-Denizard- Rivail. Filósofo de formación, pronto se interesa por las noticias que llegan desde los EEUU respecto del caso de las hermanas Fox, y busca en su círculo cercano fenómenos similares. En aquella época ya han aparecido en París, donde vive, numerosos médiums con diferentes “facultades”, entre ellas, el contacto con los espíritus o la fenomenología de las mesas parlantes y voladoras. Es en una de estas sesiones cuando Rivail contacta con lo que él denomina su “espíritu protector”, un ser de otra dimensión que dice haberlo conocido en una encarnación anterior, dos mil años antes, cuando Hyppolite era un druida celta en la boscosa Bretaña. A partir de entonces, tomará como propio el nombre que, dice, tenía en la antigua Galia: Allan Kardec. Lanzado a una divulgación de lo que él considera como verdad espiritual, escribe en 1857 su celebérrima obra El Libro de los Espíritus. Se convierte muy pronto en un fenómeno a partir del cual surgen otras publicaciones, e incluso termina fundándose la Sociedad de Estudios Espiritistas de París, con presidencia del propio Kardec. A partir de este instante se crea esta nueva corriente de pensamiento: el espiritismo.

El mérito de Kardec no fue el de aportar ideas extraordinariamente novedosas, sino más bien realizar una cosmogonía absoluta de elementos tradicionales y mistéricos, hasta conseguir una doctrina propia y reconocible que combina la filosofía, la educación, la literatura y lo sobrenatural. Para Kardec era tan importante explicar el fenómeno de la metempsicosis como lograr, a partir del estudio de estos temas y sus manifestaciones, una mayor libertad para el ser humano que contribuyera al desarrollo de la sociedad y los individuos en aquella época decisiva de la historia.

Su éxito es fulgurante, y la expansión tan rápida que, en palabras del conocido espírita montañés Baldomero de Villegas, hacia 1870 existen no menos de 500 libros, seis periódicos semanales, seis revistas mensuales y 1.200.000 adeptos en todo el mundo.

LA SITUACIÓN EN ESPAÑA
En 1887 apenas el 0,2 por ciento de los habitantes de España se declaraban “no católicos”, pese a que la libertad religiosa campaba desde hacía tiempo en las leyes –no tanto en las calles–. Ese mismo año existía un censo de espiritistas que marcaba su número en 258. Nada más que un puñado, una mota de polvo en la extensa geografía peninsular. Y, pese a todo, tuvieron la importancia, la influencia suficiente, como para estar a punto de provocar cambios legislativos fundamentales en esta España agitada del XIX. Eran, la mayoría de ellos, hombres importantes, gente del alto escalafón militar, glorias de las letras, personas de referencia en la política nacional.

El movimiento espírita llegó a la Península a través de Cádiz, donde tenemos noticias de que existieron reuniones espíritas ya en 1855, momento en que se crea la Sociedad Espírita gaditana, disuelta sólo dos años después por el Gobierno Civil de la provincia meridional. En 1857 se publica el primer libro sobre el tema en castellano: Luz y verdad del espiritualismo. Opúsculo sobre la exposición verdadera del fenómeno, causas que lo producen, presencia de los espíritus y su misión y en 1861 el movimiento celebra su mayoría de edad al fundarse en Madrid la Sociedad Espiritista Española. A partir de ahí, su expansión fue imparable por toda la nación, aunque siempre limitada a grupúsculos poco numerosos de personas que, con todo, gozaban de gran influencia debido a su frecuentemente alta posición social. Además, es imposible abstraer en nuestro país el concepto de Espiritismo y el de Liberalismo Político, puesto que ambos iban siempre de la mano y suponían, de facto, una reacción ante el binomio “Monarquía Absoluta-Catolicismo” que representaban las fuerzas conservadoras de la época –sobre todo los carlistas–.

Evidentemente, esta clara postura política y religiosa no podía sino chocar con la ortodoxia de la época. José María de Pereda, Menéndez Pelayo o Juan Valera fueron algunos de los intelectuales que atacaron al espiritismo español, pero será seguramente el Padre Niceto Alonso Perujo quien se convierta en azote espírita, fundando una revista semanal en 1876 dedicada únicamente a refutar los postulados del espiritismo. La Iglesia Católica había condenado al espiritismo en una Encíclica de 1856, diciendo que era “obra diabólica”, y la jerarquía había cerrado filas ante un nuevo e inesperado enemigo. Aquel primer libro espírita en castellano que referimos más arriba fue quemado en auto de fe público, algo que se reprodujo en muchos lugares de España con libros de Kardec, el padre internacional del movimiento.

La batalla ideológica, religiosa y simbólica estaba servida. Y no siempre iba a jugarse de forma limpia. Su evolución será uno de los elementos más apasionantes y alegóricos de la España de finales del siglo XIX, con esa lucha soterrada entre fuerzas conservadoras y democráticas.

A partir de estas primeras manifestaciones en Cádiz y Madrid, va a observarse el surgimiento de diversos centros espíritas en toda la geografía. Así, en Sevilla surge la Sociedad Espírita, uno de cuyos fundadores e ideólogos fue nada menos que el General Miguel Primo de Rivera, futuro dictador en los años veinte del siglo siguiente.

¿EN QUÉ CREÍAN?
Aunque suene a oxímoron, el espiritismo español es profundamente ortodoxo. Y lo es en el sentido de que poco se aleja de los postulados propuestos por Allan Kardec.

Dejémoslo claro, no estamos hablando de médiums, mesas voladoras, poltergeist y demás. O sí, pero no sólo, puesto que las creencias del espiritismo –ver recuadro– pasan por ser una mixtura casi perfecta de religiones tradicionales, modernidad filosófica y movimientos sociales. Aquí lo que tratamos es una doctrina que se mueve entre lo estético y lo espiritual y que busca explicar todos los fenómenos misteriosos del mundo, sí, pero también abrir una nueva vía de conocimiento para el ser humano que debe de pasar forzosamente por la luz y la libertad. En otras palabras, un pensamiento rabiosamente moderno y que suponía acercarse en el siglo XIX a postulados no sólo liberales sino, incluso, decididamente progresistas.

Así, entendiendo el espiritismo como una ciencia que soporta las comprobaciones empíricas y, a la vez, una forma contemporánea de Revelación, se piensa que a partir de sus matices doctrinales es posible encontrar solución a todos los problemas del ser humano.

Hablamos de un estudio que depura la razón y el sentimiento; que es profundamente libre por cuanto no impone una creencia sino que invita a la reflexión y el estudio interior hasta alcanzar cada cual la propia, animando a una autonomía personal que puede recordar en ocasiones a la propugnada por el anarquismo; y que viene, en definitiva, a realizar una aspiración histórica del ser humano, que no es otra que la de liberarlo de sus ataduras políticas y espirituales. De lo que hablamos es de una visión religiosa, sí, pero sobre todo de un ideal filosófico en el que lo social, lo político, tiene casi tanta importancia como lo meramente mistérico. Una bomba en mitad de la sociedad bienpensante de la época.

Es curioso constatar, en este sentido, las coincidencias que tienen buena parte de los postulados espiritistas con los que defienden por la misma época los krausistas, el movimiento renovador de la educación más importante del siglo XIX. El espiritismo era realmente serio en esta segunda mitad de la centuria, con auténticos gigantes intelectuales defendiendo las visiones antes reseñadas y fundiéndolas con un sentido auténticamente progresista de la humanidad. Poco que ver, en cualquier caso, con la imagen que hoy en día podríamos estar tentados de tener sobre el espiritismo. Eso sí, hay que señalar que los krausistas rechazaron siempre tender puentes entre ambas doctrinas, por considerar que la suya atañía a una visión solamente materialista de la sociedad que poco tenía que ver con el espiritismo.

LA ÉPOCA DORADA
Podemos concluir que a partir de 1868 se produce la época dorada del espiritismo en España. Las razones son variadas. De un lado el movimiento cuenta con la suficiente madurez doctrinal, no sólo a nivel internacional sino también desde el punto de vista nacional, con autores importantes consagrados a la causa que logran dotarle de una pátina de “respetabilidad” filosófica e incluso de cierto aire de modernidad educacional que convive, en ciertos momentos, con el pujante krausismo. De otro la Revolución Gloriosa de 1868 va a abrir un período, de apenas seis años, donde las libertades van avanzar como nunca antes en el país. Y una de las más importantes, buscada por muchos y reconocida en las Cortes, será la libertad religiosa. Ahora los españoles pueden profesar cualquier culto, y el espiritista tiene no poca importancia entre la élite preparada e influyente que rige los designios de la nación. Es más, en un momento dado el espiritismo está a punto de incorporarse a los planes oficiales de estudios, llegando a plantearse esta cuestión en las Cortes a instancias de José Navarrete, Anastasio García López, Luis Benítez de Lugo, Manuel Corchado y Redondo Franco. Ése Navarrete hubiera sido el encargado de defender la proposición antes las Cortes, algo que no pudo suceder a causa del Golpe de Estado del general Francisco Serrano que vino a enterrar dicho período de progresía política.

En este tiempo surgen por doquier sociedades en toda España y se fundan distintas publicaciones periódicas, entre ellas la más paradigmática y longeva de todas: El Criterio, que pasará a llamarse más tarde El Criterio Espiritista y La Fraternidad, y que sigue publicándose hasta los mismos albores del siglo XX.

También se multiplican en esta época las monografías con el espiritismo como punto central de su doctrina, e incluso otras que se sirven de la nueva “creencia” para ver con ojos renovados cuestiones antiguas. Así, el ya citado Baldomero de Villegas realizará una visión espírita del Quijote, el Vizconde Torres Solanot bucea en el catolicismo antes de Cristo buscando una teoría homogénea de las creencias, e incluso se publican algunas novelitas que toman el espiritismo y la exposición de su doctrina como punto central.

EL FINAL DE UNA ERA
Ya hemos visto antes cómo el pronunciamiento de Serrano acaba con la posibilidad de discutir en las Cortes la incorporación del espiritismo a la enseñanza académica española. Huelga decir que el Régimen de la Restauración supuso un golpe casi de muerte para el movimiento, con su conservadurismo “blando” y sus raíces profundamente católicas. Así, pese a que la constitución de 1876 recoge la libertad religiosa, ya reseñamos al principio del artículo que en 1887 apenas el 0,2 por ciento de los españoles tenía una fe diferente a la católica. Y en este contexto poco tenía que hacer el mundo espírita.

Así, la propaganda oficial, que propugnaba la católica como fe verdadera y cualquier desviación de la doctrina más ortodoxa como hija de la maldad, pronto va calando entre la población, y quienes antaño se lanzaban a abrazar la nueva doctrina se tornan ahora en críticos feroces. Es verdad que el movimiento jamás alcanzó una preponderancia en la sociedad española y que sus practicantes se podían considerar una élite política y social –que siguió existiendo hasta bien entrado el siglo XX– pero la visión del resto de los habitantes hacia el fenómeno cambió de raíz.

Dos ejemplos nos permiten verlo con claridad. En 1877 se escribe en la prensa cántabra que hay “en Santander un catedrático espiritista loco que ha publicado un libraco explicando su doctrina”, en referencia a Víctor Oscáriz y Lasaga, que era Catedrático de Retórica en el Instituto Santa Clara y que hasta entonces combinaba en sus clases la explicación de los filósofos clásicos con las de la doctrina de Kardec sin mayores problemas. El segundo ejemplo es todavía más claro. En la década de 1890, los alumnos católicos que asistían a las clases de Metafísica que en la Universidad de Barcelona dictaba Manuel Sanz y Benito, se quejan amargamente de las “explicaciones y propaganda espiritista” que hacía el profesor. Amotinados, se negaron a volver a pisar el aula hasta que el catedrático fuera depuesto. Poco después partía rumbo a Valladolid, donde desde entonces limitaría sus opiniones de este tipo durante la actividad universitaria, hasta hacerlas prácticamente inexistentes.

O el que es, quizá, el caso más simbólico. Porque las fuerzas más reaccionarias del ultracatolicismo que iba a dominar parte de la Restauración –aquellas que poblaron las filas del carlismo décadas antes–, no se limitaron a hacer desaparecer libros y publicaciones espíritas o a desacreditar a sus autores, sino que fueron un paso más allá y entraron en el terreno de las construcciones alegóricas. Así, era frecuente que frente a edificios erigidos por espíritas de una cierta entidad acabaran apareciendo, como enfrentados a ellos para evitar el “contagio”, otros creados por hombres ligados a visiones más conservadoras de la sociedad. Más aún, en esta época se levantan nuevos monumentos celebrando el catolicismo más ortodoxo, y se crean universidades pontificias desde las que difundir esta nueva/vieja visión de la sociedad. Imagen y poder se fundían así de nuevo en lugares tan emblemáticos y espectaculares como la Universidad Pontificia de Comillas, que nacen al amparo de esta nueva restauración, también en lo espiritual, que estaba emprendiendo España.

Es esta, pues, la historia de una oportunidad fallida. La de unos hombres que durante unas pocas décadas quisieron plantear una forma nueva de hacer las cosas, de entender el mundo y el universo. La de quienes buscaron difundir una doctrina que era espiritual, sí, pero, y quizá sobre todo, también un grito desgarrado en pos de la libertad. Una idea tan loable que muchos quisieron enterrarla para siempre en los cajones del tiempo.

Lee el reportaje completo en ENIGMAS nº 250 de septiembre de 2016

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