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Cusco, ingeniería y astronomía celestial

Jueves 14 de Julio, 2016
Una novedosa tesis sostiene la existencia de un “plan maestro” que modeló el paisaje a gran escala –montañas, valles, ciudades y templos– para representar sobre la tierra a los pumas, cóndores y divinidades de Cusco. Por José Gregorio González.
Fortaleza de Sacsayhuaman, Cusco

Hoy por hoy, pocos arqueólogos e investigadores independientes que hayan coqueteado con las revisiones heterodoxas de la historia cuestionarán que la Teoría de la Correlación de Orión, presentada hace décadas por el ingeniero anglo–egipcio Robert Bauval, introdujo una forma innovadora de contemplar el pasado y muchas de las culturas que nos precedieron.

En esencia, Bauval propone que las tres grandes pirámides de la Meseta de Giza, la Esfinge, otros templos cercanos y el propio cauce del Nilo, reproducen sobre el terreno una zona concreta del cielo de enorme significado en la espiritualidad egipcia, con el Cinturón de Orión y la Vía Láctea como protagonistas.

La zona sería una suerte de reflejo del cosmos; pero no sería la única. En función de la disponibilidad de recursos y desarrollo técnico de cada cultura, esa fijación de los antiguos por cristalizar parcelas del Cielo sobre la Tierra la encontramos de manera latente en enclaves megalíticos de todo el planeta –incluyendo el más que probable germen egipcio de Nafta Playa, en la Nubia antigua–, alcanzando regiones tan distantes como la Isla de Pascua y sus moais mirando a las estrellas, la camboyana Angkor, cuyos templos principales imitarían a la constelación del Dragón con una alineación que apuntaría, al igual que en el caso egipcio, al 10.500 a.C., o los desconcertantes santuarios astronó micos de los antiguos canarios con sus precisas orientaciones. La arqueoastronomía y las herramientas que pone a su servicio la tecnología, nos están ayudando a contemplar el pasado de otra manera. Por ello, no es extraño que también se haya mirado hacia la cultura inca en busca de claves similares, de equivalencias en los templos y estructuras de una de las más apasionantes civilizaciones de todos los tiempos, en la que astronomía, mito y religión eran prácticamente indistinguibles.

MODELANDO EL PAISAJE INCA
¿Es posible que los antiguos incas vieran en determinadas rocas y accidentes orográficos una huella o materialización de sus dioses y héroes? ¿Se puede considerar que más allá de la focalización de sus mitos en las caprichosas formas de la naturaleza, llegaran a modelarlas para erigirlas en efigies de sus divinidades? ¿Cabe la posibilidad de que se trazaran ciudades bajo la forma de tales dioses, distribuyendo sus templos, plazas y demás elementos de cara a realzar los rasgos de los mismos?

Las respuestas a estos interrogantes parecen apuntar a un sí rotundo que plantea el diseño sobre el terreno de sus dioses y del espacio celeste que según sus mitos ocupaban. La magnitud de esta reinterpretación de la arquitectura incaica empieza por concebir a su Valle Sagrado como un reflejo de la Vía Láctea o Río Celestial, distribuyendo por su valle terrenal los asterismos visibles y las constelaciones oscuras formadas en combinación con los espacios sin estrellas, que sus astrónomos distinguieron en el cielo.

La tradición cusqueña ofrece ejemplos muy claros, dando a Cusco la forma de un puma sentado en cuclillas, con la fortaleza de Saccsayhuaman como su cabeza, y la actual calle Pumakurko como la espina dorsal del felino.

Juan de Betanzos en 1551 y Sarmiento en 1572 aludirían a este vínculo totémico. La abogada y periodista Alfonsina Barrionuevo amplía los detalles en Cusco Mágico, asegurando que el puma se recostaba sobre el lecho seco del antiquísimo lago Inkill: “Sus colmillos afilados en punta de lanza hacían el aguerrido relieve de la primera muralla de la plaza y sus pupilas fulgurantes eran los torreones recubiertos con planchas de oro que brillaban al sol. Sobre su lomo gigantesco corre hasta hoy el Tullumayu, llamado “río de huesos” porque mojaba las vértebras del dios, cuyas zarpas afelpadas se cerraban sobre otro río milenario, el Saphi ‘raíz de manantiales’. Su cola concluía en una calle que todavía conserva su viejo nombre indio, Pumaq chupan –cola del puma–”.

Historiadores como el recordado Manuel Chávez Bayllón, el antropólogo John Rowe o María Rostworowski refrendarían en el siglo XX esta visión felina de la urbe inca, una lectura que ha sido cuestionada en tiempos recientes por Ana María Gálvez, directora del Museo Histórico Regional del Cusco. Junto a su equipo de colaboradores defienden la hipótesis de que se trata realmente de un Qoa, una especie de gato silvestre también conocido como Titi-Michi, divinidad de la lluvia y el granizo.

Sigue leyendo este reportaje en ENIGMAS 248, julio 2016.

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