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Edgar Mitchell: La desinformación es otra forma de ocultar

Martes 06 de Junio, 2017
El fallecido Edgar Mitchell, sexto hombre en pisar la Luna reconoció que aquella experiencia le había cambiado para siempre. Lo que no imaginamos es hasta qué punto. Ésta, en retazos, es su fascinante historia...
Por Lorenzo Fernández

La mañana del 4 de octubre de 1957 sucedió algo que afianzaría la vocación de Mitchell, que sin parpadear atendía a las informaciones procedentes de la extinta Unión Soviética. Sólo dos años antes, la “adolescente” Agencia Espacial Norteamericana había anunciado a bombo y platillo que se hallaban en el camino correcto para, en poco tiempo, lograr enviar al espacio el primer satélite artificial –posiblemente la tecnología nazi tuvo culpa de este avance tan fortuito en la carrera espacial–. Y, en un ejercicio de cortesía sin parangón, invitaba a los países democráticos a participar en el por entonces proyecto más importante que había abordado la humanidad. El objetivo era que el satélite estuviera en órbita coincidiendo con el IGY, el Año Internacional Geofísico, que había quedado establecido por el Consejo Internacional de Uniones Científicas desde el 1 de julio de 1957 al 31 de diciembre de 1958. Se había detectado un pico de intensidad en la actividad solar para ese año, y la comunidad científica había alertado de la necesidad de lanzar al espacio un satélite que realizara un mapeo terrestre tras el fenómeno. Así las cosas, aquel medio mundo atendía a lo que estaba ocurriendo en la URSS, con mezcla de admiración y temor. Porque los teletipos que procedían de Moscú aseguraban que había sido lanzado el Sputnik I, el primer satélite artificial creado por el hombre, construido en tiempo récord.

Las protestas del gobierno estadounidense no se hicieron esperar. El zarpazo que acababa de pegarles el enemigo era profundo; casi tanto como la conmoción y la histeria que se desencadenó en las principales ciudades norteamericanas, que veían en aquel aparatito poco más grande que un balón de baloncesto una especie de arma que todo lo observaba y que a todo llegaba, cargada de misiles deseosos de ser estrellados contra la población estadounidense.

A esta ofensiva diplomática, los soviéticos respondieron “contraatacando”. Y así, en noviembre de ese mismo año, lanzaron al espacio el Sputnik II, que además iba con sorpresa en su interior: una pobre perrita llamada Laika, que ha pasado por ser la protagonista indiscutible de la primera barbacoa espacial de la historia. Pero las implicaciones armamentísticas del asunto, o la propaganda política que de ello se derivaba, a Edgar le importaban poco. Él, hombre de ciencia pero humanista por encima de todo, veía en esa proeza un salto evolutivo extraordinario.

Tras licenciarse en ingeniería aeronáutica por el Instituto Tecnológico de Massachussets, no tardó en ser reclutado por la Marina y, poco después, en ser uno de los primeros en pilotar un Sr-71 Blackbird, los aviones de combate más completos y espectaculares de ese tiempo. Fue a bordo de ellos donde destacó por sus dotes de mando, su carácter reflexivo y su extraordinaria capacidad para manejar estas complejas aeronaves. De este modo alguien se fijó en él, y en 1966 se le transfirió a la NASA, donde culminaría una de las carreras más brillantes, y el principal de sus sueños: viajar al espacio. Templando los nervios, se ubicó en la parrilla de salida cuando, en 1969, y tras una dura preparación, fue elegido como piloto suplente para la misión Apollo X. Sus cualidades no pasaban desapercibidas, y poco después, ahora sí, fue seleccionado para formar parte activa de la fatídica misión Apollo XIII, pero en el último minuto alguien pensó que era mejor reservarlo para la siguiente: la Apollo XIV. Así, el 31 de enero de 1971, impulsado por un cohete Saturn V, el módulo lunar despegó desde el Centro Espacial Kennedy, en Florida, alunizando el 5 de febrero. Durante su estancia en el satélite terrestre se llevaron a cabo numerosos experimentos científicos, recogieron 43 kilos de piedras lunares y explosionaron diferentes cargas de dinamita para comprobar de qué manera se extendían las ondas expansivas. Además, su compañero Alan Shepard llevó un palo de golf con el que golpeó dos bolas sobre la superficie lunar, ante la sorpresa de toda la humanidad,  y Mitchell, que no quiso quedarse corto, decidió lanzar la primera jabalina que, seguro, batió los marcadores establecidos en la Tierra.

Sea como fuere, al margen de los experimentos, Mitchell, pensando en las capacidades psíquicas como medio de contacto, decidió llevar a cabo sus propias experimentaciones, que cambiarían el rumbo de su vida. Dicen los biógrafos que quienes han pisado la Luna regresan con una perspectiva diferente de la existencia, y que incluso se acrecienta su parte espiritual. En el caso de Mitchell, que ya le “venía de serie”, es probable que se reafirmara en el momento en que puso en marcha sus experimentos psíquicos, entre los que destacaba el intento de contacto telepático con personas de la Tierra, en un intento por demostrar que ni la distancia ni los obstáculos afectaban a la posibilidad de que se pudiera llevar a cabo. Y por lo que se aprecia, funcionó… En 1972, abandonó la NASA para dedicarse a su verdadera vocación, y que se haría realidad sólo un año después, cuando fundó el Instituto de Ciencias Noéticas y cuyo objetivo era –y es– realizar y apoyar la investigación de áreas que la ciencia no contempla. Atrás quedó la Luna, la NASA y el interés de los estamentos militares; y frente a él, el Universo…

LA PALABRA DE UN HOMBRE TRANSFORMADO

El objetivo de Edgar Mitchell quedó esbozado en el libro El camino del explorador, donde pretende establecer un vínculo entre la ciencia y la espiritualidad. Pero no se quedó ahí: sus incursiones en la investigación ufológica le hicieron garante de muchos seguidores, pero más aún detractores, especialmente de las instituciones para las que trabajó. Porque Mitchell, que siempre demostró no tener demasiado cabello en la dermis lingual, denunció la existencia de OVNIs, el conocimiento de este tema por parte de dichas instituciones, y su origen extraterrestre. No en vano, en 1997 formó parte del programa de desclasificación que organizó Steven Greer, director del Centro para el Estudio de la Inteligencia Extraterrestre (CSETI), a través del cual testigos civiles y militares declararon en el Congreso estadounidense haber estado implicados en sucesos relacionados con OVNIs. El motivo era averiguar si el Gobierno había capturado naves alienígenas y reutilizado material para desarrollar nuevas tecnologías. Y es que el sexto hombre que pisó la Luna estaba convencido de ello, y de que dicha información había sido encubierta porque formaba parte de un proyecto que llevaba funcionando desde hacía décadas a manos de una administración gubernamental paralela, que trabajaba de manera independiente a las directrices que marcaban el presidente y el Pentágono. Así reflejaba sus opiniones años atrás a la revista ENIGMAS…

Como astronauta y figura pública, ¿por qué le pareció necesario hablar sobre el tema OVNI?

Mi mayor interés se centra en la naturaleza del Universo. ¿Cuál es nuestra relación con la realidad más grande? Si los OVNIs forman parte de la misma y estamos negándola, supone una falta de toma de conciencia y no lo acepto. Salí al espacio para aprender sobre el Universo, para adquirir nuevas perspectivas e ir más allá de los límites de la existencia conocida. Si estos fenómenos nos aportan nueva información sobre el Cosmos, entonces debemos ir hasta el fondo.

¿Qué le llevó a fundar el Instituto de Ciencias Noéticas?

Fue un intento de responder a las preguntas perennes: ¿quiénes somos?, la conciencia. ¿Cómo nos permite ser seres inteligentes? Pero no tenemos buenas respuestas para esa pregunta.

¿Ha llegado a alguna conclusión?

Tras veinticinco años de investigación creo que vivimos en un Universo que se organiza solo, que es inteligente y creativo y capaz de aprender, equivocarse y evolucionar; por tanto debe ser considerado más como un organismo que como un cúmulo de partículas de materia según las leyes de la Física.

¿Le causó problemas el hecho de que los medios de comunicación tergiversaran sus esfuerzos para efectuar experimentos telepáticos mientras estaba en el espacio?

La verdad es que no. No fueron tergiversados por las personas que los conocen y los llevan a cabo. Los parapsicólogos captaron la atención y estaban encantados con los resultados. Personalmente ni siquiera utilizo el prefijo “para” en relación con estas ciencias. Ahora tenemos buenos modelos de cómo actúan las funciones psi y comprendemos sus mecanismos.

¿Podría explicar cómo funcionan esos modelos?

Todo está interconectado, nos dice la Física Cuántica. Los místicos llevan diciéndolo desde hace miles de años. Sin embargo, la Ciencia se ha preguntado cómo es posible que la mente obtenga información más allá del entorno inmediato por la telepatía o la visión remota. El término que se emplea en Física para describir estos fenómenos es “carente de localidad”. La conciencia humana ¿de dónde venimos? y ¿adónde vamos? Creo que, ahora que el método científico ha capacitado a la Humanidad para aumentar su conocimiento, nos convertimos en una especie fairing, una especie que se conoce a sí misma, que sabe hasta dónde puede llegar, y uno de los interrogantes ahora es saber cuál es la naturaleza de no está contenida en los límites del espacio-tiempo. El mecanismo para explicar los fenómenos psi se llama holografía cuántica. Se descubrió que la emisión de energía de cada objeto cuántico –subatómico– es lo bastante coherente para obedecer a las leyes de la holografía. El holograma cuántico posee una información muy rica y no se emplaza en un sitio determinado, es “no local”. Por ejemplo, la mesa de este salón está aquí, como la experimentamos. Pero también es un holograma –una onda de forma que aporta información por el Universo–. Este tipo de holografía cuántica permite explicar toda la gama de funciones mentales como la telepatía y puede arrojar luz sobre lo que parece ser la interacción entre alienígenas y humanos durante las abducciones. Si éstas son físicamente ciertas y acontecen con la frecuencia que se pretende, tendría que haber habido un mínimo de trescientas al día durante los últimos cuarenta años. Creo que ello requiere un componente mental.

¿Qué tipo de personas ha consultado durante sus investigaciones sobre el fenómeno OVNI?

Es importante confiar en personas que han estado allí. Las únicas que conozco han sido miembros de organizaciones de espionaje, militares y del Gobierno que debían investigar el fenómeno. También he consultado a grupos que realizan entrevistas a personas implicadas en el encubrimiento gubernamental de Roswell y otros lugares. A ellos les gustaría salir a la luz pública, pero no romper su juramento de seguridad.

¿Por qué los EEUU siguen  encubriendo el fenómeno?

Podría decirse que al principio estaba  justificado. Pero estos sistemas de acceso limitado otorgan poderes absolutos a las personas implicadas; y eso fue lo que ocurrió. Desde la Administración de Eisenhower, los dirigentes de alto nivel desconocen lo que ocurre con los programas negros, sobre todo con éste. Diría que el Gobierno no descubre nada porque no sabe qué hay que descubrir. Por eso se inventan historias ridículas.

¿Cuál es su postura en relación con la realidad del fenómeno?

No tengo experiencia de primera mano, pero si la gente con la que he hablado dice la verdad, entonces hemos recibido visitas extraterrestres. Se han producido accidentes de naves y se han recuperado cuerpos y materiales, algunos se han reutilizado y otros se han duplicado. Quizá lo más inquietante es que el encubrimiento oficial respecto a la reutilización de esta tecnología alienígena se deba a que ha escapado a su control y ha pasado a manos privadas.

¿Son los OVNIs que se ven en el cielo producto de esta tecnología recuperada por dichos grupos?

No lo sé. El 13 de marzo de 1999, una de las formaciones de luces más grandes nunca vistas –las denominadas “Luces de Phoenix”– volaron sobre Sedona, Tucson y Phoenix, en Arizona. Cada una de ellas medía al menos 300 metros. Durante una hora y media miles de personas en Phoenix las vieron moviéndose entre 150 y 500 metros por encima de sus cabezas a una velocidad de unos 50 o 70 km/h. Esta velocidad era anómala ya que los OVNIs no suelen desplazarse tan despacio. Parecía como si fuera un despliegue hecho a propósito. También resultó extraño que la prensa no informara hasta el mes de mayo. Tampoco hubo comentarios oficiales.

¿Qué le han dicho los investigadores sobre Roswell?

Me han contado que quienes estaban en el Ejército entonces están ahora diciendo lo que ocurrió: hubo un accidente extraterrestre en Roswell. Cada vez estoy más convencido de que dicen la verdad.

Es evidente que hay mucha confusión en relación con el tema OVNI. ¿Cómo separa la gente de a pie la verdad de la ficción?

Hay que ser muy metódicos y cuidadosos. Hay mucha desinformación. La cuestión es que la verdad no se ha mantenido secreta, pero ha sido objeto de desinformación para desviar la atención y crear confusión.

¿Cree que la realidad de los OVNIs puede afectar a la vida de la gente?

No lo sé realmente. De lo que hablamos es de nuestro conocimiento de una realidad más grande, de nuestro lugar en el Universo. La realidad de extraterrestres que visitan la Tierra debería ser un hecho natural, igual que nosotros vamos a la Luna. Hasta hace poco, lo habitual era aceptar que estábamos solos y que la Tierra era el único lugar donde había vida, y esto ya no lo cree casi nadie. Eso cambia nuestro concepto de quiénes somos y cómo encajamos en la realidad más grande. ¿Supone esto alguna diferencia respecto a cómo nos ganamos la vida? No, pero representa una diferencia en la comprensión que tenemos de nosotros mismos y nuestra relación con esa realidad mayor. No es una cuestión cotidiana a menos que haga cambiar tu conducta y te convierta en un ciudadano más responsable. Edgar Mitchell fue a la Luna atravesando cientos de miles de kilómetros de las vastas planicies estelares, quizá como un técnico, pero regresó como un humanista. Porque, como él mismo reflejaba: “viajando a través de 240.000 millas entre las estrellas y la Tierra, percibí de pronto el Universo como algo inteligente, armonioso y pleno de amor. Sentí su energía primordial. La más grande e inescrutable de todas (…) Bajamos en un mundo silencioso y muerto; estático, como tal vez fue desde el principio de los tiempos. Fue sobrecogedor, pero debimos poner nuestra máxima atención en nuestras misiones específicas. Ansiaba gozar de esa vista mágica. La falta de atmósfera altera la percepción de las cosas”. O quizá la renueva. Al menos para tener la valentía para enfrentarse a los dogmas aprendidos, y buscar respuestas; respuestas que para él llegaban desde más allá de las estrellas… 

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