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Engullidos por las nieves

Miércoles 30 de Agosto, 2017
Allá por los años 30 del siglo pasado, los habitantes de un pequeño poblado esquimal del norte de Canadá desaparecieron sin dejar huella. Todos sus enseres permanecieron en su asentamiento. Pero de ellos nunca más se supo nada. Nadie ha sido jamás capaz de explicar ni la forma ni las razones de dicha desaparición. Realidad o leyenda, su investigación sigue siendo hoy motivo de controversia.
Texto: Javier Martín

Empecemos imaginando. Imaginemos, por ejemplo, un individuo con gusto por las culturas ancestrales, perseguidor de lugares remotos hacia los que huir, alguien que disfruta de los climas fríos, muy fríos, que goza observando las costumbres de un poblado esquimal apartado de toda forma de civilización, un tipo, extravagante, estamos de acuerdo, que en vez de pasar sus momentos de asueto junto al mar, en lugar de esconderse del mundo y de los reiterados latigazos del sol en lo alto de una montaña de paisaje paradisíaco, se inclina por esconderse en un inhóspito pueblo esquimal, a treinta grados bajo cero, al lado, por ejemplo, de un bucólico y congelado lago, al norte, muy al norte de Canadá. Sigamos imaginando, y pensemos que nuestro individuo pasa ciertas épocas del año, periódicamente, en este poblado esquimal, de alrededor de un millar de habitantes, que lo visita reiteradamente, que ha estado ya allí muchas veces sin hallar más cambios en él, que aquellos que demanda la meteorología…

Imaginemos que nuestro personaje prepara un nuevo viaje a su particular vergel, que se acerca al poblado, esperando ver las mismas caras de siempre, esperando encontrar la anhelada cotidianeidad de sus días de descanso. Imaginemos que ya cerca se extraña de un silencio sepulcral. Imaginemos que se adentra en el poblado. Los mismos perros, idénticos trineos, el lago congelado como casi siempre, las armas para la caza cubiertas de nieve. Todo igual. Excepto los habitantes. Los habitantes son completamente distintos, los habitantes no están. Han desaparecido. Nadie en las poblaciones de los alrededores sabe nada. El poblado sigue exactamente igual que la última vez que lo visitó nuestro amigo, pero sin habitantes. Han desaparecido hacia la nada. No hay cadáveres. Han desaparecido, sin razón, sin explicaciones, han desaparecido porque sí. Dejemos de imaginar. Porque la historia anterior no es sólo producto de nuestra imaginación, porque la historia de un poblado esquimal que desaparece sin dejar rastro, al que se lo come la nada, es reconocida como real en las zonas más frías de Norteamérica… Y pone los pelos de punta.

UN PUEBLO DE HIELO 
El punto central de nuestra historia se encuentra en el Océano Glacial Ártico, en el paralelo 70, en las inmediaciones del Lago Angikuni, una región especialmente rica en pesca de trucha de lago y de lucio. Un sitio en que se sobrevive –debido a los rigores  del frío– con dificultad, si no se está adaptado a ello. Una zona en la que la supervivencia se limita a la pesca y a la caza. Así vivían los protagonistas de nuestro relato. Y es que lo cierto es que no hay lugar más indicado para un relato de este tipo, un espacio helado remoto, proclive a la leyenda, henchido de una viva y exótica tradición oral. Y eso es lo que ha llevado a muchos investigadores a dudar de su realidad, a considerarlo un simple ejercicio de imaginación. Hasta la Policía Montada de Canadá que, supuestamente, investigó el caso allá por los años treinta, ha desmentido rotundamente que tenga base real alguna, advirtiendo que su origen se encuentra en una obra de ficción escrita en 1948 por el autor norteamericano Frank Edwards. Otros, sin embargo, prefieren pensar que Edwards recogió la historia a partir de unos acontecimientos ocurridos apenas dos décadas antes y que simplemente le sirvieron como inspiración.

Pero volvamos al poblado desaparecido, regresemos a las orillas del Lago Angikuni y echemos la vista atrás más de ochenta años, trasladémonos a 1930. Según refiere el relato, habitaban por aquel entonces el poblado en cuestión alrededor de un millar de inuits. Así son llamados los miembros del grupo étnico esquimal que vive en la zona de Alaska, Groenlandia y Canadá. Es más, específicamente en Canadá se ha desterrado el término esquimal, al considerar que posee un componente despectivo. Y enseguida ponemos nombre al primer protagonista de nuestra historia: Arnand Laurent; y oficio, cazador.

UN MISTERIOSO OBJETO EN EL CIELO
Se encontraba en las inmediaciones del poblado, a unas decenas de kilómetros del mismo, concretamente en el extremo norte de la Bahía de Hudson. En un descanso de su labor, contemplaba el maravilloso paisaje de la zona. Todo parecía tranquilo. Hasta que, inesperadamente, Laurent vio algo que nunca podría olvidar. Un objeto cilíndrico y centelleante atravesó a toda velocidad el cielo, en dirección al lago Angikuni. Pese a conocerse la zona a la perfección, nunca había contemplado un fenómeno como éste. ¿Qué sería aquel extraño y gigantesco objeto que planeaba entre las nubes con suma ligereza? Tras la sorpresa inicial, tras habérsele quedado grabado el extravagante vuelo, volvió a sus quehaceres cotidianos.

 Cuando pasó por la ciudad más cercana, dio aviso a la Policía Montada de Canadá del insólito incidente. No despertó especial interés entre las autoridades, que archivaron el caso. Pero pocos meses después, un vendedor de pieles puso en relación el extraño suceso con una desaparición masiva inimaginable. Se llamaba Joe Laballe. Estando en los alrededores del lago, decidió intentar comerciar con los inuits. El frío del mes de noviembre quizá podría hacer que algunos de los esquimales necesitasen pieles que sustituyesen su desgastado abrigo. Conforme se acercaba, esperaba reconocer el bullicio que sus alrededor de mil habitantes solían crear otras veces. Pero ni rastro. El silencio era absoluto. Algo raro ocurría por allí. Paso a paso, cada vez más expectante –y temeroso– se adentraba en el poblado. Todo estaba igual. Los árboles, la vegetación, los kayaks, las escopetas, los aparejos de pesca… Todo seguía allí. Pero faltaba algo, algo importante: faltaba gente. No había nadie. Buscó en el interior de las chozas, en los alrededores del lago, en los exteriores de las casas. Nadie. Se le pasarían por la cabeza mil pensamientos. Pero todos parecían descabellados. ¿A causa de qué motivo iban a marcharse todos los habitantes, más de mil individuos? Y, sobre todo, ¿de qué manera iban a hacerlo sin dejar rastro? Porque ese era el otro elemento desasosegador. Los trineos, la forma de transportarse de los inuits por aquel paisaje helado, se mantenían en el sitio en que los dejaban cuando no eran usados. No había huellas de ningún tipo. En las paredes de las casas descansaban como cada noche los rifles que utilizaban para la caza, en el interior de los hogares los alimentos seguían guardados en la despensa, incluso en algunos de ellos estaban las mesas puestas y los alimentos a medio comer. Parecía como si todo el poblado inuit se hubiese marchado a toda prisa, advirtiendo algún peligro contra el que sería imposible luchar. Pero, ¿cómo se habían marchado? Resultaba prácticamente imposible que un poblado con más de mil personas se hubiese logrado poner en marcha al mismo momento, presumiblemente según los restos de comida hallados en las casas, sin tenerlo previsto, sin haber organizado nada. Y sobre todo, a no ser que supieran volar, es difícil que un millar de personas no deje una sola huella. Así que Laballe quiso descartar otra posibilidad, la de que se hubieran marchado a través del lago. Pero parecía también imposible. Las pequeñas embarcaciones que utilizaban para pescar, los kayaks, estaban amarradas. Nadie había salido a través del lago Anjikuni. El poblado se había convertido en un poblado fantasma. La gente se había ido, pero todo lo demás seguía igual… O eso creía Laballe.

Porque, asustado, curioso, el vendedor de pieles resolvió indagar por los aledaños del lago en busca de algo que le llevase a desentrañar el misterio, quizá los cuerpos de algunos de los inuit. Y realmente encontró cadáveres, pero no los de los esquimales, sino de sus perros, los mismos que les resultaban imprescindibles para mover sus trineos, su única forma de desplazarse por la zona cuando las temperaturas son extremas. Los perros habían muerto atados en sus perreras.

 Poco después, Joe Laballe se acercó hasta el minúsculo cementerio en el que eran enterrados los habitantes del poblado. Lo que halló en él hizo que le diese un vuelco al corazón. Las tumbas habían sido abiertas. Los cadáveres habían sido robados. Esto era algo que no podía hacer una persona normal. No se trataba de un delito corriente. La fuerza necesaria para mover todas las piedras que componían las muy especiales tumbas era descomunal. Y todo esto, contando que en la época del año de la que hablamos –en noviembre– las temperaturas alcanzaban los cincuenta grados bajo cero. Por supuesto, ni una sola huella constataba que hubiese habido allí presencia humana en las últimas horas o días… Cada vez más desconcertado y sobrecogido, Laballe decidió alejarse de aquel extraño territorio y relatar lo que había visto a la Policía Montada. Las fuerzas de seguridad hubieron de esperar varios días para poder acudir a la zona e investigar in situ aquellos sucesos espeluznantes. Las temperaturas eran extremadamente bajas.

NI UNA SOLA PISTA
Cuando llegó la Policía se encontró con el mismo paisaje desolador. Ampliaron más los focos de investigación. Pero todo fue infructuoso. Los poblados más cercanos al asentamiento desaparecido se hallaban al menos a un centenar de kilómetros y no habían tenido noticia alguna de dicha desaparición, ningún miembro del poblado del lago había acudido allí. Además, la búsqueda de rastros de la huida, de marcas de la presencia humana, fue estéril. 

Las teorías han sido muchas. De todos los colores. OVNIs, demonios y meteoritos han convivido a la hora de intentar dar una explicación. Desde las fuerzas de seguridad, desde la Policía Montada, pronto se habló de leyenda urbana, de una mezcla de relatos míticos de los inuit a partir de libros puramente de ficción como el citado. Y lo argumentaban de forma muy lógica. Las condiciones naturales del lugar impedían el simple hecho de que viviese tanta gente. La pesca y la caza a esas temperaturas era escasa. No podía subsistir en ese lugar, en esa época del año, un poblado con tal cantidad de habitantes. Sería imposible que hubiese alimentos para todos. En definitiva, el poblado difícilmente pudo desaparecer, porque no existió. Quizá pudiese haber sido tomado la leyenda como realidad al mezclar el concepto de pura ficción, con la certidumbre de que la sociedad inuit tiene una forma de vida seminómada, que los poblados no permanecen para siempre en un asentamiento determinado. Pero esa explicación no convence a todos. Hay quien piensa que se trata de una forma de ocultar una realidad para la que no existe una explicación. Hubo quien quiso ver en la volatilización del poblado una concreción de la misma mitología inuit.

Existen en la misma unos demonios vivarachos, que muy bien podrían haberse llevado todo el poblado de una tacada. También el argumento OVNI surge con fuerza, sobre todo a partir de los 70, apostando por una abducción masiva. La última de las teorías más extendidas, emparenta aquella extraña bola de fuego celeste contemplada desde la distancia por Arnand Laurent. Se trataría de un meteorito caído en las inmediaciones del poblado que habría inducido a un estado de locura colectiva a los esquimales, que, a causa del mismo, huyeron hacia no se sabe dónde… La duda permanece. Lo cierto es que a veces la imaginación se aproxima a la verdad mucho más de lo que la realidad parece querer indicarnos.

LA EPIDEMIA DE LA RISA
Lo hemos visto en el texto general. Una de las teorías sobre la desaparición del poblado considera que se pudo producir a causa de un estado de locura general causado por la caída en las inmediaciones del mismo de un meteorito… Por extraño que parezca, los estados de locura colectiva en pequeñas poblaciones han sido referidos en diferentes lugares a lo largo de la historia, provocando unas reacciones extraordinariamente extravagantes por parte de los habitantes. Veamos una de las más curiosas. Ocurrió allá por el año 1962, en Tanzania. Todo empezó de la manera más insospechada. Ningún motivo específico antecedió a un ataque de histeria que duró más de un año y que provocó la incapacidad “por risa” de casi un millar de personas. El 30 de enero de 1962, la escuela misionera para niñas de la aldea de Kanshasha, vivió un fenómeno que se inició como risa contagiosa. Que una niña empiece a reír por cualquier motivo en mitad de una clase y su carcajada contagie a sus compañeras, entra dentro de lo normal, pero que estas carcajadas se transmitan a individuos de la aldea en la que está situada la escuela y a las inmediaciones, se encuentra al menos dentro de lo extraño. Y esto es lo que ocurrió. Aquel confuso 30 de enero, tres compañeras de clase en plena adolescencia comenzaron a reír sin parar, al parecer sin motivo. . Pero extrañamente sus carcajadas “infectaron” a buena parte de la escuela, sin contacto unas con otras en el momento del “cachondeo”. Al punto de que al menos 95 de las 159 alumnas del colegio se contagiaron por esta epidemia, que de divertida pasó a ser preocupante, cuando la risa incontrolable se extendió durante días. Fue tal el escándalo, la incapacidad de concentración que generó entre las escolares, que apenas mes y medio después el colegio se vio obligado a cerrar las puertas. Algunas de las chicas residían en un pueblo cercano, Nshamba… Y pasados unos meses la risa se contagió también a él. Varias escuelas infantiles de las inmediaciones resultaron afectadas. Los afectados no podían explicar lo que les sucedía, se partían de risa… aunque no les apetecía reírse. Al menos, no tanto. Cerca de un millar de personas resultaron afectadas. Y no sólo con carcajadas. La histeria desatada, la constancia de la risa, llegó también a provocar desmayos, problemas respiratorios y llantos inconsolables… Y tal como llegó, se fue, sin más. Eso sí, en algunos casos tardó año y medio en desaparecer. No debe de hacer gracia estar riendo durante 18 meses. Los científicos creen que lo que se pudo producir durante aquellos meses fue un grave episodio de un fenómeno sociopsicológico habitual –aunque no con tal duración, cantidad de afectados e intensidad–, un episodio de comportamiento obsesivo-colectivo.

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