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¿Evidencias del más allá?

Jueves 22 de Diciembre, 2016
Sorprende observar la naturalidad con la que Paloma Navarrete habla de sus contactos con aquellos que ya se han marchado. Sí, sorprende, porque para cualquiera de nosotros sería de todo menos normal. Por eso resulta más creíble; por eso desde hace años forma parte del equipo de investigadores más veterano de nuestro país. Éste es uno de los muchos casos a los que se han enfrentado.

Era un caserón con pretensiones de palacio en las afueras de la ciudad. Hepta al completo había sido convocado para investigar los extraños sucesos que ocurrían entre sus muros. Era noche cerrada cuando llegamos a la casa y nos introdujeron en una serie de saloncitos, gabinetes comunicados entre sí, todos muy siglo XIX. Por fin, las chicas desembarcamos en las habitaciones donde íbamos a dormir y nos dispusimos a deshacer nuestras maletitas. En mi dormitorio había dos camas separadas por una mesilla situadas frente a un armario de luna.

Dejé el equipaje sobre una cama y en la otra, sobre un periódico, puse mis gafas. Saqué mi camisón y mi bata, y cuando me volví para recogerlas me llevé una desagradable sorpresa: la montura estaba rota, no me las podía poner. Llamé a mis compañeras, que estaban en la habitación contigua. –Mal empezamos –les dije–. Algo o alguien me comunica que no vamos a ver nada –y les enseñé las gafas rotas. De momento, lo que teníamos que hacer era dormir, pero antes decidimos poner unas grabadoras en lugares estratégicos. Una fue a parar debajo de los faldones de un niño Jesús situado en un gabinete y otra debajo de las faldas de una mesa camilla de un saloncito cercano. Quedamos en levantarnos prontísimo a la mañana siguiente, antes de que alguien del servicio descubriera nuestro espionaje esotérico.

Y así fue: a las siete de la mañana tres figuras femeninas en camisón y bata se movían sigilosamente por la casa en busca de resultados.

Recuperamos las grabadoras y sin perder un minuto nos dispusimos a escuchar. Oímos la voz de Piedad diciendo fecha, hora y lugar de la grabación, después nuestros pasos alejándose, luego un ruido de golpes en el micro y un cuchicheo y por último el clic del botón de grabación seguido de un silencio absoluto, aunque la cinta siguiera corriendo hasta el final. Las grabadoras habían sido desconectadas a los pocos minutos de abandonar nosotras el lugar y la desconexión de ambas se había producido simultáneamente. ¿Quién había sido el autor del sabotaje? En esa ala del caserón no vivía nadie más.

La matriarca de la familia estaba de viaje. Ninguno de los habitantes de la casa habría tenido tiempo de llegar hasta nuestro sector y desconectar los aparatos. Misterio.

El mensaje recibido se había quedado corto. No sólo no vimos nada sino que tampoco pudimos oírlo. La visita al palacio fue un auténtico fracaso.

UNA HISTORIA ROMÁNTICA
Menos mal que el viaje no acababa ahí. Continuamos hacia una pequeña ciudad de la montaña donde se levantaba desde el siglo XIV la casa madre de la familia en cuestión. El edificio había sido restaurado en distintas épocas y del original tan sólo quedaban los lóbregos subterráneos. Una leyenda familiar hablaba de un suculento tesoro enterrado en algún recóndito lugar de la parte más antigua del edificio, buscado pero nunca encontrado.

La casa se encontraba en un estado bastante lamentable, la pintura de las paredes desconchada, cascotes en algunas habitaciones, baldosas rotas, un desagradable olor a moho. Antes de lanzarnos a la aventura subterránea me instalé en el suelo de una estancia del primer piso frente a mi bola, por si acaso alguien del más allá deseaba comunicarse con nosotros, y a los pocos minutos vi a una señora joven subir presurosa la escalera de la mansión; venía de la calle tocada con una bonita capota que dejaba escapar unos rizos morenos.

Era una mujer de unos treinta años, cara graciosa, ojos grandes, un poquito saltones, y respiración agitada. La dama entró en la cocina, donde se encontraba una mujer trajinando con los cacharros, y hablaron entre ellas.

Parece que la de la capota es la señora de la casa, que se dirige a otra habitación donde se encuentra un señor unos veinte años mayor que ella, de expresión adusta, bigote y patillas, autoritario y vociferante. A ella se la ve un poco asustada. No oigo lo que dice, pero tiene toda la pinta de marido prepotente. Hasta ese momento la dama de la capota no me ha hecho el más mínimo caso. Es posible que lo que estoy viendo no sea más que la impregnación de escenas vividas en la casa cuando sus moradores del siglo XIX la habitaban. Yo sigo insistiendo.

Esa señora tan mona ha picado mi curiosidad y no desespero, sobre todo porque ella no parece muy feliz. El señor, por la manera de tratarla, no cabe duda de que es su marido. Aparece un nuevo personaje, un joven abate de ojos azules que saluda a la damita con un abrazo apasionado. En la bola se desarrolla una historia de amor. El cura quiere fugarse pero ella no se decide, su marido le da miedo, es agresivo, violento. Los jóvenes se aman y sufren. No se atreven a romper ese triángulo que los tiene atrapados sin remedio. La dama, sufriente, enferma, pero no de amor, sino de tuberculosis. Está febril y desesperada. Un médico la atiende, pero su enfermedad no tiene cura y, desgraciadamente, fallece asida a las manos de su amado, que ha acudido a darle asistencia espiritual. Sigo siendo testigo y narradora de esta triste historia de amores románticos ocurrida hace tantos años, pero ninguno de sus protagonistas se ha puesto en contacto directo conmigo hasta que, por fin, la dama de los ojos tristes acepta decir su nombre, Adelina C., esposa del administrador de las tierras de los dueños de la casa. No tenía hijos y su marido no la hacía feliz.

Su amor verdadero era Emanuel. Le pregunto por qué está aquí:

–Por amor.

–¿Sabes que estás muerta, que Emanuel está muerto?

–Sí, lo sé, pero lo busco aquí, él tiene que venir, nos amamos.

–¿Quieres que venga a buscarte?

–Sí, por favor, llámalo, a mí no me oye. Lo amo tanto…

Para cerrar esta historia con un merecido happy end invoco la presencia del amado, y ambos, cogidos de la mano, se van alejando lentamente.

Después, preguntamos al familiar de los dueños si el apellido C. ha estado ligado a la familia, y nos comenta que, en efecto, en el pasado tuvieron administradores de las tierras con ese apellido.

TÚNELES Y MAZMORRAS

El caserón estaba dando mucho juego y todavía quedaba terreno por explorar, entre otras cosas porque después de tantas peripecias todavía no teníamos noticias del tesoro que buscábamos.

Cambiamos de escenario y nos sumergimos en los subterráneos, auténticos pasadizos excavados en la piedra, sombríos y húmedos. Heladores. Ahí, en el suelo de tierra apisonada, coloqué la bola, y a la luz de unas linternas comenzó la sesión. No sólo hemos bajado escaleras, también hemos retrocedido en el tiempo unos cuantos siglos. Lorenzo y José Luis, que miden campos magnéticos y cruces de Hartmann entre exclamaciones de sorpresa; Sol y su barrido fotográfico; Piedi agarrada a su vídeo y yo asomada a mi bola, todos, nos encontramos instalados en el siglo XIV, año más año menos. En la primera ojeada a través del cristal veo que este primer subterráneo se sitúa sobre otro más antiguo parecido al que nos alberga. Hablo mientras observo la bola: “Debajo de esto hay otro segundo nivel con bóvedas, como éste”. En él hay pequeñas celdas donde se metía a los condenados desde arriba, se sellaba la entrada y hasta nunca; a esas celdas los franceses las llamaban oubliettes, del verbo oublier –“olvidar”–.

Hay muertos sin enterrar, emparedados no en una pared, sino en un agujero vertical. Esas galerías son muy antiguas, pueden ser del siglo XIII o del XIV, no lo sé, y están comunicadas con una iglesia. Además, aparece un personaje, una especie de fraile vestido con un ropón con capucha. Se ilumina con un hachón y se mueve por esa galería como dueño y señor del lugar. A este segundo sótano se accede también por otra entrada, desde otro edificio. No me extraña nada que el péndulo de Lorenzo gire enloquecido a la izquierda y su dueño grite sin parar “¡aquí hay huesos!”. Ese subterráneo está plagado de “cadáveres”. Vuelvo a concentrarme en la bola y continúo mi exploración arqueológica: “Luego hay otro espacio sobre ese subterráneo, también con cuevas y galerías, debe de ser éste donde nos encontramos, que ya no está relacionado con la iglesia, sino con gente seglar y ‘un poquito bestia’, porque aparece uno grande, gordo, rojo de cara, pero no vestido de militar, al frente de un grupo de gentes con acémilas, mulas cargadas con cestos y sacos; se ve una gran actividad de gentes cargando y descargando mercancías. Entran por el fondo de las galerías siempre de noche y salen por el mismo sitio también de noche. Entran muchos hombres a pie, bastante andrajosos. Cestos y sacos, pero en uno de esos sacos hay un hombre muerto, y a ese hombre se lo entierra aquí, el hombre grande lo hace.

Esta historia pertenece a un tiempo más cercano, puede ser el siglo XVIII, y tiene que ver con la gente que ha vivido en la casa”. Abandono la bola unos momentos para comentar con el grupo que tanta nocturnidad y tanto trasiego de hombres y mercancías tienen toda la pinta de haber sido un negocio poco legal.

–¿Y todos esos hombres desharrapados?

La pregunta queda en el aire.

Sin embargo, Lorenzo comenta:

–¿No ves algún negro? Porque el

origen de algunas grandes fortunas de esta zona fue el comercio de esclavos. No cabe duda de que la carga energética del lugar es muy fuerte y las huellas del pasado impresas en él nos han permitido asomarnos a acontecimientos remotos, pero la bola no da más de sí y decidimos cambiar de instrumento de trabajo para intentar establecer un contacto más directo con el encapuchado del subterráneo inferior. En esta ocasión la oui-ja nos trae a Guillermo, guardián de “santos enseres”. A la pregunta de si lo que custodia es un tesoro sacro, responde que sí.

–¿En qué año eras guardián?

–1324.

–¿Quién era entonces el señor de la plaza?

–Mi señor don Pedro.

A través de un trabajoso diálogo con Guillermo, pudimos enterarnos de que el tesoro estaba enterrado en un lugar muy profundo donde nadie lo encontraría, porque él era su único dueño. En vista de que hacía un frío terrible, de que Guillermo se había cerrado en banda y no estaba dispuesto a abandonar su tesoro y en nuestra ayuda no acudía ningún otro personaje dispuesto a hablar, dimos el caso por cerrado.

Por lo menos habíamos descubierto que la leyenda familiar de un tesoro enterrado en los subterráneos de la casa podía tener visos de verosimilitud. Al regresar a Madrid me dediqué a indagar en la historia de Aragón y me topé con la figura de Pedro de Aragón y de Anjou (1305-1381), infante de Aragón, conde de Ribagorza y de Ampurias.

Pero esa es otra historia. 

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