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Heilige Lance: La lanza del destino

Viernes 31 de Marzo, 2017
“Llegando a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le rompieron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó con su lanza el costado, y al instante salió sangre y agua. El que lo vio da testimonio, y éste es verdadero”.
Evangelio según San Juan, 19: 33-37
Lorenzo Fernández en busca de la Lanza de Longinos

A Cayo Casio Longinos le tocó una de esas papeletas por las que se pasa a formar parte de una historia, posiblemente la más grande de los últimos dos mil años. Por esas bromas que gastan los dioses, Longinos acabó dentro del grupo de traidores o mala gente en general que llenan las páginas de esa historia. Situémonos en un momento crucial de la vida del nazareno. El Hijo del Hombre ha sido crucificado y permanece retorciéndose de dolor, clavado en la cruz, a la espera de que el Padre lo libere de sus ataduras físicas y se lo lleve de este infierno terrenal. El dolor es terrible. Atado a la columna, Jesús ha llegado al límite, y lo ha traspasado.

Horas antes, antes de ser prendido, la tensión acumulada y el conocimiento de lo que se avecinaba hicieron que el nazareno comenzara a exudar sangre. No es un milagro más; es simplemente producto de un sufrimiento psicológico extremo; el estrés descomunal que hace que los capilares se rompan y las glándulas sudoríficas comiencen a expulsar el líquido sanguíneo. Después, más le hubiera valido haber muerto cuando el verdugo, con el terrible flaggelum, el látigo de cuero al que con crueldad se ataban bolas de metal y trozos de hueso animal para que a cada golpe desgarrara jirones completos de carne, le golpeó en casi ochenta ocasiones.

El reo, que no estaba para llevar muchas cuentas, sí tuvo que percibir que con él no se cumplía la ley judía, que advertía que como máximo eran 39 los latigazos a infringir. Y con Jesús doblaron la cifra. O más… Seguramente estaríamos ante un hombre deshecho, con la espina dorsal al descubierto, las venas y músculos colgando de espalda, nalgas y extremidades, con el cuerpo incapaz de sostenerse, y víctima de una conmoción hipovolémica, que anunciaba la llegada inminente de un fallo multiorgánico. Y aún así, las sagradas escrituras aseguran que se repuso; que logró caminar. Y como el castigo parecía poco le colocaron sobre la cabeza, como rey que era, no una corona sino un casco de espinas, que se clavaron en las pocas partes en las que el látigo no había hecho bien su trabajo.

Segundos después le tiraron sobre la espalda el patibulum, el madero horizontal que habrían de colocar sobre aquel que permanecía erecto en el monte del Calvario. Más adelante, insultado por el pueblo,, cayó al suelo y un legionario ordenó a un hombre llamado Simón que lo ayudara a llevar la pesada carga. Llegaron a la cima, y allí, clavos de cuatro caras y 16 centímetros atravesaron las muñecas por el nervio mediano, provocando un dolor extremo en el ajusticiado, que a partir de esos momentos, una vez fue subido a la cruz y sus pies clavados al madero, Jesús, con los huesos dislocados y los nervios triturados tuvo que hacer un esfuerzo titánico para respirar, ya que en esa posición el aire no ventilaba sus pulmones.

Al cabo de los minutos, si los condenados no fallecían, los legionarios procedían a partirles las piernas para evitar que apoyaran las extremidades en el madero inferior, y que de esta forma pudiesen respirar. Pero con Jesús no hizo falta. Tras alzar la cabeza, al menos eso cuentan las Escrituras, gritó: “Elih, Elih… lama sabactaní” –“Padre, Padre… por qué me han abandonado”–, dirigió la mirada a su madre, y tras susurrar que ya estaba todo consumado, murió.

Segundos después Cayo Casio Longinos se aproximó a los pies de la cruz, y atravesó el costado de Cristo con una lanza. La sorpresa fue extraordinaria, cuando empezó a brotar un líquido similar al agua, que golpeó su rostro, y a continuación sangró copiosamente.

Por eso Longinos hoy es santo; porque estando casi ciego, al recibir el sifón de líquido recobró de nuevo la vista perdida, y se convirtió al cristianismo La lanza se convirtió a partir de aquel momento en uno de los objetos sagrados más importantes, y más perseguidos.

Y COMENZÓ LA BÚSQUEDA…
Mil novecientos diez años después, un joven pintor malvivía en la calles de Viena, intentando vender su obra, unas acuarelas de poca calidad. El poco interés que despertaba su arte y el frío en las calles, hizo que nuestro protagonista pasara muchas horas recorriendo los salones del palacio Hofburg. Allí se encontraba el museo que recogía las piezas de la colección de la familia Habsburgo, las conocidas como “insignias”, un tesoro de incalculable valor entre cuyas piezas, una hizo que la imaginación del muchacho se desbordara. Porque aquella punta de metal, con el extremo inferior cosido era, según anunciaba el cartel, la misma que utilizó Longinos para atravesar el costado de Jesús. Y aquel desarrapadollegó a la conclusión de que ese objeto estaba revestido por el poder de aquel cuya carne atravesó. Y ese poder, haría de su dueño un ser igualmente poderoso.

En ese instante supo que aquella lanza, algún día, sería suya. Años después, aquel hombre aseguraría que al observar la Lanza, supo “de inmediato que era un momento importante de mi vida. Y sin embargo, no podía adivinar por qué un símbolo cristiano me causaba semejante impresión. Parecía poseer cierto significado oculto que se me escapaba, un significado que de algún modo ya conocía, pero que no podía reconocer conscientemente”. Aquel muchacho se llamaba Adolf Hitler.

HITLER Y LA LANZA HOFBURG
“Aquel que posea la Santa Lanza podrá levantar poderosos imperios”, aseguraba la leyenda. Y hubo quien decidió hacer su propia interpretación de esa misma leyenda.

Sea como fuere, las crónicas del pasado afirmaban que poderosos gobernantes alcanzaron su estatus tras lograr los favores de la Lanza.

Lanza que al parecer, obliga a quienes la poseen a que no la pierdan jamás. De lo contrario, sus días estarán contados. Esa es la maldición que guarda. Y al parecer, ejemplos, los hay. Veamos.

El primero en poseer la Santa Lanza fue el emperador del Sacro Imperio Romano Constantino que en el siglo IV la usó como talismán en muchas batallas, al punto de que incluso mandó grabar dicho símbolo en los pendones imperiales. Los siglos pasaron, los custodios también. Ya en el siglo IX, Carlomagno hizo lo imposible porque cayera en sus manos, y a partir de entonces las victorias se contaron por decenas. Pero la alegría se tornó en tragedia cuando en la última de sus campañas el objeto cayó a las aguas de un río, y la buenaventura dejaba al gran conquistador que sufría la maldición y moría cuando nadie, ni siquiera los astrólogos que lo acompañaban, lo auguraban.

El poderoso talismán pasó por manos de ilustres como Enrique el Pajarero, cuya familia mantuvo la Lanza durante más de quinientos años, Federico Barbarroja o, cómo no, los caballeros de la Orden del Temple. Poder y tragedia fueron de la mano hasta la llegada del siglo XX, momento en el que nos habíamos quedado con un extasiado Adolf Hitler. Él no la dejaría escapar. Porque tal y como afirmó tiempo después el periodista Trevor Ravenscroft, “el descubrimiento más importante que hizo el joven Hitler mientras estudiaba la historia de la Lanza del Destino fue que había sido la inspiración para la fundación de los caballeros teutones, cuyas acciones caballerescas y valientes y cuyos votos irreversibles y disciplina ascética habían constituido la esencia misma de sus sueños infantiles”. Pues eso, una locura.

Comenzaba a forjarse la idea de un Reich de mil años sustentado en la sangre de quienes se atreviesen a combatirlo. El poder estaba en su manos.

A nadie extrañó, no al menos a su círculo de iluminados, que cuando en 1938 Alemania se anexionó amigablemente la tierra de nacimiento del Führer, es decir, Austria, la primera orden que saliese de su boca fuese que trasladaran la sagrada reliquia –junto con el resto del tesoro de los Habsburgo–, del museo del palacio de Hofburg a una ubicación más próxima a él: primero el Museo de la Guerra de Nüremberg, y después a la cripta de dicho edificio, la de Santa Catalina, que ya poseía una larga tradición esotérica detrás. Sobre este extremo aseguraba mi querido amigo, el desaparecido director y presentador del espacio La Rosa de los Vientos en Onda Cero, Juan Antonio Cebrián, en su libro Enigma, que Hitler “se sacó de la manga un decreto especial del emperador Segismundo, el cual afirmaba en el siglo XV que era ‘la voluntad de Dios’ que la Santa Lanza de Longinos, la corona, el cetro y la esfera de la dinastía germánica nunca abandonaran el suelo de la patria.

La preciada Heilige Lance quedó expuesta en el museo de la guerra que Hitler hizo instalar en la cripta de Santa Catalina, lugar emblemático donde habían tenido lugar las famosas ‘batallas de la canción’ de los maestros cantores de Nüremberg de la Edad Media.

Lo curioso es que esta ubicación se debió a una inspiración que tuvo Hitler en trance, afirmando que le había sido revelado que la Lanza del Destino debería yacer en la antigua nave de esta iglesia, construida como un convento en el siglo XIII. El objetivo principal de este museo es que sirviera para exhibir el fabuloso botín acumulado en sus batallas victoriosas por el mundo. La reliquia fue vigilada por un grupo de hombres de las SS”. Al principio, sólo los miembros de la sociedad hermética de Thule pudieron contemplar la Santa Lanza. Pero ya estaba allí, y uno de los privilegiados que pudo contemplarla fue a su vez uno de los principales ideólogos del régimen, Karl Haushofer, que no tardaría en intuir que detrás de aquel objeto se encontraba el primer ladrillo de un plan aterrador: conquistar el mundo. Y dio comienzo la hecatombe. En el mes de marzo de 1939 Hitler dio comienzo a su estrategia de Guerra Relámpago, e invadió Checoslovaquia. En el mes de septiembre le tocaría a Polonia. Y así fueron cayendo las defensas de los diferentes países europeos. Y detrás de la estrategia militar, Hitler observaba la Lanza del Destino, convencido de que ahora sí había llegado su momento.

SE CONSUMA LA MALDICIÓN
Pero todo en esta vida es efímero. Otro de los “avatares” del Reich de los mil años, a la sazón el segundo hombre más importante del nazismo, Heinrich Himmler, reservó un lugar a la Lanza en su castillo de Wewelsburg, que hacía las veces de cuartel general de la terrible Orden Negra –otra denominación para las SS–. Primero, porque aquel castillo perteneció al fundador de la casa de Sajonia, Enrique el Pajarero, del que Himmler creía ser su reencarnación; y segundo, porque la casa de Sajonia custodió durante cinco siglos la reliquia, así es que lo lógico era que ésta volviese a su legítimo dueño. Y para eso habilitó un lugar de privilegio en este auténtico templo del esoterismo, destinado a albergar todos los objetos de poder que recayeran en Alemania.

Pero el final de esta historia estuvo en cierto modo ligado a la maldición. Contaba el citado Cebrián que “después de los intensos bombardeos aliados del 13 de octubre de 1944, una de las bombas destruyó la casa donde estaba la entrada secreta del túnel, dejando las puertas blindadas al descubierto.

Hitler ordenó que la Lanza, junto con las piezas más importantes del tesoro de los Habsburgo, fuera trasladada a los sótanos de una escuela en Panier Platz.

Este traslado se realizó el 30 de marzo de 1945, con tanta prisa que los soldados confundieron la Santa Lanza, con otra reliquia denominada Espada de san Mauricio, de tal manera que pusieron a salvo la espada en el nuevo escondite bajo la plaza de Panier, y dejaron la Lanza en su primitiva ubicación. Un mes después, el Séptimo Ejército norteamericano había rodeado la antigua ciudad de Nüremberg. Hasta que el 20 de abril de 1945, la bandera americana fue izada sobre las ruinas. La compañía C del tercer regimiento del gobierno militar fue enviada a Nüremberg en busca del tesoro de los Habsburgo. Los nazis habían divulgado el rumor de que todas las piezas del tesoro habían sido arrojadas al fondo del lago Zell, cerca de Salzburgo. No se lo creyeron. La bomba que había volado la casa donde estaba la entrada secreta del túnel, caída seis meses antes, posibilitó que dejara a la vista la bóveda. El teniente Horn, al mando de la compañía, logró entrar en la cámara subterránea y allí pudo ver, sobre un altar , un lecho de terciopelo rojo, y encima de él la legendaria Lanza de Longinos en su estuche de cuero. Alargó el brazo y la cogió entre sus manos. Lo que el teniente Horn estaba realizando ese 30 de abril de 1945 era el cambio de dueño de la Lanza del Destino, un cambio que acarreaba la muerte de su anterior poseedor”. Mientras esta escena se desarrollaba, Adolf Hitler cogió esa misma tarde la pistola que acabaría con su vida y la de su esposa, Eva Braun. Junto a él, Goebbels y su familia hacían lo propio. Y a Lanza de Longinos acabó expuesta en el lugar donde Hitler la contempló por vez primera: el museo del palacio de Hofburg en Viena, a expensas de que un loco o un iluminado decida utilizar todo su poder… 

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