Se encuentra usted aquí

Hitler: En busca de la eternidad

Jueves 05 de Enero, 2017
A 70 años del suicidio de Adolf Hitler, penetramos en el círculo íntimo del genocida alemán para descubrir cuál fue la razón por la que creyó ser un elegido, quiénes fueron sus maestros “ocultos” y qué le movió a desencadenar la guerra total
Óscar Herradón

Los oficiales que custodiaban la puerta oyeron un disparo, seco e instantáneo como un trueno, seguido de un silencio cortante, incrementado por el ambiente enrarecido y claustrofóbico que se respiraba en aquella fortaleza subterránea. Tras dejar pasar unos quince minutos, como tenían acordado con su líder, abrieron la puerta con llave y se encontraron a ambos sin vida. Ella, sobre el sofá estampado, él, a su lado, con una Walter PPK todavía humeante en su mano derecha, con la que se había descerrajado un tiro en la cabeza.

En el suelo había desparramadas varias cápsulas de cianuro, la vía de escape más rápida y efectiva para que aquellos verdugos escaparan de la justicia…

El 30 de abril se cumplió el 70 aniversario del suicidio de uno de los mayores criminales de la historia, Adolf Hitler, y todavía hoy, tantos años después de que, según la versión oficial, el líder nazi se disparara en el búnker de Berlín, son muchos los interrogantes acerca de su figura y los hechos que rodearon a sus últimas horas de vida. También son numerosos los claroscuros sobre sus delirantes creencias, el nivel real de influencia del ocultismo en el ideario nazi y la razón por la que a principios de los años 20 un grupo de apenas unos miles de exaltados consiguió convertirse en una apisonadora política en Alemania, convencer a millones de fervientes seguidores y alzarse con el poder hasta llevar a Occidente a un abismo bélico que sería descrito por Göebbels como “la guerra total”.

Quizá la razón última descanse en el fuerte vínculo del NSDAP con el esoterismo y lo oculto. A estas alturas, negar que el movimiento de la esvástica tenía una fuerte influencia mística y que algunos de sus dirigentes, empezando por su líder supremo, se creían una suerte de elegidos destinados a realizar una epopeya de ecos wagnerianos, sería negar la evidencia.

Aquello les hacía creerse moralmente superiores a sus enemigos, y los convertía en implacables, eximiendo en su depravada forma de ver la realidad sus culpas y crímenes, por execrables que fueran. Y a esos cimientos místicos sobre los que descansa el ideario racial nazi debería prestársele más atención, porque en ellos subyace, quizá, parte de la explicación a la masacre de ecos apocalípticos que provocaron.

HITLER, EL “ELEGIDO”
La visión mesiánica de Adolf Hitler sobre su papel al frente del pueblo alemán, fue fundamental en la concepción nazi del poder. Se le rendía un culto cuasi divino. Con el tiempo, el antiguo cabo, que llegaría a decir que aborrecía los halagos –una falsa modestia que no se creía ni él mismo–, se había convertido en la nueva “deidad” de los arios –concepción racial distorsionada de las sagas mitológicas–, y su busto, su efigie o su retrato, en ocasiones ataviado de nuevo Sigfrido, presidía todo despacho de los inmensos territorios del Reich.

Pero qué duda cabe que Hitler, un joven descontento con la sociedad, un austríaco que renegó de su país natal para cantar las glorias del pueblo alemán –esquivando el servicio militar obligatorio–, ex soldado de bajo rango que quiso pintar paisajes y diseñar monumentos y también en esto fracasó, no habría pasado de la noche a la mañana a erigirse en líder del NSAP sin una serie de circunstancias muy concretas; tampoco sin la influencia de ciertos personajes que duermen el sueño del olvido, eclipsados por la popularidad de otros mandamases del régimen como Goebbels, Göring, Himmler o Hess.

Desde sus años de adolescencia, Hitler ya se caracterizó por una concepción providencial de su propio destino. Así lo narraría su amigo de juventud, August Kubizek, en sus memorias, donde apuntaba que un buen día, tras salir de visionar la ópera Rienzi, de su admirado Wagner, en Viena, el austríaco sufrió una transformación cuasi mística, cuando, con la mirada encendida, le espetó a su compañero que un buen día recibiría un mandato del pueblo para sacarlo de la servidumbre y llevarlo “a las más altas cotas de libertad”. Años después, en las trincheras de la Primera Guerra Mundial, solía señalar a sus compañeros de batallón que tenía una trascendente misión que cumplir.

Tras quedar temporalmente ciego a causa del gas mostaza el 16 de octubre de 1918, el cabo Hitler fue ingresado en el hospital de Pasewalk, en Pomerania. Allí recibió la noticia del armisticio firmado el 11 de noviembre y sufrió una especie de shock. Años después diría que, al quitarse la venda que cubría sus ojos, supo que debía dedicarse por completo a la política para frenar “a los enemigos de Alemania”.

Y aunque no se le haya prestado la debida atención, fue fundamental en él la influencia de un personaje que ha pasado casi de puntillas por la historia, un individuo contradictorio y visceral que podríamos considerar el mentor ideológico del Führer: Dietrich Eckart. El maestro “oculto” de aquel que pasó prácticamente de la indigencia en la Viena de principios del siglo XX a convertirse apenas unas décadas después en el líder más implacable de su tiempo. En un marco, eso sí, propicio para ello: el de los estragos de la derrota en la Gran Guerra y el Tratado de Versalles, y la feroz crisis económica que había convertido en famélicos ciudadanos a los otrora orgullosos habitantes del desmoronado Imperio Austrohúngaro.

EL MENTOR OCULTO DEL FÜHRER
Dietrich Eckart había nacido en Neumarkt, Alto Palatinado, el 23 de marzo de 1868. Era hijo de un notario evangélico y había cursado estudios de Medicina. Después trabajó como periodista viajando a Leipzig para recibir una herencia familiar y más tarde a Ratisbona. En 1899, se trasladó a Berlín, donde comenzó a desarrollar su carrera como dramaturgo.

Más tarde marchó a Múnich, entrando en 1913 en contacto con la Sociedad Thule. Entonces ya hacía gala de un marcado nacionalismo y antisemitismo, publicando artículos en medios de extrema derecha. En 1918 fundó una publicación periódica a la que dio el nombre de Auf gut deutsch En buen alemán con una línea editorial similar a otras revistas antisemitas.

Pues bien, este “genio excéntrico”, como lo define el referente de la historia heterodoxa nazi Peter Levenda, alentado por sus colegas de Thule, acudió a uno de los mítines del recién nacido Partido de los Trabajadores Alemanes –DAP–, y quedó cautivado, como Anton Drexler, con la mirada salvaje e hipnótica del fanático Adolf Hitler.

Está demostrado que si bien Hitler no se adentró en los temas ocultos como el Reichsführer-SS, el general Ludendorff o Rudolf Hess, lo cierto es que sí mostró un evidente interés por el ocultismo. Como ávido lector que era, su biblioteca de Berchtesgaden, descubierta en una mina de sal después de la guerra, y confiscada por los aliados, contenía muchos volúmenes sobre dicha materia. Levenda apunta que Eckart era un ocultista, familiarizado además con los postulados de Thule y con la teoría de la Cosmogonía Glacial del excéntrico profesor Hans Hörbiger. De ingenio punzante y elocuente sarcasmo, antisemita rabioso, había sido drogadicto y también paciente de un sanatorio mental.

Hay autores que han llegado a afirmar que Hitler y Eckart asistieron a sesiones en las cuales se observaban ¡formas ectoplásmicas fantasmales!, en un tiempo en el que gozaba de gran popularidad el espiritismo, aunque, como era de esperar, no existen evidencias de tales reuniones, lo que parecen ser, una vez más, fantasías de escritores varios, al igual que esos “Superiores Desconocidos” que algunos crédulos consideran los maestros iniciados y ascendidos del Führer, en la línea de lo promulgado entonces por la teosofía.

En un artículo publicado apenas un año después de su muerte, Alfred Rosenberg señalaba que Eckart había profundizado en el conocimiento de la antigua India y estaba versado en los conceptos de Maya y Atman, así como en la poesía de Goethe y la filosofía de Schopenhauer y Angelus Silesius, uno de los más importantes poetas místicos germanos del siglo XVII, aunque es difícil aseverar en qué creía realmente un fanático de su especie.

Pero lo más importante en relación a Eckart es que estaba convencido de la inminente llegada de un Nuevo Orden Mundial, bajo el gobierno de un gran líder; confiaba en una especie de Advenimiento y creyó ver en el fanático Adolf Hitler la figura del Elegido. En los últimos tres años de su vida fue una compañía constante del antiguo cabo y la persona que probablemente lo presentó en los círculos apropiados, preparando a su discípulo para el papel que más tarde desempeñaría. Existen evidencias de que fue el poeta racista quien contribuyó a facilitar la financiación del Partido Nazi por parte de industriales europeos y estadou nidenses, e influiría en la composición del programa de 25 puntos del NSDAP que Hitler esgrimiría como su bandera política. Dietrich mantuvo entrevistas con representantes del magnate norteamericano Henry Ford entre los años 1920 y 1921, furibundo antisemita que había escrito El Judío Internacional, texto de cabecera del propio Führer. Dietrich se convirtió en el primer redactor jefe del Völkischer Beobachter, el periódico oficial del Partido –que había pertenecido al barón Sebottendorff, líder de Thule, bajo el nombre de Münchener Beocachter– hasta su muerte, a causa de complicaciones cardíacas, el 26 de diciembre de 1923, tras haber estado en prisión preventiva por apoyar el Putsch de Múnich.

La influencia del personaje en Hitler quizá se haya minimizado debido a que existe documentación insuficiente sobre la relación que mantuvieron.

No obstante, teniendo en cuenta que el líder nazi no pecaba precisamente de humilde, debió ser notable cuando decidió dedicarle la frase final de su testamento político, Mi Lucha: “Quiero citar también al hombre que, como uno de los mejores, consagró su vida a la poesía, a la idea y por último a la acción, al resurgimiento del pueblo suyo y nuestro: Dietrich Eckart”. Por su parte, Eckart, poco antes de su muerte, se refirió a su pupilo con unas palabras cuasi visionarias: “Seguid a Hitler. Él bailará, pero yo he compuesto la música. Le hemos dado los medios de comunicarse con ellos… No me lloréis: yo habré influido en la Historia más que ningún alemán…”.

En diciembre de 1923, se publicaba de forma póstuma precisamente un ensayo inacabado de éste en forma de diálogo en el que se atisban claras reminiscencias a Los Protocolos de los Sabios de Sión o de El Judío Internacional, que había estado preparando en Berchtesgaden durante el tiempo de su exilio forzoso tras haber publicado un artículo injurioso contra el primer presidente de la República de Weimar, Friedrich Ebert. El título era El bolchevismo de Moisés a Lenin. Un diálogo entre Hitler y yo. Además, fue el autor de la canción de asalto de las SA, el himno Sturmlied, y el primero en utilizar la expresión Deutschland Erwache! –¡Alemania, despierta!–, grito de guerra del NSDAP. El mismo año del Putsch muniqués Eckart pasaba a mejor vida y Hitler ingresaba en la prisión de Landsberg, de la que saldría en apenas nueve meses a pesar de haber cometido alta traición. Una década más tarde se convertía en Canciller de Alemania, en el gran líder que había pronosticado su mentor, dando el pistoletazo de salida a uno de los periodos más oscuros de la humanidad. 

Otros artículos de:

Añadir nuevo comentario