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¡Investigación! Las esclavas del vudú

Martes 20 de Enero, 2015
En España existen más de 400.000 mujeres obligadas a ejercer la prostitución. Más el 90% extranjeras traficadas por mafias. Un alto porcentaje de ellas, de origen sub-sahariano, son víctimas de rituales de brujería como arma de coacción por los traficantes. El periodista Antonio Salas lo vivió en primera persona. Infiltrado en las mafias de trata de blancas, armado con una cámara oculta, vio y grabó esos rituales, y sus grabaciones sirvieron para desarticular alguna de esas mafias del vudú que operaban en España. Este es su testimonio en primera persona.

El 3 de febrero de 2014 ExtraConfidencial.com rescataba del olvido uno de los asesinatos no resueltos de la historia criminal española. En febrero de 1999 el cadáver de una mujer de raza negra era descubierto por un pastor en un barranco de El Molar, al norte de Madrid. Unos 25 años, 1,60 de estatura, sin documentación…

Según el informe de autopsia la causa de la muerte era estrangulamiento. El autor arrojó su cuerpo al barranco conocido como Jardín del Patatero, como si fuese una bolsa de basura. Ni siquiera se molestó en ocultarlo. Pero los forenses descubrieron algo más. La joven  tenía, a la altura del esternón, cicatrices de un ritual tribal nigeriano. Y una concha sujeta con un imperdible en su sujetador. Un fetiche de protección que utilizan muchas prostitutas nigerianas traficadas por las mafias. Los agentes de la Guardia Civil responsables de la investigación tenían una pista…

Hoy ese cadáver tiene nombre. Helen Jhon. Nacida en 1975. Sus huellas digitales, aparecen en el impreso presentado en octubre de 1998 en la Oficina de Asilo. Aquella fría tarde de febrero, hace ahora 15 años, ejercía la prostitución, como muchas compatriotas, en la plaza de Cuzco. No muy lejos del Parque del Oeste.  Sus compañeras la recuerdan subiendo al coche de un cliente. Noventa horas después su cadáver aparecía en el Jardín del Patatero. Todavía se desconoce la identidad del asesino…

Mi último libro, “Operación Princesa”, comienza con otro caso muy similar. Uno de los que más me ha impresionado en toda mi carrera como periodista. El asesinato de Edith Napoleón. Una joven prostituta nigeriana cuyo cadáver apareció descuartizado y desperdigado en varios contenedores de basuras de Boadilla del Monte (Madrid), el 23 de agosto de 2003. Pero en esta ocasión la UCO de la Guardia Civil tuvo más suerte. En tiempo record un respetado empresario, José Luis Pérez-Carrillo, “el Descuartizador de Boadilla”, fue detenido y condenado. Helen Jhon y Edith Napoleón tenían mucho en común. Ambas eran chicas jóvenes, ambas fueron asesinadas por puteros, ambas llegaron a España traficadas, como ganada, por mafias de crimen organizado… y ambas tenían un pánico irracional a la brujería. Y ese miedo quizás les costó la vida.

El pasado 13 de diciembre de 2013, la policía española ejecutaba la última operación contra una red de crimen organizado que captaba jóvenes nigerianas, como Helen o Edith, para traficarlas a España como esclavas sexuales. Seis jóvenes, entre ellas una menor de edad, fueron liberadas. La investigación había comenzado en abril, y en el momento del operativo policial fueron detenidos seis presuntos responsables de la red. En el registro del domicilio donde permanecían las jóvenes, obligadas a ejercer la prostitución en el Polígono Marconi de Madrid, fueron descubiertos fetiches y elementos de vudú. Eran el elemento de presión psicológica con que las jóvenes eran obligadas a prostituirse.

Fetiches y altares de brujería muy similares fueron descubiertos, dos meses antes (octubre de 2013) en Vigo. Cuando agentes del Cuerpo Nacional de Policía detenían a tres implicados en otra mafia nigeriana dedicada al tráfico y explotación sexual de mujeres. Y también en mayo de 2013, en Gran Canaria, donde siete traficantes nigerianos más fueron detenidos, utilizando los mismos rituales. Y en marzo de 2013, en Málaga, con 18 implicados en el tráfico y explotación sexual, utilizando el vudú, de docenas de jóvenes nigerianas obligadas a prostituirse en Córdoba, Sevilla, Murcia, Barcelona, etc. La lista es interminable…

 

INFILTRADO

Cuando decidí realizar un reportaje sobre la trata de blancas, utilizando el formato de cámara oculta, no sabía nada sobre la prostitución ni sobre el vudú al servicio del crimen organizado. Empecé de cero, como siempre, acudiendo a ONGs dedicadas a ayudar a mujeres postituidas, asistiendo a cursos, congresos y seminarios sobre prostitución, y pidiendo consejo a la policía. Recuerdo perfectamente mi primera visita a la UCRIF (Unidad Contra Redes de Inmigración y Falsedades documentales) en su central de la calle General Pardiñas. Un buen amigo, destinado en esa unidad, sonrió condescendiente cuando le confesé mi intención de infiltrarme en las mafias de trata de blancas, con una cámara oculta.

Cuando salí de allí tenía algunas pistas para comenzar la investigación. La principal era el nombre de un colaborador. Un tipo extraño que durante las últimas décadas ha trabajado para el Ministerio del Interior y para el CNI (el servicio de inteligencia español). Aquel “espía” utilizaba el nombre en clave de Jhon Osaro, y yo me limité a castellanizarlo para referirme a él en mis libros “El año que trafiqué con mujeres” y “El Palestino” como “Agente Juan”. Hoy puedo utilizar su nombre real, David R. Vidal, ya que hace pocas semanas acaba de publicar su primer libro “Diario de un Espía” (Ediciones Cúpula), narrando en primera persona alguno de los episodios que hemos protagonizado juntos.

David resultó ser una valiosa fuente de información. Él si conocía perfectamente el funcionamiento de las mafias nigerianas, y el uso de la brujería como instrumento de coacción psicológica. Había viajado a Nigeria para reclutar informadores dispuestos a “espiar” para los servicios de información españoles, tejiendo una tupida red de colaboradores en diferentes países africanos. David, Jhon Osaro, el “Agente Juan”, se convirtió en mi mentor.

 

Con él visité, por primera vez en mi vida, burdeles, prostíbulos y lupanares por media España. Conocí a prostitutas, puteros y proxenetas, y construí a mi personaje: Tony, el propietario de dos burdeles de lujo en Marbella y Bilbao, interesado en comprar prostitutas para sus locales… Pero ni siquiera entonces podía sospechar hasta que punto la brujería y el vudú están presentes en las mafias de crimen organizado. Más allá, incluso, de la trata de blancas…

 

VUDU AL SERVICIO DE LAS MAFIAS

En verano de 2003 fuentes de la Delegación del Gobierno en Ceuta, emitieron un insólito comunicado. Los responsables del servicio de vigilancia aduanera de la Guardia Civil, y efectivos policiales de la lucha contra el narcotráfico, habían descubierto en algunas partidas de droga un escrito en papel en forma de rombo rellenado con letras árabes por el centro y en las cuatro aristas del rombo. Se trataba de una protección mágica encargada a los marabús y a los hechiceros islámicos que colaboran con las mafias, con objeto de proteger esos envíos de droga desde su salida en Marruecos hasta su destino, preferentemente países como Holanda o Italia a través de España.

Puede parecer una noticia absurda, pero no lo es si analizamos quienes son los “operarios”, es decir, la mano de obra de estas mafias. La mayoría son personas reclutadas en los poblados africanos que carecen de una formación cultural superior o que, poseyéndola, no han prescindido de las tradiciones religiosas y culturales que han aprendido desde niños.

Tanto en la cultura rural islámica como, por supuesto en el animismo africano, la presencia de lo sobrenatural y mágico es constante. Tanto en países musulmanes como Marruecos, Mauritania, Argel, etc, como en toda el África negra, adivinos, hechiceros, brujos y curanderos tienen un enorme peso social. Por eso no es extraño que los responsables de las mafias del narcotráfico “blinden” sus fardos de drogas con todo tipo de amuletos, sortilegios y maldiciones que pudiesen atemorizar a cualquier curioso que, durante el trayecto recorrido por la cocaína, opio o hachís, desde África a Europa, pudiese acceder accidentalmente a “la mercancía”.

Al mismo tiempo se supone que esos sortilegios, realizados por un marabú musulmán, en el caso de las mafias islámicas, o un hechicero animista, en el caso de las mafias subsaharianas, tiene el poder de proteger a los traficantes de la policía y la guardia civil, a su llegada a Europa a través de Ceuta y Melilla, o de Canarias desde la costa de Mauritania.

Por supuesto esta función es solo una de las que conocí durante mi infiltración en el mundo de las mafias. Sin duda existe otra dimensión mucho más terrorífica y siniestra del vudú, en relación al crimen organizado.

Se trata de algo mucho más cruel y despiadado. Algo que, según todos los libros de historia que se imparten en los actuales modelos escolares, dejó de existir en 1880: el tráfico de esclavos. Pero esos libros de historia mienten. El tráfico de esclavos continúa existiendo en la civilizada, moderna y cosmopolita Europa del siglo XXI. Lo sé porque yo me dedique a comprar y vender esclavos durante mi infiltración. Esclavos sexuales.

Y es que la mayoría del medio millón de mujeres que ejercen la prostitución en España, inmigrantes dominicanas, colombianas, senegalesas, brasileñas, marroquíes, nigerianas, etc, provienen de las mismas clases sociales, humildes y sin estudios, que sus traficantes. Y por tanto comparten sus creencias y supersticiones. Por eso muchas de ellas terminan acudiendo a videntes sin escrúpulos, que las estafan grandes sumas de dinero, a cambio de absurdos “trabajitos” de magia, en los que esas prostitutas buscan un poco de esperanza en una vida mejor.

Durante mi infiltración conocí miles de historias increíbles en este sentido. Como la de Vera, una “meiga” viguesa que ha conseguido reunir en torno a ella una especie de secta, compuesta solo por prostitutas, a las que estafa el poco dinero que les dejan las mafias, con amuletos y rituales estúpidos.

 

Todas ellas portan, como distintivo de su pertenencia al “círculo de Vera”, un medallón con una estrella de seis puntas, que yo mismo pude fotografiar tras conocer y entablar amistad con muchas de esas prostitutas.

 

Además, llegué a hacerme pasar por trabajador de una famosa cadena de tiendas de santería, “La Milagrosa”, en Madrid, donde conocería  a muchas prostitutas africanas que acuden a los brujos en busca de ayuda contra los hechizos a los que las someten sus mafiosos. Incluso participé como ayudante del brujo, en rituales de protección para esas prostitutas africanas. Así pude empezar a intuir cual es el secreto del éxito de las mafias africanas.

Todos los traficantes de mujeres utilizan el terror como herramienta habitual. Una prostituta trabaja mejor cuanto más aterrorizada está. Los mafiosos rusos, colombianos, rumanos, o ucranianos propinan palizas, realizan violaciones colectivas, o someten a sus chicas al “paseillo” (llevarlas a un descampado, ponerles una pistola en la cabeza y apretar el gatillo… lógicamente con el cargador vacío). Pero las mafias africanas pueden tener a sus chicas trabajando en la Via Benetto de Roma, en la Casa de Campo de Madrid, o en el Bosque de Bologne de Paris, mientras los traficantes disfrutan de su dinero a miles de kilómetros. ¿Cómo es posible ese control a distancia? ¿A que pueden temer tanto las chicas como para entregar el dinero que recaudan, y no acudir a la policía, aunque sus chulos estén en otro país? El vudú.

Cuando los traficantes decidimos traer a un grupo de jóvenes africanas para ser prostituidas en Europa, estas asumen una deuda que puede oscilar entre los 4 y 8 millones de antiguas pesetas. Además de firmar unos contratos aberrantes, en las que ponen como garantía de que nos pagarán esa deuda su propia vida y la de sus familias, son conducidas al brujo de la tribu para sellar un pacto mágico. Se trata de terroríficos rituales de vudú consistentes en la elaboración de un fetiche, llamado “body”, con vello púbico, sangre, uñas, pelo o piel de las chicas traficadas, elaborado durante una ceremonia efectuada por el brujo de la tribu. El brujo entrega el “body” al mafioso, que desde ese momento poseera el alma de la joven, obligándola de esta forma a pagar la deuda millonaria. Una vez en el país de destino, como España, se realizan nuevos rituales mágicos para renovar ese terror. E incluso es posible vender a esas chicas a terceras personas, a propietarios de burdeles, o a otras mafias, una vez en el viejo continente. Lo sé porque yo mismo compre a una de ellas, en Murcia.

 

ESCLAVAS DEL VUDU

Debo decir que conocí a Loveth en un burdel del norte, gracias a la ONG Alecrín. Loveth, es una adolescente nigeriana traficada por las mafias subsaharianas para ejercer la prostitución en la Casa de Campo de Madrid, con solo 16 años. Ella fue la primera en hablarme de Susy.

Susy era otra nigerina que había llegado a España, tras un infernal viaje de un año, atravesando el desierto del Sahara en un éxodo atroz, de la mano de su traficante. Después de una brutal experiencia en los campos de refugiados, prostituyéndose por un trozo de pan durante ocho meses, y tras quedarse embarazada, consiguió plaza en una patera para alcanzar las costas de Algeciras. Justo al pisar suelo español, y no antes, dio a luz. Susy quería que su hijo fuese español. Como inmigrante ilegal, pero madre reciente, la Guardia Civil ingresó a Susy en una casa de acogida, hasta que un día se presentó un compatriota enorme, ataviado de sacerdote, y consiguió sacar a Susy del hogar de acogida, con la excusa de darle asistencia espiritual y económica. Sin embargo el falso sacerdote era el proxeneta nigeriano, líder de una asociación de delincuentes subsaharianos afincada en Murcia “propietario” de la joven madre. Prince Sunny, un boxeador nigeriano, tan fuerte como astuto, que ya había traído a otras jóvenes compatriotas que se prostituían para él.

Mi primer intento por localizar a Susy en Murcia fue un fracaso. Un nombre de pila no resultaba una pista suficiente para localizar a una joven de raza negra, en la “calle de las putas” situada en los alrededores del Centro Comercial EROSKI. Sin embargo, su búsqueda por los clubs de alterne y los pisos clandestinos de prostitutas en la provincia murciana, me sirvió para empezar a comprender la dimensión del gigantesco negocio del sexo en España. Solo en un diario como La Verdad de Murcia aparecían hasta 241 anuncios clasificados de servicios sexuales.

Fue necesario acudir a un delincuente local, al que convencí de que poseía varios burdeles en Marbella y Bilbao, y de que pretendía abrir un nuevo local en la ciudad, para localizar a la joven nigeriana. Así entré en contacto con Susy. Cuando detuve mi coche a su lado, en la calle donde ejercen las prostitutas nigerianas, brasileñas, rumanas o dominicanas, las primeras palabras que escuche de sus labios fueron: “chupar y follar, 30 euros”. A partir de ese instante fueron necesarios meses de relación con Susy, para ganarme su confianza. Recordé entonces las palabras de mi “maestro” en este campo, el “Agente Juan”, con una experiencia de 15 años al servicio del gobierno en el mundo de las mafias de la prostitución:

 

“Si quieres sacarle información a una prostituta jamás de acuestes con ella o le pagues por follártela. No seas su cliente, sino su amigo. Porque al cliente se le saca el dinero, pero no se le da información”.

 

El consejo es una auténtica clave, exacta y precisa. Tras cuatro meses de investigación en Murcia conseguí que Susy me presentase a Price Sunny, su “dueño”, el enorme ex boxeador nigeriano, con antecedentes por tráfico de drogas y de mujeres, y falsificación de documentos que la había sacado del centro de acogida disfrazado de sacerdote. Sin embargo, para entonces, yo ya estaba familiarizado con la cara del proxeneta. Durante esos meses, realicé largas vigilancias del domicilio de Susy, pudiendo seguir y grabar a su chulo en muchas ocasiones. Desde sus salidas y entradas, hasta sus visitas al supermercado local… Sunny no puede imaginar hasta que punto estuvo vigilado por mi cámara.

Durante mi primera entrevista con Sunny, yo todavía llevaba los collares de santero que utilizaba durante mi estancia en la tienda de productos de santería de Madrid, donde había conocido a otras prostitutas africanas. Sunny no tuvo ningún problema en reconocer los collares de Changó, Babalú Ayé o Orula. De hecho dijo ser “hijo de Babalu” (San Lázaro en el sincretismo afroamericano), lo que lo convertía en “mi hermano”. Aproveché esa baza para ganarme su confianza. Pero aquella conversación, grabada en mi cámara oculta, demuestra que Sunny estaba familiarizado con la brujería. Más tarde averiguaría que, con la ayuda de un santero alicantino, realizaba los rituales de vudú para aterrorizar a sus prostitutas.

Pero “los negocios de negros no se cuentan a los blancos”. Esta es una máxima universal en las mafias subsaharianas. Por eso tardé todavía algunas semanas en convencer a Sunny para realizar la transacción. La compra de una joven, de 23 años, y de su hijo de 2 en la España del siglo XXI. La negociación con Prince Sunny también fue registrada con mi cámara oculta. El precio pactado para comprar a la nigeriana y a su hijo: 17.000 dólares.

Poco después de que facilitase al Cuerpo Nacional de Policía, y más concretamente a la Brigada Central de Extranjería (que ya tenía noticia de la existencia de Sunny, quien había sido detenido en varias ocasiones aunque siempre había conseguido escurrirse de la Ley), las cintas de video grabadas con mi cámara oculta, se procedió a la detención del boxeador, y de 16 de sus cómplices. Posteriormente serían detenidos media docena más de implicados.

Cuando los agentes de policía entraron en la casa de Sunny, se encontraron a varias de sus prostitutas… y también los altares de vudú y los fetiches con que las aterrorizaba. La Policía Científica de Murcia tuvo la amabilidad de facilitarme esas imágenes para demostrar la utilización del vudú por esta mafia liderada por el boxeador nigeriano.

Yo me encontraba vigilando la casa de Sunny, como había hecho durante días y noches enteras durante los cuatro meses precedentes, cuando llegó la policía para detenerlo. Pero, mientras grababa como el boxeador y brujo nigeriano era detenido, no sentí euforia ni alegría. Por supuesto me enorgullece que mi investigación haya contribuido en el desmantelamiento de mafias como la de Prince Sunny, sin embargo soy consciente de que todavía existen cientos de organizaciones similares, que trafican con miles, quizás millones de chicas como Susy. Y para muchas de ellas el terror al vudú y la brujería, es la herramienta habitual de trabajo.

 

El autor de este reportaje es Antonio Salas ha sido considerado por Career News (Inglaterra) o Craaked.com (EE.UU.) como el mejor reportero encubierto de la historia. Testigo protegido de la Audiencia Provincial de Madrid, sus libros y reportajes han sido utilizados en procesos judiciales. Publicamos este texto en el número 221, y es un ejemplo del material que os ofrecemos en meses como el que ya está en la calle en la revista ENIGMAS. ¡Compromiso, rigor y calidad!

 

 

 

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