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Misterios del sáhara

Martes 12 de Septiembre, 2017
La expresión viajero impenitente no resulta tópica cuando la aplicamos al periodista y escritor granadino Juan Jesús Vallejo, pues en su mochila acumula las experiencias vividas –con la pasión que le caracteriza– en más de 30 países repartidos por los cinco continentes. Fruto de ese bagaje entre cultural y aventurero, Vallejo ha escrito Expedición a los mundos perdidos (Ed. Odeón, 2014), un libro fascinante repleto de investigaciones impactantes y reflexiones muy personales.
Texto y Fotos Juan Jesús Vallejo

Es uno de los mayores espectáculos que un ojo humano puede contemplar: adentrarse en las dunas del desierto para observar la puesta de sol. Tonos ocres parecen derramarse desde el cielo impregnando todo cuanto te rodea, mientras el horizonte queda pintado por el color marrón claro de la arena. Es bello y macabro a la vez cómo la ausencia de vida puede crear un cuadro tan maravilloso.

El Sahara, palabra de origen bereber que significa «tierra dura», es un lugar insólito, lleno de contrastes. La superficie resulta desoladora por la ausencia de agua. Sin embargo, entre a 300 y 1.200 metros de profundidad se encuentra el mar de Albienne, el mayor lago subterráneo del mundo. Con una extensión de 600.000 kilómetros cuadrados, podría convertir la árida superficie en un vergel, tal y como era hace ocho mil años, un sitio montañoso repleto de una exuberante vegetación y una no menos fabulosa fauna. Así, hoy podemos contemplar en el macizo de Acacus, entre las fronteras de Libia y Argelia, multitud de inscripciones que nos describen aquel pasado, que no por remoto deja de ser cierto.

Tal y como comentara Paulo Suetonio, «hombres, mujeres, animales, olas, embarcaciones, nos hablan desde la roca de un mundo hasta ayer insospechado». Mucho se ha especulado acerca del grado de desarrollo que alcanzaron las primitivas culturas saharianas y, hasta hace poco, la mayoría de antropólogos e historiadores pensaban que las civilizaciones que allí se dieron cita no pasaron de ser tribus seminómadas con escasos conocimientos técnicos. Sin embargo, día a día surgen hallazgos que muestran una realidad muy diferente.

SERES FABULOSOS
Recientemente, un grupo internacional de arqueólogos ha sacado a la luz un buen número de evidencias que ponen de manifiesto un pasado desconcertante.

En pleno desierto líbico han aflorado tras las excavaciones algo más de trescientas pequeñas pirámides y una red de canales para el riego que supera los cinco mil kilómetros de longitud.

Así, los habitantes de la desolada zona aprovechaban las aguas subterráneas para la agricultura, obteniendo de esta manera espléndidas cosechas. Pero el Sahara fue siempre un lugar plagado de misterios no sólo para los historiadores, sino también para las diferentes culturas mediterráneas que pasaron por él. Los griegos situaron allí varios episodios de su mitología, y eruditos romanos, como es el caso de Pomponio Mela, describieron en sus escritos encuentros con seres fabulosos a los que éste denominó blemyes. Según las crónicas de la época, tales monstruos no tenían cabeza, aunque algunos arqueólogos modernos como Henri Lothe explican estas descripciones por la impresión que supuso el encuentro con hombres que portaban velo, lo que impedía ver sus rostros.

Aun así, en las pinturas rupestres que se encuentran diseminadas por el norte de África aparecen en muchas ocasiones representaciones de hombres, e incluso guerreros, que carecen de cabeza. La lógica nos induce a pensar, obviamente, que tal extremo no es más que un absurdo. Sin embargo, el riquísimo folclore de la zona describe no sólo seres de este tipo, sino otros todavía más extraños. Como Aisha Kandisha, una hermosa mujer de largos cabellos y pezuñas de cabra que seduce a los hombres para comérselos. La thamza, una anciana pordiosera que se alimenta de la sangre de los niños. El Erian, líder del mundo de los genios, tocado con una larga y espesa barba blanca y de gran estatura. Todo un «bestiario» de seres imposibles que haría volar la imaginación del mejor de los novelistas.

Nuestro vecino desierto ha sido en definitiva desde hace siglos la meta de bohemios, soñadores, aventureros y eruditos que buscaron en él saberes perdidos. El caso es que casi todos los que iniciaron este insólito camino, volvieron siempre con historias fantásticas que seguían alimentando las leyendas que se dan cita en esta tierra de leyenda. Este fue el caso del monje italiano Giovanni Battista Belzoni que describió, a principios del siglo XIX, un pozo cercano a la aldea egipcia de Cassar que daba agua fresca por el día y caliente por la noche. Y es que parece que todo lo imposible se da cita en las tórridas arenas norteafricanas.

EL ENIGMA BEREBER
Marrakech embruja como una bella mujer envuelta en una túnica de seda. Es fácil perderse en sus callejuelas con olor a rosas, entre las impertinentes voces de sus vendedores ambulantes o en su maraña de cafés construidos hace más de un siglo. Marrakech es hermosa pero salvaje. Tras su fachada multicolor, tejida para hipnotizar a los turistas, pervive todavía el espíritu nómada de sus constructores. Es un pecado imperdonable visitar su alcazaba sin detenerse varias horas en la tumultuosa plaza de Yamaa el Fna. Arropado por encantadores de serpientes, puestos de sacamuelas, titiriteros acompañados por sus monos o escuálidos tenderetes con las más variopintas mercancías, se puede palpar el auténtico sabor del norte de África. El nombre bereber de esta explanada, atiborrada hoy de turistas,  era el de «plaza de la aniquilación», pues en ella los jueces mandaban cortar las cabezas de los ladrones o de cualquiera que desafiara la ley.

Los rostros tumefactos de los maleantes daban antaño la bienvenida a los extranjeros, recordándoles que estaban en una tierra sin fronteras pero con leyes.

Marrakech fue construida en el siglo XI por los almorávides, tribus bereberes cuyo ejército estaba compuesto por monjes soldado. Éstos penetraron en la península Ibérica y expandieron su imperio hasta las selvas centroafricanas. Marrakech era un lugar estratégico, pues suponía el primer gran oasis con el que se encontraban las caravanas que venían de junglas casi inexploradas. Desde allí traían oro, marfil, esclavos y todo tipo de mercancías. La Perla del Sur, como muchos la siguen llamando, era la ciudad en que se enfrentaba lo exótico con lo civilizado. Mil años más tarde, su espíritu sigue intacto, pues sus calles y plazas rebosan exotismo y lo civilizado lo ponen aparentemente los curiosos occidentales que se siguen enamorando de ella.

Marrakech es un buen sitio para entender lo bereber y desde aquí merece la pena que profundicemos un poco más sobre la historia y el origen de este pueblo que atesora una cultura llena de enigmas. Si tomamos en nuestras manos cualquier manual de antropología, o incluso algunas prestigiosas enciclopedias como la Encarta, podemos observar al buscar el término bereber que suelen comenzar de la siguiente forma: «Pueblo de origen desconocido». Pero, ¿por qué la historiografía moderna no ha sido capaz de determinar todavía quiénes son los ancestros de estas tribus? Por una razón muy sencilla: los estudios genéticos realizados a este pueblo jamás pudieron determinar con exactitud su origen.

Hay muchos bereberes rubios con ojos azules, así como pelirrojos y castaños; su piel se curte de color oscuro debido al terrible sol sahariano. Pero, al nacer, su carne está pintada de un blanco lechoso.

Para explicar esta anomalía dentro del contexto africano, se ha recurrido a varias hipótesis. Por ejemplo, son muchos los antropólogos que piensan que el origen de estas tribus fue una invasión vándala. Y es cierto que algunos pueblos centro-europeos tomaron varias ciudades del norte de África, donde vivieron hasta la invasión musulmana. Pero, ¿qué ocurre entonces con los tuareg, que han estado aislados durante miles de años y presentan las mismas anomalías?

Hoy resulta incuestionable el desconocimiento por parte de la historia de estas tribus hasta su arabización (siglo VII). Fue en esta época cuando tuvo lugar un gran mestizaje entre las etnias venidas de oriente y las que ya existían en el Magreb (palabra que proviene de al-magrib, que significa «el occidente»). La mezcla en aquel tiempo fue casi total y los bereberes abrazaron el Islam, aunque sin renunciar a sus tradiciones. Haber constituido durante milenios una sociedad de frontera ha traído consigo que sea muy difícil establecer un patrón genético del bereber, y es por ello por lo que al utilizar este término se denomina a cualquiera cuya lengua materna sea el tamazigh. Ha sido estudiando el idioma y algo más de 500 inscripciones del tifinagh (antiguo alfabeto bereber), como se ha podido reconstruir la zona originaria de influencia amazigh. Gracias a esto sabemos que poblaron el Sahara cuando éste era un vergel, hace al menos 12.000 años, ocupando una extensión de 5 millones de kilómetros cuadrados. Podemos encontrar inscripciones en tifinagh desde el Sinaí hasta la islas Canarias, pasando por Stromboli e incluso en las orillas del río Volta, en pleno corazón de Burkina Faso. Todos estos textos no hacen más que confirmarnos la hegemonía bereber en el norte de África durante milenios, pero nos dejan la gran incógnita de su datación, que es imposible debido a que están plasmadas sobre piedra pintadas en la mayoría de ocasiones con materiales inorgánicos. Además, todos estos estudios adolecen de un grave defecto desde su base, y es que utilizan el tamazigh para acotar el territorio bereber, pero todavía desconocemos cuál es el origen de esta lengua, imposible de emparentar con cualquier otra de las que actualmente existen.

 LOS ABANDONADOS DE DIOS
Los tuareg, más conocidos en occidente como «los hombres azules», son sin duda una de las tribus más míticas de toda África. El insólito color de su piel se debe a que las largas túnicas con las que van vestidos están teñidas de índigo, un colorante vegetal que se va disolviendo con las altas temperaturas, a la vez que impregna su dermis. Esto reduce al mínimo la sudoración, con lo que la pérdida de líquidos es casi nula. Un método muy efectivo para sobrevivir en unas condiciones extremas, aunque en la actualidad apenas se utiliza. Sobre el origen de su nombre los historiadores no se ponen de acuerdo y son dos las teorías que pugnan por explicar la formación del vocablo tuareg. Para unos, esta palabra proviene del término árabe targa, que significa «jardín»; y cierto es que la zona donde hoy habitan estos nómadas fue antaño un frondoso bosque, como puede comprobarse en las pinturas rupestres del Tassili. De otro lado están los que ven su origen en el siglo VIII, cuando una invasión de guerreros provenientes de Marruecos, los chorfa, se adentró en el desierto argelino para islamizar a las tribus de infieles que habitaban la zona. Pero su éxito fue parcial, pues, aunque se convirtieron al Islam, jamás abandonaron sus antiguas tradiciones animistas, fuertemente arraigadas en sus usos cotidianos. Por ello los denominaron tawarek, que significa «los abandonados de Dios».

Así, por ejemplo, las mujeres tuareg no utilizan velo y no dudan en acudir hasta el taleb, el hechicero de la tribu, para pedir consejo. Desde entonces, este pueblo rebelde se convirtió en proscrito y no paró de guerrear durante toda la Edad Media con sus vecinos. Temidos, respetados y a la vez odiados, se tornaron en la llave para atravesar buena parte del desierto. Pedían tributos a las caravanas saqueando aquellas que se negaban a pagar impuestos, no importándoles en absoluto la religión que profesaban los mercaderes. En sus incursiones llegaron hasta el corazón del África negra, comerciando con esclavos, oro y marfil con otros pueblos de la ribera mediterránea. Sus vecinos siempre se desconcertaron ante su comportamiento, puesto que cuando ofrecían hospitalidad eran capaces incluso de dar su vida, y por el contrario, en la guerra, eran crueles y sanguinarios hasta el extremo. Así, desde 1.850 hasta 1.917, las tropas francesas lucharon contra ellos consiguiendo al fin doblegarlos. Pero incluso cautivos, ni uno solo de ellos colaboró con el invasor, pues antes preferían la muerte. Respecto a su nombre, para ellos el vocablo tuareg siempre supuso un insulto y se denominan entre sí imosagh, palabra enigmática cuyo significado se ha perdido para siempre en la noche de los tiempos. Y sí alguno de sus taleb –encargados también de preservar las tradiciones– lo conoce, jamás se lo ha confesado a occidental alguno.

En la actualidad, apenas quedan unos trescientos mil diseminados por un territorio de un millón y medio de kilómetros cuadrados. Se dedican al pastoreo y quedan muy pocas tribus realmente nómadas. En sus periplos anuales en busca de pasto pueden llegar a superar los 1.500 kilómetros de travesía, entre Argelia, Niger, Mauritania y Mali. Se orientan para tales menesteres exclusivamente por las estrellas, que no sólo los guían en el duro camino, sino que los llevan hasta los pozos de agua que ellos únicamente conocen. En resumen, una vida de otros tiempos que hoy en día está a punto de desaparecer.

REINA DE LOS ATLANTES
Según sus ancestrales tradiciones, son los descendientes de la princesa Tin Hinan y de su hermana Takamat, que se establecieron en los Hoggar, una región del sur de Argelia, hace milenios. El caso es que, en 1.926, el conde Byron Kuhn de Prorok descubrió la tumba de la famosa princesa Tin Hinan. El enterramiento no sólo albergaba el esqueleto de una mujer muy alta, sino que además se encontró en él gran cantidad de oro y piedras preciosas. Sus descendientes directos son hoy los miembros de la confederación de tribus Kel-Azjer, que continua habitando en los montes argelinos del Hoggar. Sobre la procedencia de esta mítica princesa nada sabemos, aunque la tradición la señala como la última reina de los atlantes.

Pero si múltiples misterios encierra el origen de los hombres azules, no menos la zona que habitan, considerada santuario por más de veinte culturas diferentes que la visitaron durante miles de años. En algunos de los abrigos de Tassili, donde se encuentra la denominada capilla sixtina de la pintura rupestre, con algo más de veinte mil dibujos, podemos ver auténticos lugares de culto inmemoriales.

Uno de los problemas con los que se toparon los primeros arqueólogos que llegaron hasta allí, era que en algunos de los abrigos hasta diez culturas distintas habían dejado plasmada parte de sus ritos, dibujando incluso encima de las representaciones que había antes.

Jamás en ningún otro lugar de la Tierra se ha hallado nada semejante. Además, lo más fascinante es que no sabemos todavía «por qué» aquellas cavernas atraían a gentes que vivían a miles de kilómetros, ni «qué» buscaron allí estos primeros peregrinos de la historia. Asimismo, desconocemos el mecanismo por el que humanos de tan lejanas tierras se enteraban de la existencia de este enclave santuario. Entre otras curiosidades, los no menos míticos Masai atravesaron el desierto hasta aquel lugar para dejar allí algunos dibujos, tal y como confirma la existencia de pinturas de estilo negroide donde los danzantes llevan el pelo rojo, de la misma forma que hoy lo hacen estos legendarios guerreros. Pero ahora quiero que conozcan un poco más la magia que rodea a otros personajes míticos, los «hombres azules», y los signos inmemoriales que les acompañan.

ENERGÍAS SUTILES
Todas las facetas de la vida familiar o social de los tuareg están guiadas por tradiciones ancestrales. Lo más chocante de todas ellas es que son un grupo con un remarcado carácter matriarcal y el parentesco se transmite únicamente por vía materna. El rol del padre es el de salvaguardar la seguridad de la familia y aumentar el ganado. Pero cuando muere la madre, el grupo se disgrega y todos los hijos se someten a la tutela del hermano de la difunta. De igual forma, el tío puede quedarse con la custodia de los niños cuando considere que su cuñado los maltrata, sin que el padre pueda negárselo.

Sus tradiciones son muy rectas: un marido tiene derecho a matar al que sorprenda con su mujer, los niños serán presentados en familia siempre al séptimo día de su nacimiento y serán circuncidados al séptimo año de vida. A la hora de la muerte, tan sólo las mujeres mayores tocarán el cadáver del difunto para envolverlo en paños de algodón, y la esposa del desaparecido jamás podrá visitar la tumba del que fue su compañero. Extrañas costumbres que forjan la manera de sentir de un pueblo insólito marcado por la tradición. Otra cuestión importante son los amuletos con forma de anillo o como medallones.

El taralabt, por ejemplo, es una pieza de joyería que se lleva en el cuello, generalmente confeccionada en plata, y que los defiende del mal de ojo. Debe ser tallada por un artesano que pertenezca a una tribu noble y jamás uno de sus esclavos negros –los bella–, podrá intervenir en la manufactura de esta joya. Sin embargo, la elaboración de los amuletos de cuero se hace exclusivamente por los gargasa, hechiceros de color que habitan en las tribus de sus sirvientes, exentos de cualquier trabajo, pues también poseen el secreto de la magia y podrían convertirse por tanto en poderosos enemigos. Para los tuareg, el desierto está lleno de seres invisibles y de energías sutiles de las que hay que protegerse. Así, su velo no les sirve tan sólo para impedir el paso de la molesta arena que levanta la brisa, sino también de los malos espíritus, por ello no suelen quitárselo.

De esta forma todo en su vida cotidiana forma parte de un estudiado ritual que no enfada a los demonios. Por eso celebran varias veces al día la ceremonia del té verde, primero amargo y al final muy dulce; como todo lo que se quiere alcanzar en la vida, cuesta esfuerzo al principio pero la recompensa merecerá la pena.

Varios son los tipos de amuletos que llevan, algunos tan extraños como puede resultar una cabeza seca de varano, que, según sus chamanes, les protege de las picaduras de escorpiones y serpientes.

Otros, como el talhakimt, compuesto simplemente de una arandela con una pequeña punta de flecha señalando el suelo que les otorga la fertilidad. Pero de entre todos ellos el más misterioso y estudiado con diferencia es el iferwan, conocido en Europa como «cruz de Agadez», y que ha entrado a formar parte de la simbología militar francesa e incluso a ocupar un lugar destacado en los altares de varios grupos de iniciados. Tan sólo lo llevaban originariamente los miembros de la confederación Kel- Azjer, considerados los más puros de entre los muy nobles tuareg.

Según el arqueólogo Raymond Mauny, «no existe ningún parecido entre la cruz de Agadez y los antiguos amuletos mediterráneos o centro-africanos conocidos, ni tampoco con la simbología de los países limítrofes». Pero no sólo su origen es un enigma, también lo es su significado, que ni los mismos tuareg saben concretar.

DEMONIOS DEL DESIERTO
Para algunos eruditos, no es más que un amuleto de fertilidad; para otros, una llave al más allá como ocurre con el anj egipcio y, puestos a dar soluciones, no hay quien se resista a afirmar que representa al planeta Venus, adorado hace miles de años en las tierras del norte de África. El iferwan es el símbolo de los tuaregs, cada día más vendido en occidente, pues aunque nadie haya podido explicar su significado concreto, está claro lo que representa: a miles de hombres que siempre han sido libres.

Otro punto importante dentro de este mundo mágico que rodea a los tuareg, y en este caso también al resto de tribus bereberes, es la existencia de los yenún o demonios que habitan en el desierto. En la sura número cuatro del Corán se relata con detalle cómo Dios, demiurgo de todas las cosas, dio vida a unos extraños personajes. Utilizó para ello un fuego sagrado tan puro que ni siquiera provocaba humo. Pero tanta prisa se dio que descuidó su aspecto, siendo algunos de estos seres grotescos. Además, en un imperdonable error los dotó de pies de burro o de cabra, entre otros desaguisados, haciendo que su apariencia fuera aún más desagradable.

No es ésta la única referencia que aparece en el libro sagrado musulmán acerca de los djin, djenoun o yenún, nombres que se utilizan para denominar a un mismo tipo de entidades. También en la sura número XVIII se comenta que Satán y el resto de los demonios son hijos de estos «descuidos de Dios». Los yenún odian por naturaleza al hombre, ya que ellos estaban en la tierra antes que nosotros. Además, al considerarnos la obra perfecta del creador, no pierden oportunidad para torcer nuestra existencia en todo lo posible. La referencia en el Corán a este tipo de entidades es, como vemos, amplia y detallada, pero antes de pertenecer al mundo islámico fueron parte esencial dentro de la religión bereber. Los antiguos habitantes del Sahara afirman que los yenún vivían en algunas montañas del Atlas marroquí. Describen en sus leyendas, con todo detalle, cómo eran estos seres, y comentan que les otorgaban ofrendas, no para pedir algún favor de ellos, sino para que «éstos no les hicieran daño». Acechan a los hombres a cualquier hora del día, pero sólo se les puede ver por la noche. Hay que estar siempre alerta para que no te sorprendan, pero debemos tener especial cuidado cuando hay una embarazada en la casa, porque lo que más les gusta es secuestrar a los recién nacidos. Su comportamiento varía debido a que hay yenún de los más diversos tipos, aunque en determinados lugares pueden ser muy agresivos. Este es el caso de la región de Thanda Hawa, en el Atlas, donde habitan los vampiros «akiriko », cuyo pasatiempo principal es chupar la sangre a animales y personas. Su destreza para aniquilar a las víctimas es tal que ni siquiera precisan echarse sobre ellas para desangrarlas, pues pueden hacerlo a distancia.

LO INVISIBLE
No recuerdo cuántas veces he estado en el Sahara y, por suerte o por desgracia, jamás me topé con un yenún, aunque sobre mi cuerpo, ahora mientras escribo estas líneas, sí que llevo amuletos tuaregs. En concreto, un anillo de Tombuctú sobre el dedo anular de mi mano derecha. En su plata hay dibujados motivos de la mezquita del mismo lugar, que supuestamente me protegen de todos los males. No puedo asegurarles que sea efectivo, aunque después de tantos años es casi parte de mí, pues me recuerda día a día que en el mundo habitan seres y energías que escapan a mi entendimiento. Sé que no puedo demostrarlo, pero no tengo otra forma de explicar la maldad injustificada que he visto a lo largo del planeta. O la bondad inesperada con la que me he encontrado en lugares llenos de violencia y miseria. Todos tenemos derecho a creer o descreer en lo invisible que nos rodea. Y es que, como seguro que alguien dijo antes que yo, ése es el verdadero poder del mal: convencer a los hombres de su no existencia. Lo único que afirmo es que ese tipo de amuletos y de símbolos los he visto en hombres cuyo linaje ha sido libre miles de años. Yo sólo dispongo de una vida y créanme que quiero disfrutarla libre.

Este reportaje fue publicado en el nº296 de la revista AÑO CERO

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