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Los otros tesoros nazis

Martes 28 de Agosto, 2018
Durante la segunda guerra mundial, los nazis esquilmaron colecciones de arte, tanto públicas como privadas. Buena parte de aquellos tesoros no aparecieron jamás. Mariano F. Urresti

En mi novela Los fantasmas de Bécquer desempeña un papel importante Josef Hans Lazar, jefe de la diplomacia nazi en España. Lazar, irónicamente de origen judío, llegó a controlar la prensa española durante aquella época al tiempo que se entregaba de manera voraz a la búsqueda de obras de arte para su propia colección y para algunos de los líderes del III Reich.

Durante el proceso de documentación de la novela pude leer el detallado informe que publicó el profesor de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la UNED Miguel Martorell Linares, en el que analiza la implicación de las autoridades franquistas en esa labor de auténtica piratería.

Y es que, aunque parezca increíble, un enorme porcentaje del patrimonio artístico del continente fue esquilmado durante la Segunda Guerra Mundial, lo que proporciona argumentos para numerosas novelas y objetivos para modernos buscadores de tesoros, y no me refiero en esta ocasión al Grial o al Arca de la Alianza. Martorell se hace eco del trabajo del historiador Héctor Feliciano, quien asegura que, sólo en Francia, 203 colecciones privadas de arte fueron requisadas por los nazis, lo que significaba una tercera parte del total.

Y añadía que se expoliaron alrededor de 200.000 obras de arte, que salieron de los países ocupados mediante intermediaros que vivían en naciones neutrales, una práctica que se acentuó a partir de 1944, cuando la derrota del III Reich parecía inminente. La mayor parte de esas colecciones habían sido propiedad de coleccionistas judíos, pero no fueron los únicos que perdieron su patrimonio artístico. Pero si el robo resulta vergonzante, aún lo fue más el hecho de que coleccionistas privados y museos de todos los países se hicieran de ese modo con obras de arte de un modo ilegal, comprándoselas a los ladrones nazis.

Y a eso se sumó el robo que, a su vez, efectuaron los soviéticos a medida que iban tomando ciudades ocupadas por los nazis en la Europa del Este. Martorell recuerda que la política de saqueo fue dirigida por Alfred Rosenberg, cerebro de la llamada Einzatzstab Reichsleiter Rosenberg (ERR) –Brigada del Reichsleiter Rosenberg–, dedicada a la localización de bienes de interés en bibliotecas, archivos y museos. Él fue el responsable también de depurar las colecciones artísticas alemanas, eliminando aquellas obras que se consideraban opuestas al ideal nazi, bien por ser judías o comunistas.

La misma fuente asegura que un informe de julio de 1944 elaborado por los hombres de Rosenberg cifró en 21.903 las piezas requisadas en Francia: 10.890 cuadros, 583 esculturas, 2.477 muebles, 583 tapices y tejidos, 5.825 objetos de arte variados de pequeño tamaño –porcelanas, cristalerías, monedas, joyería, etc.– y 1.545 piezas de la antigüedad clásica u oriental. Y añade Martorell que en agosto de 1945, la Comisión Francesa para la recuperación de obras de arte “estimó en 110 billones de francos el valor de las obras expoliadas por los nazis”. Hitler y Göering fueron los dos líderes nazis más obsesionados con la adquisición de obras de arte. El Führer mostró predilección por las obras de los maestros alemanes, holandeses, flamencos, franceses e italianos. Además, le atraía la pintura alemana del siglo XIX; de hecho, al parecer invirtió en los años treinta gran parte de los royalties obtenidos con las ventas de Mein Kampf en la compra de obras de arte.

Se cuenta que tenía el propósito de construir un imponente museo en Linz, y entre 1944 y 1945 ordenó almacenar una gran cantidad de obras expoliadas en una antigua mina de sal con ese propósito. Según la fuente citada, al término de la Segunda Guerra Mundial, los aliados encontraron allí “6.755 pinturas de viejos maestros, 230 acuarelas, 1.039 grabados, 95 tapices, 68 esculturas, 43 contenedores con pequeñas obras de arte y otros tantos 358 con libros de diversa procedencia”.

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