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Payasos asesinos

Miércoles 30 de Noviembre, 2016
Apenas unas semanas después de que el terror invadiera las calles en Halloween, la fiebre de los “payasos asesinos” parece que comienza a bajar. Eso sí, tras varios meses como fenómeno viral que ha sembrado el pánico de un rincón a otro del mundo occidental. ¿Qué se esconde tras esta histeria colectiva? ¿Son realmente una amenaza para nuestra seguridad? ¿A qué se debe el miedo a los payasos…? Nos ponemos una careta grotesca de maquillaje blanco mal esparcido y analizamos el fenómeno.
Óscar Herradón

Un traje acolchado y hortera a más no poder, con remiendos y cuadros de colores desentonados. Una peluca excesiva de pelo rizado y naranja chillón. Se extiende por su rostro, de grandes pestañas postizas, una capa de maquillaje mal esparcida, y, como punto de fuga facial, un apéndice rojo y redondo, enorme, por nariz. Unos zapatones varias tallas más grandes que el sujeto le otorgan una apariencia entre lastimosa y risueña, a veces provocadora, a lo que se añade su saber hacer para las muecas imposibles. Hablo del payaso, claro, ese hombre “triste” que tenía el oficio de hacer reír mientras por dentro lloraba y que tantas carcajadas ha arrancado a niños y mayores de mil y una generación. Y a pesar de la nostalgia que transmitían, de la sonrisa que tornaba en carcajada bajo la holgada carpa de un circo multicolor, había algo de siniestro en aquellos seres, algo de perturbador.

Si a esas figuras que se caían continuamente, gesticulaban y abofeteaban, siempre inocentes a pesar del ladrillazo en la cabeza, les añadimos un hacha o una motosierra, mientras su sonrisa de carmín se emborrona y la oscuridad acecha, ya la cosa se torna diferente. El payaso, como el arácnido Pennywise de It, se convierte en un personaje que inspira miedo, siguiendo la estela de los muñecos de ventriloquía de principios del siglo XX y sucesivos que, a pesar de ser creados para entretener, cual autómatas que parecen dotados de alma se tornan inquietantes y casi aterradores per se. Y este cóctel ya de por sí explosivo, llevado a su máximo exponente, es lo que está sucediendo precisamente estos últimos meses, cuando la fiebre de lo que se ha dado en llamar “creepy clowns” –payasos terroríficos– o “killer clowns” –payasos asesinos–, ha sembrado el caos en numerosos rincones de los EEUU, fenómeno con un supuesto origen en Youtube –contagiado más tarde a otras redes sociales como Twitter e Instagram–, que no ha tardado en llegar a Europa e incluso a nuestro país.

Lo del payaso como personaje grotesco que en lugar de hacer reír causa temor viene de antiguo, y ahí tenemos en los cómics de DC desde los años 40 al antagonista de Batman, Joker y, pasado el tiempo, al citado de King o, incluso, en el universo del cartoon, el retorcido Krusty de los Simpson.

La lista es extensa, sobre todo en la gran pantalla… de Los payasos asesinos del espacio exterior (1988), rizando el rizo de lo friki, a Balada Triste de Trompeta, la barroca y excesiva aunque redonda cinta de Álex de la Iglesia, o Horny, “el payaso caliente”, que en la muy modesta –por no decir mediocre– película Fast Food Killer (2007) convertía a un payaso de restauración, alter ego del dulce Ronald McDonald, en una suerte de asesino en serie. Era tentador. Y precisamente con esta fiebre de “payasos asesinos” en auge y cercana entonces la fiesta del miedo por antonomasia, Halloween, incluso la cadena norteamericana de comida rápida McDonald’s tuvo que limitar las apariciones públicas de su icónico payaso. Ver para creer.

Desde aquel clown de It creado en 1986 por el maestro del horror moderno, Stephen King, y el logrado largometraje para televisión homónimo estrenado en 1990, cuya imaginería ha permanecido en la retina de todos nosotros, a los payasos desgarrados y vengativos del cine actual, han pasado tres generaciones al menos, pero el PAYASO para inspirar miedo sigue siendo un referente contracultural.

Lee el artículo completo en el nº253 de la revista ENIGMAS

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