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Ritos mayas del siglo XXI

Miércoles 01 de Marzo, 2017
Mayas, siempre evocadores, siempre fascinantes. Su sola mención nos catapulta de inmediato a sus grandes logros arquitectónicos y a su compleja religiosidad. Contemplar su cultura implica sobrecogernos con su precisa astronomía, su refinado arte y sus asombrosas matemáticas. Sus códices nos narran cómo fue su medicina, su agricultura, el porqué de sus cruentos sacrificios, la sacralidad que atribuyeron al combate… pero, ¿qué queda de todo aquello? ¿Resisten los mayas al inexorable paso del tiempo?

Aunque hoy en día existen muchas certezas y consenso sobre quiénes fueron los mayas y cuál fue su alcance real en la América precolombina, lo cierto es que al igual que ocurre con otras civilizaciones territorialmente cercanas con las que coexistieron, en algunos ámbitos y escenarios es muy difícil perimetrar con exactitud lo maya frente a lo que puede ser el resultado de las recíprocas influencias derivadas de su relación con otros pueblos.

En cualquier caso, la civilización maya estaría enmarcada en lo que el antropólogo Paul Kirchhoff definió como “Mesoamérica”, una zona que de acuerdo con los autores del Atlas Cultural de la América Antigua, los antropólogos estadounidenses Michael Coe, Dean Snow y Elizabeth Benson, incluiría “la parte de México y de la limítrofe América Central que ya estaba civilizada al tiempo de su conquista por los españoles.

¿Qué queremos decir con ‘civilizada’? Pretendemos indicar ciertamente un nivel de complejidad sociopolítica que comporta cierto grado de urbanismo –los mesoamericanos vivían en ciudades y pueblos grandes, aunque allí hubiera siempre una amplia población rural– y un arte y una arquitectura públicos de dimensiones impresionantes”.

Estaríamos hablando de una gran parte de México, Guatemala, Belice, Honduras y El Salvador. Las diferentes  culturas que dan forma a Mesoamérica compartirían una serie de rasgos que veremos también en los mayas, y que los autores citados, siguiendo a Kirchhoff, resumen como “pirámides y templos, la difusión de los sacrificios humanos, las penitencias rituales hasta el derramamiento de sangre, un complicadísimo calendario sagrado que se basaba en la combinación de un ciclo de 260 días con aproximadamente un año de 365 días, la escritura jeroglífica –exclusiva de Mesoamérica–, un complejo panteón, un juego de pelota de goma que se jugaba en un recinto especial y grandes mercados perfectamente organizados”.

Otros autores, como Henri Lehmann, también insisten en ese sustrato al afirmar como elementos culturales comunes el hecho de que “por todas partes se encuentra la pirámide escalonada, los patios cubiertos de estuco y los juegos de pelota. El sistema numérico vigesimal, con el mes de veinte días, el doble calendario solar y litúrgico y los ciclos de cincuenta y dos años constituyen la regla. Se cultivaban en casi todas partes el cacao, la chía, el magüey. Este último servía para la fabricación del papel. Existía una escritura jeroglífica, empleados en los manuscritos conocidos con el nombre de codexs, que son libros plegados en forma de acordeón. Las armas eran cerbatanas, y la munición consistía en bolas de arcilla”. El uso de un palo cavador o coa, así como la creación de las singulares zonas de cultivo flotantes conocidas como chinampas con las que se ganaba terreno a los lagos, también son específicas de dichas culturas. Sin embargo, si existe un elemento especialmente distintivo de los mayas que los haga sobresalir entre todas las culturas del Nuevo Mundo ese es la escritura, con más de 700 signos que dejaron plasmados sobre la piedra en estelas y murales, en piezas de madera, vasos funerarios, joyas, tejidos y en cientos de libros en su mayor parte perdidos.

“La literatura estaba al servicio de la religión, pues la relación con la divinidad fue para los mayas prehispánicos el eje de la vida comunitaria. Así, al igual que la ciencia y otras disciplinas, el arte se concebía más como una expresión de lo sagrado que como una forma de creación personal o colectiva. La escritura misma era sagrada, y sólo la conocían unos cuantos hombres, por lo general sacerdotes, a quienes les eran revelados los designios de los dioses y las leyes divinas que mantenían el orden cósmico”, explican los responsables del proyecto de recuperación cultural Saché del Instituto Politécnico Nacional de México. Los mayas fueron también aventajados maestros joyeros, elaborando asombrosas piezas de jade y obsidiana, practicaron la deformación craneal con un trasfondo trascendente, y ritualizaron la guerra representando a sus guerreros con espectaculares armaduras, tocados y joyas.

Aunque las cronologías son objetivo de revisión cada cierto tiempo en base a nuevos hallazgos arqueológicos, actualmente se acepta que el origen de los mayas hemos de ubicarlo en la región mexicana de Chiapas, así como en el extremo occidental de la moderna ciudad de Guatemala.

Allí se erigieron respectivamente los asentamientos protomayas de Izapa y Kaminaljuyú, ocupados posiblemente desde el segundo milenio antes de nuestra era. Sin ellos y sin su evolución no podría haber surgido y perdurado durante 600 años, en el llamado periodo clásico, que comprende del 300 d.C al 900 d.C., lo que todos entendemos como civilización maya. No obstante, su impronta perduraría con poderío tras esa etapa y por varios siglos bajo la clara influencia tolteca hasta el 1.200 d.C., situándose en una fecha tan reciente como 1697 la caída de la última ciudad maya, Nojpeten o Tah Itzá, en El Petén guatemalteco, a manos de Martín de Urzúa.

Lee el artículo completo de José Gregoria González en el nº256 de la revista ENIGMAS

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