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Los Romanov: 100 años de un magnicidio

Jueves 31 de Enero, 2019
Aunque muchos dan el caso por cerrado, existen interrogantes sobre lo que sucedió en 1918, en esa trágica noche de julio. Mariano F. Urresti.

El 17 de julio se cumplen años del asesinato de los Romanov, el zar Nicolás II, su esposa Alexandra Fiódorovna, y sus tres hijos. Un siglo después, parece que las numerosas piezas sueltas del puzle de lo acontecido comienzan a encajar, sin embargo, no todo parece estar aclarado y todavía planean en el aire varias teorías de la conspiración que, cuanto menos, dan que pensar.

Según la versión oficial, el 15 de marzo de 1917, tras la “Revolución de Febrero”, el trágico destino de la familia real –rodeada durante 23 años de una pompa que el pueblo famélico veía como una afrenta– comenzaba a tomar forma: en San Petersburgo, fueron recluidos varios meses de prisión domiciliaria en el palacio de Tsárskoye Seló, donde se iniciaron distintos preparativos para su posible exilio.

De hecho, en Murnmask existía un puerto recién inaugurado donde al parecer un barco de la Marina británica, lleno hasta los topes de joyas y obras de arte, esperaba a la familia para trasladarlos. Nunca subirían a bordo. Los Romanov al completo, junto a varios sirvientes y a su médico personal, Eugene Botkin, fueron llevados a la ciudad siberiana de Tobolsk, al parecer por decisión de Alexánder Kérenski, jefe del Gobierno Provisional, en dos trenes bajo bandera japonesa, camuflados como parte de la misión de la Cruz Roja en el país asíatico para evitar un linchamiento.

Una vez allí, el gobierno fue aplastado por la insurrección bolchevique, que tomó el control tras la Revolución de Octubre. Cinco meses más tarde, en marzo de 1918, tras la firma de la paz de Brest Litovsk, los germanos presionaron a los bolcheviques para obtener la liberación de los zares.

No hay que olvidar que la zarina era de origen alemán, e incluso se la vinculó con toda una serie de conspiraciones antisemitas años antes de la Gran Guerra –en las que parece que no tenía nada que ver–. Tras varios meses en Tobolsk, fueron llevados a la ciudad minera de Ekaterimburgo, donde los alojaron en la casa Ipatiev, que sería llamada la Casa del Propósito Especial.

¿QUIÉN DIO LA ORDEN?
Entonces comenzó el misterio. El 4 de julio de 1918, la guardia a cargo de la protección de la familia, fue sustituida por guardias letones que pertenecían a la temible Cheka –la policía secreta bolchevique–, dirigida por el comandante Yákov Yurovski y un pelotón de varios soldados. Yurovski ordenó al médico que despertara a la familia real y los trasladara a un semisótano de la casa.

Unos minutos después llegaba un escuadrón de ejecución de la policía secreta y Yurovski –según contaría en sus memorias– leyó en voz alta la orden que había recibido del Comité Ejecutivo de los Urales, de cuyo Soviet era comisario, debido a que sus parientes “continúan atacando a la Rusia soviética”.

El propio Yurovski disparó al estómago al zar y el resto del escuadrón comenzó un caótico tiroteo. Las últimas en morir fueron Tatiana, Anastasia –cuya supuesta “huida” sería objeto de controversia durante décadas– y María, que llevaban algo más de un kilo de diamantes cosidos a su ropa y que frenaron en parte las balas. Fueron rematadas a bayonetazos.

Desde entonces surgió la duda sobre quién había dado la orden. Trotski involucraba en su diario al propio Lenin, sin embargo, a día de hoy no hay pruebas concluyentes de que él o los demás líderes de Moscú, entre ellos Yákov Sverdlov, dieran la orden, a pesar de que siempre se habló de un telegrama que partió de Moscú y que nunca fue hallado.

En 1993 se concluyó que no había documentos fiables que apuntaran a Lenin o Sverdlov. Parece que fue una decisión tomada por Yurovski, temeroso de que las tropas checoslovacas que se acercaban a Ekaterimburgo liberasen al zar. Los cuerpos fueron trasladados en un camión, pero al averiarse, los bolcheviques cavaron una zanja en la mina de sal de Gánina Yama y los cadáveres fueron mutilados, rociados de ácido y arrojados al foso; después parece que los trasladaron.

El primero en abrir una investigación fue, en febrero de 1919, el comandante del Ejército Blanco Alexandr Kolchak, a través de su lugarteniente Nikolai Sokolov; éste, tras recopilar telegramas, fotografías y testimonios sobre el magnicidio, halló en Gánina Yama restos de balas, un dedo cercenado, prendas, joyas y algunos huesos, pero no los cuerpos. Sokolov huyó a Francia en 1920 con esta información, pero el riguroso control de la URSS blindó el delicado asunto, que sólo comenzó a aclararse tras la caída del muro.

A pesar de que el caso se ha dado oficialmente por cerrado, son muchos los que ven incongruencias en la reconstrucción de los hechos. Hoy, siete capillas recuerdan en Gánina Yama a cada uno de los miembros de la familia real rusa, que el 15 de agosto de 2000 fueron proclamados “portadores de la Pasión” por la Iglesia ortodoxa. 

AUTOPSIA DE LOS HECHOS
En 1993 se concluyó que no había documentos fiables que apuntaran a la autoría de Lenin. Tras la caída de la URSS, se supo que en 1979 los restos de la mayor parte de la familia real y sus sirvientes fueron hallados por aficionados en una investigación clandestina a unos siete kilómetros de la Mina de los Cuatro Hermanos, en Gánina Yama.

Fue en un campo conocido como “Pradera del Jabalí”. Se mantuvo en secreto hasta que se suavizó el clima político en 1989. En 1995, aquellos restos fueron identificados como los de los Romanov a través de pruebas de ADN de familiares vivos de Nicolás y Alejandra, entre ellos, el marido de la actual reina de Inglaterra, el duque de Edimburgo, cuya abuela, Victoria de Hesse, era hermana de la zarina Alejandra. Un segundo enterramiento más pequeño fue hallado en 2007, y contenía los restos de dos de los jóvenes Romanov desaparecidos de la tumba más grande, concretamente los del zarévich Alexéi y la gran princesa María.

En 2010 un tribunal ruso ordenó reabrir el caso, y también en 2015, a petición de la Iglesia ortodoxa, que quería confirmar la identidad de los restos de Nicolás II y Alejandra: una prueba de ADN mitocondrial confirmó que eran los de la pareja. Una teoría heterodoxa vincula incluso a Alexánder Kérenski con una conspiración masónica para acabar con los zares.

Tras convertirse en diputado, Kérenski se convirtió en secretario general del Consejo Supremo del Gran Oriente del Pueblo de Rusia, una influyente logia masónica, y ya se sabe que a éstos siempre se les ha culpado de derrocar monarquías… Parece poco probable.

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