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S-T-E-N-D-E-C: el vuelo que desapareció sin dejar rastro

Lunes 11 de Junio, 2018
Han pasado ya 70 años y el misterio sigue sin resolverse: ¿Qué significan las letras inconexas que el piloto del Star Dust lanzó al aire antes de que la aeronave se estrellara contra una ladera de los Andes chilenos en 1947?

Aquel 2 de agosto de 1947, la climatología no era buena sobre la cordillera de los Andes, pero tampoco permitía presagiar ninguna tragedia. Además, a los mandos del Avro Lancastrian “Star Dust” se encontraban dos pilotos expertos, veteranos de la RAF –fuerza aérea británica–, que habían combatido contra los alemanes apenas dos años antes. El comandante –Reginald Cook– había participado en 90 misiones de combate sobre territorio alemán y el segundo, Normal Hilton-Cook, en otras tantas.

También el operador de radio, Dennis Harmer, era un ex-tripulante de bombarderos. Incluso Iris Evans, la azafata, había pertenecido al WRENS –Women’s Royal Naval Service– durante la II Guerra Mundial y estaba bregada en situaciones de combate. El vuelo CS-59 de la South American Airways estaba, por tanto, en manos de gente con nervios de acero.

UN VUELO DIFÍCIL

El “Star Dust” matrícula G-AGWH partió de Londres el 30 de julio y, tras una escala en Isla Ascensión, aterrizó en el aeropuerto bonaerense de Morón por la mañana, tras cruzar el Atlántico. A las 13.46 h del 2 de agosto despegaba desde Argentina con destino a Santiago de Chile para un trayecto de 3.50 horas y llegada prevista a las 17.35 h en el aeródromo de Los Cerrillos.

El invierno estaba siendo duro en la zona y este último salto se antojaba movido, pero la tripulación habían efectuado ya ese vuelo en más de 30 ocasiones en total. También el avión superaba con creces el techo necesario para sobrevolar los Andes, ya que se trataba de la versión civil del famoso bombardero Avro Lancaster, diseñado para operaciones a gran altura y que podía superar holgadamente los 24.000 pies de altitud –unos 8.300 metros–. De hecho, era uno de los pocos aparatos de la época capaces de hacerlo y, precisamente por eso, había sido elegido por la South American para cubrir la línea.

Y no sólo eso; a pesar de su experiencia, los pilotos asignados a la ruta recibían un adiestramiento específico sobre las peculiaridades de volar por encima de la cordillera andina, con instrucciones claras de la compañía de cambiar la ruta prevista si las condiciones meteorológicas no eran adecuadas. Todo discurrió según lo previsto hasta pocos minutos antes del aterrizaje.

A las 17.30 h, los pilotos ingleses contactaron con el aeropuerto chileno para iniciar la aproximación… hasta que a las 17.41 h un extraño mensaje en código Morse procedente del Avro llegó hasta la sala de control de Los Cerrillos:

“ETA SANTIAGO 17.45 HRS S-T-E-N-D-E-C”.

Al otro lado del receptor, el asombrado telegrafista chileno –un profesional con años de experiencia– pidió a su colega Harmer que repitiera el mensaje y otra vez la aguja saltó: “S-T-E-N-DE-C”. Aquel batiburrillo de letras no significaba nada, así que, de nuevo, insistieron desde la torre de control chilena… y por tercera vez la respuesta fue “S-T-E-N-D-E-C”. Después, el silencio… y el misterio.

EXTRAÑOS PASAJEROS
Una tripulación experta, un aeroplano en buenas condiciones, una climatología mala pero no extrema… ¿qué había fallado? Y sobre todo, ¿qué demonios significaba el incomprensible mensaje que Harmer había estado emitiendo hasta segundos antes de desvanecerse en el aire?
En Londres, la sospecha del sabotaje se instaló de inmediato en las oficinas del MI5, sobre todo porque en la lista de los once pasajeros del “Star Dust” tres nombres llamaban especialmente la atención.

El primero era el de Casis Said Atalah, un palestino que, supuestamente, regresaba a Chile después de visitar a su madre enferma en Palestina. Sin embargo, el servicio secreto británico sospechaba que era un agente doble al servicio tanto de los mismos ingleses –conviene recordar que en 1947 Palestina seguía siendo oficialmente un protectorado británico– como de las organizaciones judías que, desde Sudamérica, estaban comenzando a preparar el inminente traslado de personas al futuro estado de Israel. Fuera cual fuese la verdad, según la inteligencia londinense, Said transportaba una pequeña cantidad de diamantes que debía entregar en Chile a un misterioso receptor.

El segundo nombre que los agentes al servicio de Su Graciosa Majestad marcaron en rojo fue el de Paul Simpson, un diplomático adscrito al servicio de mensajería del Foreign Office. Simpson portaba una valija diplomática con una gran cantidad de lingotes de oro y documentos de la embajada británica en Santiago de Chile, relativos –según todos los indicios– a la presencia de antiguos oficiales nazis en Argentina y la protección que les brindaba el gobierno de Juan Domingo Perón.

El último interrogante estaba puesto junto al nombre de Peter Young, oficialmente un agente comercial de la empresa de neumáticos Dunlop pero, en realidad, hombre de confianza del recién derrocado príncipe Miguel I de Rumanía.

Así que, en un pequeño avión sobre los Andes, se habían reunido un agente doble palestino, un funcionario cazanazis y el mentor de un rey depuesto por los comunistas en un país que había tomado partido por el Eje durante la Segunda Guerra Mundial. Una combinación demasiado explosiva para pensar que lo del “Star Dust” fue sólo un accidente.

¿MISTERIO RESUELTO?
Los restos del “Star Dust” fueron hallados en 1998 cuando a un guía de montaña argentino, Pedro Reguera, en plena escalada por un abrupto paso del glaciar Tupungato, a 5.000 metros de altura, le llamó la atención un brillo metálico que se reflejaba en la distancia. Al acercarse observó como en un bloque de metal que emergía de la nieve estaban grabadas las letras “OLLS ROYCE” y a su regreso se lo comentó a un amigo suyo, militar de un destacamento andino.

En el año 2000, tras algunos retrasos debido al mal tiempo, el ejército argentino mandó una expedición más completa al lugar en busca de restos –tanto mecánicos como humanos– y regresó con una de las ruedas, una hélice, el bloque de un motor, un brazo del tren de aterrizaje, algunos restos de ropa, un asiento, un fuelle, tres torsos congelados, una mano de mujer… y las billeteras de los pasajeros y tripulación vacías. Tampoco había equipaje alguno en la bodega de carga.

Tanto la posición del álabe de la hélice como la retracción del tren de aterrizaje, sugerían que no se produjo ningún fallo mecánico y que el avión no estaba configurado para una inminente toma de tierra de emergencia; aunque tampoco hubiera tenido ningún sentido intentarlo en ese lugar.

La Junta de Investigación de Accidentes de la Aviación Civil de la Argentina –JIAAC–, en colaboración con expertos internacionales, determinó que el avión volaba casi al límite de su techo operativo para evitar el mal tiempo y que a esa altura el “Star Dust” se metió de lleno en un jet stream, una corriente vertical de chorro que llevó al comandante Cook a cometer un error de navegación y lo desvió 64 km de su ruta. Aunque el jet stream es un fenómeno perfectamente conocido para los pilotos de hoy en día, no lo era en la época del accidente, ya que muy pocos aviones eran capaces de ascender hasta los niveles en el que se produce.

La hipótesis, en cualquier caso, suena tan factible como cualquier otra que se quiera dar para explicar por qué un avión acaba impactando contra una montaña tras un vuelo complicado.

Pero accidente o sabotaje… la principal de las preguntas, 70 años después, sigue sin tener respuesta: ¿qué quiso decirle al mundo el joven Dennis Harper con la palabra S-T-E-N-D-E-C? El misterio continúa vivo 70 años después.

¿UN ENCUENTRO OVNI?
Cuando desapareció el Star Dust había pasado poco más de un mes y medio desde que Kenneth Arnold divisara los ya famosos nueve “platillos voladores” sobre el monte Rainier y del supuesto "alienizaje” de Roswell. La comunidad internacional se hallaba aún en pleno impacto mediático por ello e, inevitablemente, el incidente del vuelo CS-59 tuvo también su versión OVNI.

No faltaron quienes aseguraron que la aeronave había impactado o de algún modo visto alterado su vuelo por la presencia de un No Identificado. Uno de los más fervientes defensores de dicha teoría era Edward Plunkett, quien fundó cinco años después del incidente sobre los Andes la British Flying Saucer Bureau.

Plunkett era primo del radiotelegrafista Dennis Harmer y estaba seguro de que aquél –que le había confesado haber visto extraños aparatos voladores que creía de origen extraterrestre– había querido transmitir algún tipo de mensaje al respecto. Era imposible –afirmaba Plunkett– que su pariente cometiera tres veces un grave error de transcripción Morse cuando no los cometía ni siquiera cuando su bombardero estaba siendo atacado por los cazas a reacción de la Luftwaffe.

Aseguraba que dos semanas antes del incidente, el gobierno chileno y argentino habían reportado la presencia masiva de varios OVNIs en la zona y que la South American Airways estaba al corriente de ello. Además, dos años más tarde, dos aviones de la misma compañía desaparecieron en circunstancias igualmente inexplicables.

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Comentarios

Interesante artículo...da para la reflexión

BUENAS TARDES, SOLICITO ME INDIQUEN COMO HAGO PARA SUSCRIBIRME A SUS REVISTAS.
MUCHAS GRACIAS.

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