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¡Salto en el tiempo!

Sábado 29 de Septiembre, 2018
¿Se puede hacer un viaje en coche que dura 5 horas en apenas sólo 2? El testigo de este increíble caso así lo cuenta, sabe que fue real, aunque aún no ha sido capaz de explicarse cómo sucedió algo tan inaudito. Carlos Ollés.

Sin duda alguna, lo más desconcertante del fenómeno OVNI no es la experiencia en sí que experimentan los testigos, sino la mezcla de sentimientos, sensaciones y preguntas sin responder de las que te hacen partícipe.

Todos estos sentimientos y sensaciones me transmitió involuntariamente Modesto –nombre ficticio–, un taxista de la ciudad de Zaragoza que, durante nuestra primera entrevista, se mostró muy reacio a compartir su experiencia. Recuerdo que, para nuestro primer encuentro, lo había citado en un céntrico bar de Zaragoza.

El testigo es un hombre abierto y muy hablador, pero su expresión mudó automáticamente cuando empezó a desgranar los detalles de su fantástico relato. Habían pasado más de 10 años, pero seguía teniendo su experiencia muy presente. Mientras estábamos sentados frente a frente, Modesto tomó un sorbo de cerveza y a continuación comenzó a relatarme lo que tanto le incomodaba…

UNOS INSÓLITOS PASAJEROS
“Allá por la primera mitad de los 80, me encontraba en la parada de taxis existente en la antigua estación de El Portillo, esperando la llegada de un Talgo procedente de Madrid y con destino Barcelona.

Me encontraba solo en la zona de espera de vehículos. Serían las dos de la madrugada y recuerdo que era verano porque, aun siendo de madrugada, hacía calor. Yo estaba de pie fuera del taxi, fumando tranquilamente. No me había acabado de fumar el cigarro cuando noté que alguien estaba abriendo la puerta del coche que daba a la acera.

Como la estación era frecuentada por algún que otro maleante, me giré de inmediato. Allí, de pie en la acera, había dos tipos muy altos –dos jugadores de baloncesto extranjeros, pensé yo–. No traían maletas. El que tenía la puerta abierta me miró; el otro parecía que mirara la acera de enfrente, y ambos permanecían inmóviles. Tenían la cara como la de un maniquí, como plastificada; el pelo era rubio, muy claro, los dos eran iguales, tanto que pensé: ‘Igual son hermanos gemelos’.

El momento fue muy extraño, tenso, diría yo. Les dije: ‘Suban, suban’. Y así lo hicieron. Subieron los dos por la misma puerta para acomodarse en la parte trasera. Vestían una especie de gabardina y unos pantalones algo holgados, pero ajustados por los tobillos. Eran los dos iguales, como si fueran uniformados. Después de acomodarnos los tres, les pregunté dónde querían ir.

Uno de ellos –no sé precisar cuál–, me contestó con una voz algo rara, como si estuviera afónico, algo gutural: ‘¡A Pamplona!’. Era la primera vez que los oía hablar. ‘¿Al Paseo Pamplona?’, les pregunté yo. ‘No, ¡a Pamplona!’, volvió a repetir con el mismo tono de voz. Así que bajé la bandera y me encaminé hacia la autovía de Logroño. Yo, de vez en cuando, los miraba por el espejo retrovisor.

Para mí que ni parpadeaban. Me encontraba incómodo, pero en el fondo no me producían ningún temor. Intenté hablar con ellos porque el viaje es largo, y si manteníamos una conversación se haría más corto, pero no hubo forma; no dijeron ni media palabra.

Para hacer más llevadero el camino, puse la radio, pero extrañamente no funcionaba. La trasteé un poco, pero nada dio resultado. Resignado, me armé de paciencia y conduje todo el camino en el más absoluto silencio. (…) Tuve mucha suerte, pues no encontré a nadie por la carretera durante todo el camino. La verdad es que el viaje fue inmejorable, sin nada de tráfico.

Pensaba encontrarme con bastantes camiones, pero no tuve que adelantar a nadie. Lo único malo es que llevaba a esos dos tipos extraños detrás sin decir ni mú. Ni siquiera parecían respirar. (…) Cuando estábamos entrando en Pamplona me fijé de nuevo en ellos. Gracias a la luz de las farolas pude verlos con más detenimiento.

Parecía como si su mirada estuviera perdida; no miraban por las ventanillas del coche, algo raro, ya que las personas suelen mirar por la ventana de su lado siempre que pasas alguna población. Pude ver perfectamente su mirada perdida y siempre al frente.

De repente, y sin previo aviso, cuando estábamos a la altura del estadio de fútbol del Osasuna, uno de ellos dijo: ‘¡Pare aquí!’, de nuevo con esa voz cavernosa que me asustó. (…) Paré a la derecha. Abrieron la puerta del taxi y bajaron. A día de hoy, aún no sé si me pagaron, pero a la hora de hacer el balance con el gasto mensual del gasoil todo cuadraba.

O me pagaron y no lo recuerdo –cosa que me extraña–, o no gasté gasoil. Allí quedaron de pie, de espaldas a mí, mirando el estadio de fútbol. Yo continué. Hice el cambio de sentido más adelante y puse dirección a Zaragoza. Cuando pasaba justo por el lado contrario a donde los había dejado, miré para verlos de nuevo, pero ya no estaban. (…) Habría recorrido muy pocos kilómetros cuando de pronto apareció en la carretera una espesa niebla.

‘¡Qué raro! –pensé–, en pleno verano y una niebla tan espesa’. Tenía que ir muy despacio, pues sólo veía una cortina de niebla. De pronto, me encontré un camión u otro vehículo de grandes proporciones circulando delante de mí, también despacio; no sabría determinar qué aparato era, sólo veía las luces rojas traseras. A mí me daba la impresión, por las luces que llevaba, de que ocupaba toda la carretera, o por lo menos gran parte del otro carril. Cuando me acercaba mucho a este vehículo se encendían sus luces de freno.

Eran tan potentes que me deslumbraban. Entonces frenaba para separarme un poco y las luces se apagaban. Era extraño. En un par de ocasiones más repetí la maniobra y ocurrió lo mismo. Era como si no quisiera que me acercara. No sé precisar en qué kilómetro ni en qué carretera, pero el vehículo de delante se desvió en un momento concreto por mi derecha. Segundos más tarde, la espesa niebla desapareció de repente. Volví a estar solo en la carretera.

Trasteé de nuevo la radio para ver si funcionaba… nada de nada. Fui conduciendo, calculo, como un cuarto de hora, con todo despejado y sin encontrarme con ningún coche. De pronto y sin saber de dónde había venido, otra vez apareció la niebla y, a los segundos, lo mismo de antes. Otra vez un camión muy grande delante de mí, o el vehículo que fuese, pero grande. La espesa niebla me impedía reconocer qué tipo de vehículo era. Volvimos a las andadas.

Cuando me acercaba mucho, se encendían las luces rojas; cuando me apartaba, bajaban de intensidad o se apagaban. (…) Llegué a plantearme si podía ser el mismo vehículo que había llevado hacía tan solo un cuarto de hora delante del taxi. Pero, ¿cómo podía haber corrido tanto? Si se había desviado de la general para encontrarse ahora delante de mí, tenía que haber corrido mucho.

Entonces, la espesa niebla desapareció de pronto, y el “camión” con ella. Esta vez, ni siquiera había cogido desvío alguno. No sé cómo había sucedido, pero delante del coche no estaba, me encontraba de nuevo solo en la carretera”.

INCERTIDUMBRE
Modesto miraba constantemente a su alrededor sin llegar a reconocer el paisaje, e ignorando en qué tramo se encontraba. A lo lejos, el testigo pudo apreciar unas luces que parecían pertenecer a alguna población o polígono industrial. Al verlas, pensó que podría ubicarse bien:

“Las luces estaban a ambos lados de la carretera. Conforme me iba acercando, fui reconociendo el entorno, pero no podía ser. ‘Me estaré confundiendo’, pensé. Aquello era inaudito, pero no; cuanto más me acercaba, menos dudas tenía de dónde me encontraba. Lo que estaba reconociendo eran las instalaciones militares de la Academia General Militar de Zaragoza, en la carretera de Huesca”.

Modesto no podía comprender qué estaba pasando: él tenía que estar en la carretera de Pamplona o, en su defecto, en la de Logroño. Sin embargo, se encontraba en la carretera de Huesca y prácticamente dentro de la capital maña. Angustiado por estas cavilaciones, de pronto la radio volvió a funcionar, dándole un buen susto. Fue entonces también cuando se fijó en el reloj.

Se dio cuenta de que tan sólo llevaba unas dos horas de viaje… “Eso era imposible, no podía ser: entre la ida y la vuelta, tenía que haber tardado cerca de 5 horas”. Aquella madrugada, cuando llegó a casa, Modesto no consiguió dormir. “Cada vez que pienso en esos personajes me recorre un escalofrío por la espalda”. El testigo no comprende ni sabe explicar qué sucedió aquella noche. Tiene muy claro que fue real y lo mal que lo pasó después.

La experiencia del taxista zaragozano parece un curioso caso de teleportación, e incluso cabría pensar en una posible abducción ocurrida entre los dos momentos en los que apareció la espesa niebla. Modesto hace referencia constantemente a la tranquilidad y la falta de tráfico en la carretera, una pauta que se repite siempre que el fenómeno está actuando.

Aunque a decir verdad, toda la “función” habría empezado en el instante en que sintió la necesidad de acudir antes de tiempo a la parada de taxi para descansar, algo que no hacía normalmente.

Lo que me descoloca del relato es la presencia de los dos extraños individuos. Estos personajes, bajo mi punto de vista, fueron simplemente actores secundarios de toda esta puesta en escena, y, aun siendo parte importante de la rocambolesca experiencia, no tuvieron una función relevante en la misma –aparentemente–. En todo caso, su único papel fue el de intranquilizar a Modesto y ser la excusa para viajar a Pamplona.

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