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Saltos en el tiempo y en el espacio

Lunes 22 de Agosto, 2016
Las crónicas de todos los pueblos recogen sorprendentes casos de supuestos viajes en el tiempo y en el espacio. Chris Aubeck y Jesús Callejo nos los cuentan en el libro Viajes inexplicables, recién publicado por Ediciones Luciérnaga.

Si han visto Jumper (2008), sabrán que es un thriller de ciencia ficción que relata las aventuras épicas de un hombre que descubre que tiene la habilidad más alucinante de todas: puede teletransportarse a cualquier lugar del mundo que imagine, dando saltos en el espacio –no en el tiempo–. Desde Nueva York a Tokio, desde las ruinas de Roma al corazón del desierto del Sáhara, cualquier destino es posible para David Rice. El sueño de cualquier viajero: la posibilidad de atravesar agujeros de gusano del tejido espacio-temporal para plantarse ante cualquier ciudad, edificio y lugar que desee su mente. En un abrir y cerrar de ojos, puede “saltar” de un lado de la tierra al otro y regresar, puede recorrer veinte puestas de sol en una noche, desayunar ante la Esfinge, pasar el día surfeando en Australia, ir a París para cenar y acabar durmiendo en el desierto de Japón. Hasta que descubre que su libertad no es total, que no está solo, que hay otros jumpers –saltadores– y que la existencia de éstos, que pertenecen a una especie extraordinaria, está amenazada. ¿Todo es ciencia ficción? 

En los saltos temporales no siempre es necesario estar en un escenario del pasado, reviviendo una batalla o un acontecimiento histórico.

El caso que expondremos a continuación es singular por cuanto es la propia habitación la que se transforma, adoptando la apariencia que debió de tener en algún momento del pasado, sin que eso implique que sucedió algún acontecimiento extraordinario. Veamos lo que cuenta y cómo lo cuenta un periódico australiano:

“Hace algunos años, cuatro señoras, mujeres piadosas y de vida ejemplar, comenzaron un viaje turístico por Alemania. En su visita a Colonia se alojaron en el hotel Dom, en dos habitaciones dobles que estaban comunicadas por una puerta, que dejaban abierta. Antes del amanecer, una de las mujeres se despertó al notar una luz brillante que caía sobre los pies de su cama, situada en un rincón de la habitación, entre la ventana y la pared. La luz parecía entrar por un pequeño ventanuco que había cerca del techo; sin embargo, ella estaba segura de que allí no había ninguna ventana cuando se fue a la cama. La luz era continua y persistente. Despertó a su amiga, que por supuesto también la vio. Sus susurros despertaron a las otras dos amigas de la habitación contigua. Las cuatro mujeres se quedaron contemplando aquella luz misteriosa.

Al cabo de un rato, la más audaz se ofreció a subirse a la cama para tratar de averiguar de dónde provenía tan extraña iluminación. Se puso de puntillas sobre la cama y miró a través de la ventana; y vio, en la parte inferior, una gran sala señorial, con una alfombra de junco y varias mesas de caballete dispuestas a lo largo de toda la habitación, de un extremo al otro, con los restos de lo que parecía haber sido un gran banquete. En el centro, entre las mesas, había un par de botas de montar muy grandes, manchadas y sucias. Sin embargo, no había ni el menor rastro de presencia humana. Podía ver la fuente de luz que iluminaba la sala y que entraba en su habitación a través de la pequeña ventana.

Se quedó un rato contemplando la escena. La luz seguía brillando, pero la sala permanecía vacía. Finalmente, las mujeres decidieron que era inútil seguir esperando y abandonaron la guardia. Cuando se despertaron por la mañana, comprodamas estaban de vacaciones y eran Anne Moberly y Eleanor Jourdain, directora y subdirectora, respectivamente, del St. Hugh’s College de Oxford. Cuando contaron lo que les había pasado, su prestigio académico quedó cuestionado, pero no por ello se retractaron de sus palabras.

Según explicaron, después de visitar el palacio de Versalles decidieron explorar el entorno en busca del Petit Trianon, pero se perdieron y, mientras vagaban desorientadas, dieron con una granja abandonada. Allí vieron un viejo arado a un lado de la carretera. En ese momento, ambas mujeres tuvieron una sensación extraña, como si las invadiera un vago sentimiento de tristeza. Pasaron por allí dos hombres que llevaban unos abrigos verdes y largos y unos pequeños sombreros de tres picos. Las mujeres les preguntaron cómo llegar al Petit Trianon y ellos, sin decir palabra, señalaron un camino que estaba justo delante de ellas. Las mujeres tomaron ese camino y llegaron a un mirador a la sombra de los árboles. Aún no se habían librado de la sensación de extrañeza, aunque todo a su alrededor estaba muy quieto.

Entonces alguien se acercó corriendo y les advirtió que iban por el camino equivocado, que tenían que cruzar por un pequeño puente. Ellas hicieron lo que les dijo y acabaron desembocando ante el Petit Trianon.

Vieron a una mujer vestida con prendas anticuadas, sentada en un taburete, dibujando. Un lacayo salió de un edificio cercano y les dijo que para entrar en el Petit Trianon debían dar la vuelta al edificio. Y allí las dos damas se encontraron con los invitados de una boda. El sentimiento de tristeza por fin desapareció, y nada extraño sucedió después. Unos meses más tarde, ya en Inglaterra, un día Anne mencionó a la mujer del taburete a su amiga, pero Eleanor aseguró que ella no la había visto. Ante aquella extraña discrepancia, decidieron apuntar, cada una por separado, lo que habían visto aquel día. Al comparar sus recuerdos de aquella jornada, descubrieron que habían visto a personas diferentes. Al mirar la fecha en el calendario, Eleanor cayó en la cuenta de que el día de su visita era el aniversario del asalto a las Tullerías en 1792, cuando Luis XVI y María Antonieta presenciaron la matanza de sus guardias suizos y fueron encarcelados en el Salón de la Asamblea.

Comenzaron a preguntarse si aquella dama no sería el fantasma de María Antonieta, o incluso si no habrían accedido de forma telepática a los recuerdos de la reina. Localizaron un dibujo de María Antonieta y Anne constató que era la misma mujer que había visto en el jardín y que vestía ropa muy parecida.

Las mujeres volvieron a Versalles en 1902 para seguir investigando. Descubrieron que el jardín no se parecía al de sus recuerdos, sino que correspondía más bien al jardín tal como estaba en el siglo XVIII. En 1911, tras casi diez años de investigaciones, publicaron un libro sobre el incidente, que titularon sencillamente The Adventure –Una aventura–; lo hicieron bajo los pseudónimos de Elizabeth Morison y Frances Lamont para preservar su identidad, dada la relevancia de sus cargos profesionales. Años más tarde se volvió a publicar el libro, esta vez con sus nombres auténticos y con otro título: Los fantasmas de Trianon; el prólogo era de Jean Cocteau. El libro se vendió muy bien, unos once mil ejemplares en dos años.

No todo el mundo creyó que hubieran viajado en el tiempo, mental o físicamente. Muchos sugirieron que probablemente se habrían perdido, y durante varios años se mantuvo una cierta controversia entre las autoras y sus lectores más escépticos. De hecho, en 1950 W. H. Salter demostró que algunos detalles de la versión publicada en 1911 habían sido añadidos a raíz de las investigaciones que realizaron después de su supuesto viaje al pasado. Sin embargo, las señoras Jourdain y Moberly siempre sostuvieron que su experiencia había sido real.

UN PROTOAVIÓN RUSO DE 1912 Y UN ALCALDE ALELADO
En 1912, la agencia oficial de noticias rusa SPTA –Agencia Telegráfica de San Petersburgo, el precedente de la TASS–, cuando el zar Nicolás II todavía disfrutaba de su poder y la aviación estaba en mantillas, dio a conocer una historia muy curiosa que salió publicada en más de doscientos periódicos. El alcalde del pueblo de Vyhilevka, Sivak, había ido a la comisaría de policía en Proskurov para contar una historia alucinante que dejó con la boca abierta a todos los que le escucharon. El día anterior, por la tarde, Sivak había visto una “máquina desconocida” en el campo y, junto a ella, a dos hombres que vestían de manera extraña. Les preguntó quiénes eran y de dónde procedían, pero ellos, en lugar de contestarle, le agarraron por los brazos y lo metieron a trompicones en la máquina. Ésta despegó y empezó a volar, pese a los gritos del alcalde, que exigía que lo devolvieran inmediatamente a tierra. Al cabo de un rato aterrizaron cerca de la ciudad de Bar, en la región de Podolsky, a unos sesenta kilómetros de Vyhilevka, y allí lo soltaron sin más. El aparato volador se marchó y desapareció en el cielo. La policía, tras oír el testimonio del alcalde, se puso a buscar a los misteriosos pilotos pero no logró ninguna pista.

Pocos creyeron que el alcalde hubiera sido secuestrado por un avión. Así se refleja en el periódico de Kharkov, el Knarkovskie Vedomosti, en su edición del 6 de enero de 1913 –19 de enero según el calendario gregoriano–.

Otro diario, el Yugo-Zapadnyi Krai, ofrecía algunos datos más en su edición del 4 de enero de 1913. El alcalde había acudido a la comisaría a las 9 de la noche y había afirmado que los pilotos tenían aspecto militar.

Lo último que le dijeron fue: “Ahora puede irse a casa”. Sivak tuvo que andar durante tres días para llegar a su hogar, si bien no podía recordar dónde durmió durante ese tiempo ni si alguien lo ayudó, como si se le hubiera borrado el recuerdo del incidente. Hay algo más: el periódico Podoliya, de Podolsk, del 6 de enero de  1913, afirmaba que el secuestro había ocurrido el 24 de diciembre de 1912 –6 de enero de 1913 en el nuevo calendario–. También decía que los pilotos no forzaron ni secuestraron al alcalde, sino que le pidieron que les ayudara a reparar el timón de la máquina volante. Al entrar, despegaron de inmediato y el alcalde Sivak perdió la conciencia. Se despertó al aterrizar en la localidad de Bar. Como ven, las diversas versiones del episodio difieren en algunos aspectos, y no parece que lo sobrenatural pinte aquí gran cosa, sobre todo teniendo en cuenta que los orígenes de la aviación rusa se remontan a los proyectos de la década de 1880 y que en la década de 1900 los avances en la aviación estuvieron a cargo del famoso Konstantin Tsiolkovsky, pionero de los viajes espaciales. De hecho, en 1904 Nikolái Zhukovski fundó el primer Instituto de Aerohidrodinámica del mundo, en Kachino, cerca en Moscú, y en 1910 el ejército imperial ruso adquirió algunos aviones franceses e inició la preparación de los primeros pilotos militares.

El investigador ruso Mikhail Gershtein señala que en ninguna de las versiones de la historia que hemos comentado sobre el alcalde Sivak se emplea el término “avión”; se limitan a decir “máquina”, porque nadie creía que se tratara de un avión normal o convencional. El alcalde no dice cómo era ese avión, el tamaño, la forma o si tenía alas, motor, cabina y demás accesorios, pero conviene saber que un año después del incidente de Sivak, Sikorsky construyó el primer biplano con cuatro motores, y su famoso bombardero. Y ese mismo año, Grigorovich construyó algunos “barcos voladores” para la Marina Imperial de Rusia.

Demasiada proximidad en las fechas como para pensar que podía ser un OVNI. Parece más probable que se tratara de un prototipo de avión de los que hemos comentado, cuya aventura aérea pilló desprevenido a un alcalde que luego no supo explicar muy bien lo que le había sucedido. Y con razón.

¿UN CESSNA QUE VIAJA EN EL TIEMPO?
Hay noticias de prensa que te dejan frío o caliente, según las interpretemos. Es el caso de la que reproducimos a continuación, que expone un suceso en el que estaría involucrada la Administración Federal de Aviación, la entidad gubernamental responsable de la regulación de todos los aspectos relativos a la aviación civil en los Estados Unidos:

WASHINGTON (UPI) - La Administración Federal de Aviación –FAA– está investigando la historia de un avión que viajó al pasado. La solicitud para que se investigara la hizo la respetable Asociación de Propietarios y Pilotos de Aviones, que comunicó a la FAA que habían conocido la historia  por boca de uno de sus miembros.

Ésta es la historia: en enero de 1960, el piloto de un nuevo Cessna 182 informó de que había chocado con un biplano Laird, bastante antiguo. Ninguno de los aviones llegó a estrellarse, pero algunos meses más tarde el piloto del Cessna encontró un biplano Laird en un granero de una granja de Ohio. En el fuselaje del Laird encontraron trozos de aluminio incrustados que correspondían al aluminio del Cessna.

También hallaron restos de pintura en el viejo Laird, y un análisis reveló que provenía de un avión modelo Cessna.

El piloto miró en la cabina del Laird y sacó el libro de vuelo. En él se daba noticia de una colisión “con un extraño avión de metal”. Llevó el registro a Washington, donde el FBI determinó mediante una prueba de laboratorio que el texto había sido escrito alrededor de 1932.

Ésa fue la historia según lo que ha comunicado a la FAA. Un portavoz de ésta dijo que ya han comprobado sus registros y no se ha encontrado ninguna colisión en enero de 1960 entre un Cessna y algo parecido a un biplano Laird. Una pregunta que preocupa a la FAA: ¿ocurrió la supuesta colisión en 1960 o en 1932? “Es una buena pregunta –dijo el portavoz, en tono irónico–. ¿El Cessna viajó en el tiempo o fue el Laird el que saltó de alguna manera a 1960? Yo sólo sé una cosa: si el FBI realmente analizó el registro de vuelo para establecer su autenticidad, ya me creeré cualquier cosa”. Como vemos, el caso tiene todos los ingredientes de un expediente X: la agencia federal estadounidense de por medio y un incidente aéreo anómalo que implica un viaje o salto en el tiempo. Como  a habrán adivinado, nunca se supo nada más del asunto. Y lo del expediente X no lo decimos en broma. Gracias a una noticia publicada en el periódico The Wall Street Journal en 2015, se supo de la existencia de un programa de vigilancia masiva desplegado por el uerpo de Alguaciles de los Estados Unidos con aviones Cessna equipados con dispositivos que simulaban ser antenas de telefonía móvil.

En teoría, este programa pretende facilitar la localización y detención de criminales, pero evidentemente vulnera los derechos de privacidad de los ciudadanos. Algo que activa las alarmas mediáticas debido a que la CIA tiene prohibido realizar este tipo de acciones dentro del territorio estadounidense. Pero…

Sigue leyendo en el libro Viajes inexplicables, (Ediciones luciérnaga) de Chris Aubeck y Jesús Callejo 

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