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Los secretos de la biblia del diablo

Lunes 30 de Octubre, 2017
El Codex Gigas o biblia del diablo es famoso por ser considerado el manuscrito latino más grande de Europa conservado y contener un inexplicable retrato del diablo. Rasgos de un códice que puede aportarnos datos fascinantes para adentrarnos en uno de los enigmas literarios más interesantes de la baja edad media.
Por:Jerónimo Méndez

El manuscrito, por su tamaño y características, ha avivado la imaginación de las gentes y se ha visto envuelto en diversas leyendas. La más famosa de ellas –y que supone tal vez una variante de la popular historia de Teófilo el Penitente, base del mito de Fausto–, hace referencia al escriba que lo confeccionó como autor material: un monje del monasterio bohemio de Podlaice, cerca de Chrudim, condenado a ser emparedado vivo por haber cometido una terrible ofensa contra su condición monacal y contra el orden divino. Así se interpreta el término inclusus que, en el calendario necrólogico y santoral que constituye una de las últimas partes del códice, aparece junto al que podría ser el nombre del misterioso amanuense.

Para expiar su pecado, este monje anónimo propuso al abad la labor penitencial de escribir el libro más grande del mundo en una sola noche, como medio para redimirse. Así que reunió los materiales y los enseres necesarios para tal tarea y se aisló en su celda para acometer el trabajo. Sin embargo, a las pocas horas, ante el entumecimiento persistente de sus manos y la vista cansada, se dio cuenta de que aquella era una tarea poco menos que imposible para un solo escriba y que no tendría fuerzas suficientes para acabar el libro antes del alba. Fue en aquel momento, aterrorizado y desesperado ante la imagen de la muerte esperándolo tras el canto del gallo, cuando tuvo la idea de invocar al diablo para que lo ayudara, con sus poderes maléficos, a acabar el manuscrito.

El maligno aceptó de buena gana, a cambio, eso sí, de su alma y de un capricho: el manuscrito debía contener, en una página, un fidedigno retrato suyo.

Ante el asombro y la sospecha de sus congéneres, el monje presentó el manuscrito terminado al día siguiente y fue perdonado. Pero, en pocas semanas, el recuerdo de su pacto con el diablo, y la terrible traición religiosa y la muerte espiritual que ello conllevaba, con su alma eternamente condenada a los suplicios del infierno, llevó al religioso a un estado cercano a la locura. No tuvo más remedio que encomendarse, rezo tras rezo, a la Virgen María, para que intercediera por él y pudiera ser perdonado. La Virgen, finalmente, accedió a salvarlo pero, justo en el momento de recibir el perdón divino y ser absuelto de su pacto, súbitamente, el arrepentido penitente murió. Y la risa de Satanás, claro está, retumbó desde lo más profundo del averno.

Sea o no inclusus el vocablo en latín que pudiera justificar la leyenda, lo más sorprendente es que la caligrafía del manuscrito se mantiene prácticamente inalterada a lo largo del texto. Y, más allá de toda lógica, un sentimiento de curiosidad y fascinación invade al investigador que se enfrenta por vez primera a la realidad del códice. Por eso, si pasamos a analizar el manuscrito, tal vez podamos vislumbrar qué parte de verdad y qué parte de misterio contienen las formidables páginas de este gigas librorum.

EL “A 148” Y SU HISTORIA
El Codex Gigas es un códice de inicio del siglo XIII –se cree escrito entre 1204 y 1230–, de origen desconocido, conformado por 310 hojas de pergamino –probablemente confeccionado con piel de becerro– cuyas páginas manuscritas en dos columnas de 106 líneas, redactadas por un mismo y anónimo amanuense, presentan un tamaño de 89 cm de alto por 49 cm de ancho, dimensiones que, según los expertos, no son originales, pues el códice, antes de reducirse en épocas posteriores, podría haber presentado un tamaño real de 90 por 50 cm. Y un dato más: nos encontramos ante un ejemplar de casi 75 kilos de peso.

Si bien la identidad del escriba que lo confeccionó y el lugar –fuera un scriptorium concreto o una celda de reclusión–, así como la manera exacta en que lo hizo, se desconocen, una nota escrita en el primer folio nos anuncia que los primeros propietarios del códice fueron los monjes benedictinos de Podlaice, que se vieron obligados a vender el manuscrito a los cistercienses de Sedlec. Considerado como una de las maravillas del mundo, fue adquirido por Bavo de Netin, abad de Brevnov, el monasterio más grande de Bohemia, cercano a Praga, en 1295 o un año después.

Estos tres monasterios eran centros monacales de la antigua Bohemia y, aunque es cierto que el Codex Gigas fue confeccionado en algún lugar de Bohemia, probablemente no fue en Podlaice, un monasterio pequeño y pobre.

Posteriormente, el manuscrito se vio envuelto en ciertos avatares históricos. Con el estallido de las Guerras Husitas en 1420, los monjes de Brevnov se vieron obligados a evacuar el monasterio y trasladarse a la comunidad filial de Broumov, donde el Códice Gigantesco fue visto por M. Johannes Frauenberg de Görlitz, quien escribiría una carta desde Broumov en 1477, describiendo el manuscrito, según apuntó Joseph Dobrovsky en 1796, miembro de la Real Sociedad de Ciencias de Praga, que realizó la primera descripción moderna del códice.

Curiosamente, durante el siglo XVI, el Codex sirvió como album amicorum, una especie de libro de visitas. Varios eclesiásticos de Praga y de la vecina Silesia, así como diversas personalidades seculares, escribieron sus nombres en el manuscrito cuando visitaron el monasterio de Broumov, entre los cuales se cuenta Christopher Schlichtig, médico del príncipe Guillermo V de Bavaria y adepto del místico y médico suizo Theophrastus Bombastus von Hohenheim, más conocido como Paracelso (1493-1541). En 1594, Rodolfo II de Habsburgo (1552-1612), rey de Hungría y de Bohemia, reconocido bibliófilo y amante de lo oculto, tomó el códice prestado –para no devolverlo jamás– y lo trasladó a su castillo en Praga, donde permaneció hasta que, durante la Guerra de los Treinta Años, fue llevado a Estocolmo por el ejército sueco, en 1649. Pasó entonces a formar parte de la colección de la reina Cristina de Suecia, dentro del catálogo de la biblioteca real. Se salvó de milagro de un incendio en 1697 al ser lanzado por una ventana y, a pesar de los daños sufridos en la caída –amortiguada, según se cuenta, por un malogrado sueco que en aquel momento se encontraba debajo–, allí permaneció hasta 1877, cuando entró a engrosar el fondo de la nueva Biblioteca Nacional de Suecia. En 1970 viajó hasta el Metropolitan Museum de Nueva York y el 24 de septiembre de 2004 regresó a Praga para ser exhibido temporalmente en la Biblioteca Nacional Checa hasta 2008, cuando volvió a Estocolmo, donde se ha conservado hasta hoy bajo las siglas de “MS A 148”.

UNA BIBLIA INUSUAL
El Codex Gigas está conformado principalmente por cinco textos de gran extensión y una Biblia completa, siguiendo ésta, excepto en el Libro de los Apóstoles y el Apocalipsis, la traducción latina de la Vulgata de san Jerónimo, pero en una secuencia que corresponde a la versión reorganizada que prescribió el teólogo Alcuino de York (735-804), mano derecha de Carlomagno –con raras modificaciones en el orden de los libros en el caso del Codex, y el añadido del libro profético de Baruc, que sí contenía la Vulgata–. Sin embargo, los dos Testamentos que la conforman, en contra de lo habitual, aparecen separados en diferentes sitios del manuscrito, dando como resultado una lectura fraccionada y complementada al tiempo por otras obras.

Imagen estereoscópica de 1906 en la que aparece el gigantesco manuscrito que ha sido objeto de interés, tanto por su tamaño como por su contenido, durante siglos.

Así, el códice se abre con el Antiguo Testamento –folios 1v-118r–, seguido por dos trabajos de carácter historiográfico: las Antiquitates Iudaicae Antigüedades de los judíos, ff. 118r-178v– y De bello Iudaico La guerra de los judíos, 178v-200v–, ambos del historiador Flavio Josefo –del siglo I–. Después de Josefo, los folios siguientes contienen las enciclopédicas Etymologiae de Isidoro de Sevilla –siglo VI,– en los folios 201r-239r, seguidas de ocho tratados médicos –los cinco primeros bajo el título de Ars medicinae, utilizados desde el siglo XII por los alumnos de la escuela de Salerno y en todo el Occidente cristiano, y los tres últimos sobre medicina práctica, escritos por el benedictino Constantino el Africano en la segunda mitad del siglo XI–. A continuación encontramos el Nuevo Testamento –253r-286r– y, después de ciertos textos de menor extensión y las dos imágenes que caracterizan como único el manuscrito, el último de los textos extensos es la Chronica Boemorum de Cosmas de Praga (1045-1125), la primera historia conocida del reino de Bohemia –294r-304r–.

El códice constituye así un fascinante recorrido por la cultura medieval que parte de la Creación Universal y nos traslada, a través de distintos textos, a los hechos históricos que tuvieron que ver con la conformación del antiguo reino de Bohemia.

Hay, sin embargo, en este recorrido, algunas paradas obligatorias que son claves para entender –o, al menos, intentarlo– el porqué de semejante compilación.

UNA ENIGMÁTICA CONFESIÓN
Además de las obras citadas, el códice contiene algunos textos más breves. El primero de ellos, ubicado en el manuscrito antes de una imagen que ilustra la Jerusalén Celeste, entre los folios 286v-288v, constituye una obra sobre la penitencia y la confesión de los pecados a partir del caso de un clérigo anónimo que confiesa sus debilidades y viles deslices, tanto de pensamiento, palabra como de acción. En esta confesión podemos encontrar unas frases invocatorias iniciales, dirigidas a Dios, Cristo, los ángeles, los patriarcas de la Iglesia, los profetas, apóstoles y numerosos santos, seguidas de una larga enumeración de las ofensas cometidas por el pecador contra su condición clerical, así como, especialmente, contra la abstención sexual y los placeres de la carne. Seguidamente, leemos una exposición sobre los siete pecados capitales y sus ramificaciones, según la tradición cristiana desde Gregorio el Grande.

La confesión concluye con una plegaria de arrepentimiento y supone, a todas luces, el texto más significativo del códice, si pensamos en la leyenda que concierne a los orígenes del manuscrito. ¿Es esta confesión un manual en primera persona para religiosos potencialmente pecaminosos o supone, asimismo, la retractación de aquel monje que escribió el Codex Gigas como acto de penitencia? ¿Fue el pecado que cometió, y que le valió la condena de ser emparedado vivo, de naturaleza sexual, como parece indicar el manuscrito? Seguramente nunca lo sabremos, pero si atendemos a los casos de incontinencia y concubinato clerical que distintas regulaciones eclesiásticas y concilios denunciaban desde los inicios del siglo XIII, quizás no sea descabellado especular que la inclusión de esta confesión en el manuscrito obedezca a razones relacionadas con ello.

…Y UN TRATADO DE EXORCISMOS
El segundo de los textos menos extensos del códice se sitúa después del famoso retrato del diablo, posiblemente como protección o contrapunto a éste, y constituye una serie de instrucciones para la expulsión de espíritus malignos causantes de enfermedades. Supone un breve tratado  de exorcismos basado en un total de tres conjuros y dos encantamientos o fórmulas mágicas para reconstituir la salud y ahuyentar el mal –290v-291r–. El primero de ellos –Contra morbum repentinum– está destinado a combatir la enfermedad súbita y el demonio que la provoca, al que dirige unas herméticas palabras iniciales cargadas de poder divino para la mente medieval, entre las que se intercala el símbolo de la Cruz: “+ PUTON PURPURON+DIRANX + CELMAGIS + METTON + ARDON + LARDON + ASSON CATULON + HEC NOMINA DABI TIBI IN NOMINE PATRIS ET FILII ET SPIRITUS SANCTI UT DEUS OMNIPOTENS LIBERET te ab isto repentino morbo. sanctus sanctus sanctus. agyoz agyoz K X K Pater omnipotens de celo liberet te ab isto morbo”. Un conjuro que podríamos traducir como: “+ puton purpuron (…) catulon + Estos nombres yo te entrego en nombre del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo para que Dios Todopode- roso te libere de esta enfermedad repentina. Santo, santo, santo (…) Que desde el cielo el Padre Todopoderoso te libere de esta enfermedad”.

Los dos conjuros siguientes son contra febres, es decir, fueron redactados para ser declamados a enfermos que padecieran algún tipo de estado febril. El primero invoca, como causantes de las calenturas y para expulsarlas del cuerpo de un siervo de Dios, a las siete hermanas de Satán: Ilia, Restilia, Fogalia, Suffogalia, Affrica, Ionea e Ignea.

En el segundo, un demonio sediento de sangre, de nombre Odino, con 150 garras, es convocado e impelido a no dañar a su víctima y a “dormir como un cordero lechal”.

Por otra parte, las dos fórmulas mágicas, tienen que  ver con algo más material pero igualmente pernicioso, resultado de ultrajar el séptimo mandamiento: el hurto;  y prescriben cómo atrapar a un ladrón con la ayuda de   un médium virgen o qué hacer para ver en sueños el robo como sucedió en realidad. El primero de estos medievales métodos criminológicos –Experimentum in ungue pueri per quod videtur furtum– consistía, según el Codex Gigas, en ungir las uñas del joven médium con un número determinado de gotas de aceite –una cifra de difícil intelección en el manuscrito, que pudiera interpretarse tal vez como “L D”, es decir, 450– para que luego, con una serie de invocaciones devotas, él mismo pudiera ver la imagen del ladrón, que aparecería reflejada en el brillo aceitoso de sus uñas.

UN CALENDARIO NECROLÓGICO Y UNA RÉGULA PERDIDA
En las últimas catorce páginas se encuentra un calendario –305v-311r– que presenta un listado de santos y esquelas de personalidades bohemias en los días fijados para su conmemoración, precedido por una lista de nombres que probablemente pertenezcan a los miembros o benefactores de una de las comunidades monásticas donde residió el Codex –seguramente, Podlaice–. Estas listas de benefactores solían ser redactadas por escribas a lo largo de los años, pero en el caso del Codex Gigas parece ser una transcripción que presenta una única caligrafía.

Es en el folio 310v del Calendario, perteneciente al día  10 de noviembre, donde se halla la referencia, mediante diversas abreviaturas de uso común en los manuscritos medievales, al misterioso Hermannus monachus inclusus, un tal Germán el monje, que ha dado tanto juego en la difusión de la leyenda que concierne al escriba condenado del manuscrito, pues el epíteto latino inclusus puede leerse como “recluido” o “enclaustrado”, haciendo referencia a una celda monástica como lugar de aislamiento espiritual o penitencial, pero también como “encerrado” o “prisionero”, un significado mucho más sugerente.

Pero además, según la nota sobre la cesión del códice al monasterio de Sedlec, existió otra obra que incluía el Codex en sus primeros tiempos pero cuyas páginas fueron arrancadas por causas desconocidas: la Regula monachorum de San Benito de Nursia, que habría seguido en el códice a la crónica de Cosmas. Esta guía para la vida monástica redactada por el fundador de la Orden benedictina en el siglo VI supuso la mayor influencia en los preceptos y modus vivendi de los monjes durante todo el medievo hasta la aparición de las órdenes mendicantes. Un texto que instauraba el castigo del propio cuerpo como medida plausible ante las tentaciones de la carne; un pecado, el de la lujuria, junto al de la risa y las palabras deshonestas, que había de permanecer, según San Benito, lo más alejado posible de la paz enclaustrada de los monasterios.

EL RETRATO DEL DIABLO
En el folio 290 d aparece una imagen que debió de estremecer a aquellos que pudieron observarla en épocas pretéritas y que todavía hoy resulta impactante. Centrada y ocupando casi la totalidad de la página, sobre un fondo

vacío, entre dos altas columnas, una figura diabólica, con cuernos encarnados y con garras de cuatro dedos levanta- das hacia arriba, presenta un rostro verdoso y escamado que lanza una mirada directa desde unos ojos desorbitados y exhibe los ápices de lo que asemeja ser una lengua bermeja y viperina, únicamente ataviado con una piel de armiño –de connotaciones monárquicas– que le sirve de saya, como símbolo de su condición de Princeps Tenebrarum. Se trata de un inusual retrato del diablo.

Según los especialistas, este retrato tenía el objetivo de hacer recordar a aquél que lo contemplara la condenación del mal y del pecado. Al tiempo, infundía el temor como método persuasivo contra la tentación, mostrando cuál era el destino de los culpables: las garras y fauces de Satanás. No se incurre, de esta manera, en una descripción gráfica del infierno, con sus llamas, sus demonios y sus terribles castigos, como nos encontraremos en otras obras pictóricas de los siglos bajomedievales, sino que, en este caso, en un icono se encuentra personificado lo que significaban la maldad y la infamia para la mente medieval. Máxime si se trataba de un monje del siglo XIII. De hecho, en el manuscrito, este retrato confronta con otro folio donde encontramos representada la Ciudad de Dios o Jerusalén Celeste.

La ubicación de ambas páginas, con sendas representaciones, del bien más anhelado por el creyente medieval yde la ruindad y la angustia más aborrecidas, no es casual.

Significativo es también el orden en el que aparecen las   dos páginas en el Codex Gigas, pues el folio representando la Jerusalén de Dios va después de la confesión anónima explicada más arriba, como si se tratara de la representa- ción pictórica del premio ejemplar que conlleva tal acto de contrición. Y el retrato del diablo, justo al lado de la Civitas Dei, precede al breve tratado de exorcismos que presenta el códice como si, de alguna forma, se quisiera poner remedio o protección a la presencia demoníaca en el manuscrito.

La conocida como Ciudad de Dios aparece en el verso  del folio 289 del manuscrito, a la izquierda de la efigie del maligno, representada verticalmente en diez pisos o hileras superpuestas, cada una de las cuales presenta diversos edificios, torres, y algún que otro árbol, tras sendos muros de color rojizo. Esta representación de la Jerusalén divina, que San Agustín describió en el siglo V en su De civitate Dei como alegoría del cristianismo, aparece construida o contenida también entre dos altos muros. Contraria a la Civitas terrena o la Civitas Diaboli, la idea de que el Cielo pudiera ser conceptuado como ciudad hizo de esta Jerusalén símbolo de salvación, pues la Ciudad Celestial era a donde eran destinadas las almas de los buenos cristianos.

Sin embargo, pocos conocen la existencia de otro retrato en un folio anterior del manuscrito, el único de una persona en el Codex: en el folio 118r, junto al inicio del texto de las Antiquitates, aparece un anciano barbudo vestido con una túnica y capa, cuya blanca melena aparece coronada por un sombrero acabado en punta –convención medieval para representar a los judíos–, y que ocupa aproximada- mente el tercio superior del margen derecho de la página.

Aunque la imagen no presenta ninguna inscripción, el personaje en cuestión debe de ser Flavio Josefo, autor del texto que aparece a la izquierda, obra que compendiaba la historia judía desde la Creación hasta la revuelta antirro- mana que se inició en el año 66 d.C., un texto difundido y leído a lo largo de toda la Edad Media.

A MODO DE CONCLUSIÓN
Cuando uno acaba de repasar el mayor códice medieval latino y contextualiza los textos y las imágenes que lo con- forman, no puede evitar experimentar cierta sensación de viaje. Quizás la función real del Codex Gigas tenga que ver con ello. Tal vez, el vínculo que une tan diferentes textos en un mismo códice y la razón que explica que la Biblia que contiene el manuscrito esté dividida en dos, tiene relación con esta idea de periplo. Un periplo diseñado por un monje anónimo de la primera mitad del siglo XIII, bajo circunstancias desconocidas, que nos transporta a través de la historia, el conocimiento y los terrores del Medievo.

Un recorrido que comienza en el Génesis, pasa por la historia judía, atraviesa el Antiguo Testamento, recoge  todo el saber y la ciencia cristianos de la época y, después del Juicio Final, acaba teniendo dos posibles metas para el hombre, residentes en la inmortalidad: una excelsa y otra pésima, como nos enseñan las dos muestras iconográficas más importantes del manuscrito. Es, pues, el Codex Gigas más que una simple Biblia e incluso más que una “Biblia del Diablo”: es una obra pretenciosa, ya que no se puede negar cierta voluntad enciclopédica. Este manuscrito hace las veces de compendio que reúne el relato del pueblo judío –con Flavio Josefo y el Antiguo Testamento–, la historia y el saber del cristianismo –con el Nuevo Testamento y una obra como las Etimologías de san Isidoro de Sevilla–, la filosofía moral de la época –con el ejemplo de confesión y los exorcismos para la salud del alma– así como parte de la filosofía natural –reuniendo los tratados médicos citados para la salud del cuerpo–. Y no sólo pretende una perspectiva universal sino también local –con la Crónica de Bohemia, el Calendario y la lista de nombres que lo precede–.

Sea como fuere, lo que este manuscrito único nos permite es adentrarnos en múltiples facetas de la Europa del siglo XIII. Teología, historia, arte, medicina, magia… componen sus folios, que nos ofrecen así un testimonio irrepetible de la sabiduría y las creencias del Medievo. Además, el Codex Giganteus es uno de esos casos que, como objeto insólito, presentan también ciertas incógnitas indescifrables, como ese secreto sin desvelar relacionado con la autoría real del manuscrito y que acaba haciéndonos, queramos o no, partícipes del misterio.

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