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La serpiente marina de Monongahela

Viernes 08 de Marzo, 2019
¿Aún existen reptiles marinos por descubrir? ¿Podrían ser criaturas que llevan vivas desde la prehistoria? Gustavo Sánchez Romero

La profundidad media de los océanos del planeta ronda los 3.600 m. En realidad, nadie sabe exactamente qué habita allí abajo, a veces a más de una decena de kilómetros, en el abismo. Aunque poseemos una tecnología cada vez más sofisticada, la fauna oceánica permanece oculta, desconocida.

El caso que nos ocupa apunta hacia grandes y novedosos organismos marinos, de más de dos metros de longitud. Recientes estudios ecológicos y estadísticos avalan dicha posibilidad, arrojando una cifra de una especie nueva descubierta cada cinco años. Siguiendo este ritmo aún quedan por describir científicamente entre 15 y 47 especies de animales acuáticos de gran talla.

¡POR ALLÍ RESOPLA EL MONSTRUO!
13 de enero de 1852. Océano Pacífico Sur. A unos 1.000 km de las Islas Marquesas, Polinesia Francesa. El ballenero Monongahela, procedente del puerto americano de New Bedford, Massachusetts, divisa en superficie “un extraño ser”.

La nave, capitaneada por Jason Seabury, ha zarpado dos años antes y prevé un periplo de unos tres años a la caza del cachalote. La tripulación está inquieta. Alguien divisa una cabeza de aspecto reptiliano, similar a la de un gran cocodrilo. Veamos qué describió el capitán y parte de la asustada tripulación tras arponear al Leviatán:

“Las convulsiones duraron de 10 a 15 minutos. La cabeza, que era como la de un aligátor, se alzó y volvió a caer, y el animal rodó sobre las olas quedando inmóvil; estaba muerto.

Me quité el sombrero, y vitoreando celebramos la captura de la ansiada presa. El monstruo flotaba con el vientre al sol. (…) Rápidamente concluimos que era imposible conducirlo a puerto alguno; que todo lo que podía hacerse era salvar la piel, la cabeza y algunos huesos.

Pedí entonces a un escocés de la tripulación, que dibujaba regularmente, me hiciera un croquis del monstruo y el segundo bajó a medirlo. El ejemplar era macho; medía unos 30 m de largo total; 1,8 m alrededor del cuello; 2,5 m de circunferencia alrededor de los hombros; y la parte más ancha del cuerpo 3,5 m, que parecía algo distendida.

La cabeza era larga, de más de tres metros de largo, plana, con surcos y crestas; los huesos de la mandíbula inferior estaban separados; la lengua finalizaba en forma de corazón. La cola corría casi hasta un punto, de punta cartilaginosa, plana y firme. (…)

Al examinar la piel descubrimos, para nuestra sorpresa, que el cuerpo estaba cubierto de grasa, como el de una ballena, pero tenía sólo 10 cm de grosor. El aceite era claro como el agua y se quemaba casi tan rápido como la trementina. Despiezamos al animal, pero era muy difícil, la grasa era tan elástica que, estirándose hasta cinco metros, se encogía hasta sólo alcanzar uno. La cabeza se trató de preservar en sal.

Hemos guardado todos los huesos, que los hombres aún no han terminado de limpiar. (…) Uno de los pulmones de la gran serpiente marina era un metro más largo que el otro. Había 94 dientes de unos seis centímetros, en las mandíbulas, muy afilados, todos apuntando hacia atrás y tan grandes como un pulgar. Descubrimos que tenía dos agujeros o espiráculos, por lo que debe respirar como una ballena; también tenía aletas para nadar, tipo patas, de tejido flexible pero muy firme.

Las articulaciones del dorso estaban sueltas, y parecía que, cuando nadaba, movía dos costillas y una articulación a la vez, casi como patas. Tardamos casi tres días en obtener los huesos, pero ahora están casi limpios, son muy porosos y de color oscuro. La cabeza será también preservada”.

¿Cómo sabemos tanto sobre la serpiente marina del Monongahela? Resulta que el barco se cruzaría casi un mes más tarde con el también ballenero Rebeca Simms, comandado por el capitán Samuel Gavitt, rumbo al norte. Sería éste quien llevase a puerto el pormenorizado relato de Seabury, publicado por el London Times el 10 de marzo de 1852 –disponible actualmente en versión digital– y la también revista científica británica Zoology.

¿Cuál fue el destino del Monongahela y de la preciosa mercancía criptozoológica que albergaba sus bodegas? Al parecer, todo el cargamento, incluidos los restos de la formidable serpiente marina y la tripulación, acabarían en el fondo del mar, ya que el desafortunado ballenero naufragaría un año más tarde. La maltrecha placa de popa con su nombre fue recuperada en 1853 en las costas de las Umnak, islas Aleutianas. ¿Qué fue izado a bordo del Monongahela por su recia tripulación ballenera?

REPTIL MARINO A LA DERIVA
Este enigmático expediente criptozoológico podría ser tomando como la clásica historia de pescadores, exagerada e inexacta, propia de una taberna marinera donde se despacha demasiado ron de baja calidad. No obstante, opinamos que el relato puede ser verídico, ya que tanto el barco como su capitán y tripulación existieron en el momento de los hechos, algo corroborado en el actual Museo Ballenero de New Bedford. Además, el detallado informe guarda un buen número de pistas, tanto anatómicas como conductuales, que pueden ayudar a dilucidar la verdadera naturaleza de tan espectacular animal oceánico:

1. Mandíbulas con 94 dientes, muy afilados, todos apuntando hacia atrás y tan grandes como un pulgar en la encía, firmemente asentados.

2. Los huesos de la mandíbula inferior estaban separados.

3. Uno de los pulmones de la “serpiente marina” era un metro más largo que el otro.

4. La apuntada cola, rematada por cartílago plano y firme.

5. Espiráculos y respiración/cabeceo en superficie.

¿Por qué resultan cruciales estos puntos? Son características pertenecientes al grupo de los reptiles, por lo que estimamos que los datos son verídicos. Expliquemos por qué:

1. La mayoría de las serpientes modernas tienen dientes como los descritos. Además, los Mosasaurios, los antiguos reptiles marinos y los antepasados modernos de los varanos actuales, presentan este tipo de dentición. Los cachalotes y otros cetáceos dentados tienen una configuración muy diferente –dientes rectos sólo en mandíbula inferior–.

2. Las mandíbulas de los grandes reptiles oceánicos prehistóricos, siendo el grupo de los Mosasaurios el mejor candidato para la descripción proporcionada, se dislocaban como sucede en las serpientes actuales y tenían una articulación en mitad del hueso para, de esa manera, ampliar aún más la apertura bucal e impulsar luego hacia adentro las presas, tragadas enteras.

3. Pulmones desiguales. Otra característica anatómica típica presente en reptiles, tanto en lagartos, serpientes o varanos, y ausente en mamíferos.

4. Estudios paleontológicos de 2013 muestran que los Mosasaurios tenían una cola similar a la de los tiburones, con un lóbulo superior muy pequeño y otro orientado hacia abajo, lo que facilita la locomoción submarina que impulsa a su vez al animal casi siempre hacia la superficie para tomar aire.

5. Respiración en superficie. Algo lógico en un reptil oceánico desprovisto de agallas. Todos estos datos morfológicos y anatómicos, cuidadosamente reflejados en el informe de Seabury, estimamos son muy difíciles de falsificar, imaginar o inventar, y mucho menos por “rudos” balleneros del siglo XIX.

Es obvio, ya que simplemente carecían de los conocimientos técnicos, en el campo de la zoología o la anatomía, para brindar a tal lujo de detalles, algunos de ellos hallazgos modernos dentro del campo de la paleontología del siglo XXI. ¿Es por tanto la serpiente marina, o reptil desconocido del Monongahela, un caso aislado parcialmente resuelto? Al parecer no, ya que se han registrado un buen puñado de casos similares a lo largo de la historia, y uno también muy reciente, y cómo no, muy inquietante.

LA CRIATURA DEL CRUCERO BRISA DE CARNAVAL
Agosto-septiembre del 2014. Aguas profundas del Golfo de México. El empleado británico de la línea de cruceros Carnaval, monitor de fitness entonces, Paul George, divisa una especie de “submarino muy oscuro” a babor. Parte del pasaje, unas 10 personas, mira asombrado aquella colosal figura desde la última cubierta del barco:

“El cuerpo era oscuro y liso, y presentaba una piel coriácea, algo así como un cruce entre una tortuga y un cocodrilo… Suena raro, pero algo así, como un gran cocodrilo o animal similar, de piel más bien uniforme sin crestas ni escamas grandes. Un tiburón de tres metros sería algo pequeño junto aquel animal.

Medía unos 15 m al ser comparado con los botes salvavidas, que rondan los nueve. No era una ballena, ya que presentaba un grueso y robusto cuello, de hombros fornidos, como cuadrangulares, y una enorme cabeza diferenciada del resto del cuerpo, de morro apuntado y ancho, de al menos unos tres metros de largo.

La mayor parte del cuerpo del animal estaba por debajo del agua, y la cabeza asomaba a veces, como respirando por la boca. Ninguno de los invitados con los que estaba tenía su teléfono a mano ya que estábamos en la cubierta 12 disfrutando del sol, del jacuzzi y de la piscina (…). La observación duró menos de un minuto, pero todos coincidían en que aquello era algo especial, o desconocido”.

La criatura del crucero Brisa del Carnaval es desconcertante, y su morfología, así como comportamiento, es lo que esperaríamos ver si observásemos cerca de la superficie algún animal tipo Mosasaurio o similar. Su tamaño, así como algunas características de su cuerpo, lo diferencian bien de, quizá, la única criatura con la que se podría confundir: una ballena.

Por ello ahora cabría preguntarnos: ¿Por qué no observamos más animales como el descrito anteriormente? ¿Qué pasa con los cadáveres? La posibilidad de divisar una criatura como ésta estimamos es remota. Seguramente las poblaciones de este depredador oceánico sean reducidas, y difíciles de ubicar por su independencia de la tierra firme –paren sus crías vivas en el agua–.

También diferenciarlo de grandes ballenas, en la distancia o a ras de agua, puede ser complicado. Por otro lado, el océano es un territorio casi infinito, y hallar un cadáver a la deriva, misión casi imposible: los restos serán rápidamente desintegrados por multitud de depredadores y carroñeros.

Además, la solidez del hueso de los antiguos reptiles oceánicos, unidos, posiblemente, a la práctica de ingerir rocas para estabilización submarina y digestión de la comida, harían del todo imposible recuperar el cuerpo del Leviatán, que se precipitará lastrado hacia el insondable fondo marino inexorablemente.

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