Se encuentra usted aquí

El Valle de los Caídos y las huellas del esoterismo franquista

Sábado 01 de Septiembre, 2018
Fue la obsesión de un tirano, su tumba y el símbolo de una dictadura. No es sólo un cementerio, sino un monumento erigido bajo concepciones mágicas que guarda el fantasma de la muerte y el simbolismo del esoterismo franquista. Francisco Contreras Gil

Situado en el Valle de Cuelgamuros, en el extremo sur de la madrileña Sierra de Guadarrama, entre grandes formaciones graníticas, robles, coníferas y olmos, se alza rompiendo el horizonte montañoso el titánico recinto del Valle de los Caídos.

Un lugar –compuesto por una abadía-monasterio, una cripta y una gran cruz–, marcado por la oscuridad de la dictadura, la de Francisco Franco y José Antonio Primo de Rivera –fundador de Falange Española, muerto en 1936–, que es la mayor fosa común de España, con más de 30.000 combatientes, además de campo de concentración y sepultura para quienes lo construyeron.

Un enclave en el que, el viajero descubrirá un escenario tan inaudito y tétrico como enigmático y misterioso.

LA HISTORIA OFICIAL
No cabe duda de que su construcción está ligada a la megalómana personalidad del dictador –aumentada por su convicción de elegido y salvador, por esa baraka, “suerte divina”, que siempre le acompañó– quien deseaba erigir un monumento de estilo imperial, en la misma línea que los Reyes Católicos, Carlos I y Felipe II, bajo la influencia del fascismo, del esoterismo alemán e italiano, y con el fin de legar un mensaje eterno.

Un proyecto sin igual –que tenía como fin conmemorar y honrar la memoria de los caídos en la Guerra Civil–, en el que se involucró personalmente en cada uno de los detalles, participando en todas las decisiones. El lugar elegido, lejos de lo que se piensa, no fue producto de la casualidad.

Franco recorrió en diferentes ocasiones la Sierra de Guadarrama buscando un enclave concreto que finalmente fue el paraje del Risco de la Nava, situado en línea recta con el Monasterio de El Escorial, con la Capilla Mayor, el etiquetado “Templo de Salomón” de Felipe II, y la cima del mágico Monte Abantos, a una distancia equidistante de Ávila, Segovia y Madrid.

Las obras comenzaron en 1940, un año después del fin de la contienda, y se prolongaron durante veinte años, hasta 1959, siendo inaugurado el mismo día que se cumplía el aniversario de la victoria de las tropas nacionales.

El proyecto inicial fue realizado por Pedro Muguruza, quien trabajó en el mismo desde 1940 a 1950, y concluido por Diego Méndez. Ninguno de los diseños –entre los que se encontraba una gran pirámide–, convenció a Franco, quien los cambiaba a su gusto.

A partir de 1951 se edificó finalmente una gran cruz y se realizó el tallado de las esculturas –obra de Juan de Ávalos–, la explanada y ampliación de la cripta, que en un principio tenía 11 metros de ancho y pasó a 22 metros. En 1955 se realizó el revestimiento de la cantería de las paredes y bóvedas de la cripta, las galerías y sacristías, y un año más tarde, en 1956, el coro, los altares y la pavimentación de la cripta. Y por último, en 1957, el pórtico, el gran claustro, el monasterio y el noviciado.

LOS “JUANELOS”, LAS COLUMNAS DEL TEMPLO DE SALOMÓN
El viajero encontrará las primeras señales esotéricas tras cruzar la puerta de entrada al recinto, de tres cuerpos, el central compuesto por dos pilares que enmarcan una verja con un águila bicéfala, la Cruz del Valle, el escudo de España, el escudo de armas de Franco y el escudo de la Orden de San Benito.

Son los llamados “Juanelos”, ubicados justo al lado de la carretera que va ascendiendo entre abetos, piceas, enebros, olmos y chopos. Cuatro grandes monolitos cilíndricos de granito sobre pedestal, dos a cada lado, de once metros de altura y un metro y medio de diámetro, obra de Juanelo Turriano, relojero oficial de Felipe II, creador de autómatas, tallados en el siglo XV para la obra de ingeniería que confeccionó y que abastecería de agua a Toledo, recuperados del olvido.

Dos columnas que carecen de utilidad arquitectónica, sin sentido en el conjunto monumental, que estarían vinculadas a Jaquin -la izquierda- y Boaz –la derecha–, las dos columnas de bronce situadas a la entrada del Templo de Jerusalén, construidas por el maestro Hiram Abif, fiel aliado de Salomón, que estaban rematadas por capiteles en forma de cáliz y pétalos abiertos de una flor de lis con una hilera de granadas, fruto de la vida.

Columnas que simbolizarían los principios duales de lo masculino y lo femenino, del bien y del mal, de la luz y las tinieblas, de reminiscencias kabalísticas, los pilares situados junto al árbol de la vida, y masónicas, que soportan el cielo y la tierra, así como míticas y legendarias, aludiendo al fenicio templo de Melkart en Cádiz, haciendo alusión a las columnas de Hércules.

LA CRUZ, EL TETRAMORFOS Y LAS VIRTUDES CARDINALES, ASTROLOGÍA Y ALQUIMIA
Posteriormente, entre las colinas, surge la monumental cruz, la más alta del mundo, visible a más de cuarenta kilómetros de distancia. Alberga una altura de 150 metros de altura y sus brazos una longitud de 46 metros, en cuyos pasillos interiores podrían cruzarse dos vehículos.

Se fabricó con hormigón armado –reforzado con un bastidor metálico recubierto de cantería labrada–, y se construyó sin andamiaje, elevándose desde dentro, como si se tratara de una chimenea. Está sustentada en un basamento en el que aparecen los evangelistas Juan, Lucas, Marcos y Mateo, cada uno de ellos con 18 metros de altura, tallados por Juan de Ávalos, con sus correspondientes tetramorfos, las imágenes que los representan, el águila, el toro, el león y el hombre alado respectivamente.

Una iconografía que tiene sus orígenes en el Apocalipsis –en el que se describen ángeles zoomorfos en torno a un Pantocrátor, constantes en el arte medieval, tanto en la escultura, como la pintura y los códices miniados–, y en el Antiguo Testamento, que según la tradición cristiana, describió el profeta Ezequiel en una de sus visiones, quien se inspiró en la astrología zodiacal babilónica estando preso en Mesopotamia, en el siglo VI a. C..

Siendo el toro, Tauro, el león, Leo, el águila, Escorpio, y el hombre alado, Acuario, las constelaciones sobre las que tuvieron lugar el equinoccio de primavera, el solsticio de verano, el equinoccio de otoño y el solsticio de invierno entre los milenios quinto y tercero antes de Cristo.

Una representación además que, según la tradición alquimista, correspondería a los cuatro elementos básicos rodeando al Pantocrátor, el “quinto elemento”, el unificador. Y tras ellos, las virtudes cardinales cristianas, prudencia, justicia, fortaleza y templanza. Adaptadas de la excelencia política de los griegos, que consistía en el cultivo de la virtud de Andreia, la valentía, Sofrosine, la sensatez, Dicaiosine, la justica, que formaban todas ellas al ciudadano, y a las que Platón añadió una más, la prudencia.

LA ESCALINATA Y EXPLANADA DE ENTRADA
Desde la carretera, ascenderemos por una escalinata asentada sobre la roca viva, de 100 metros de ancho, dividida en dos tramos, cada uno de diez escalones, que termina en la gran explanada de 30.600 metros de superficie.

Su pavimento forma una cruz en planta, que deja, en los cuatro ángulos, cuadrados enlosados con piedras de forma irregular, cuyas uniones se delinean con trébol y ray grass. Un pretil en la parte central la separa de dos laterales a los que se desciende por otras escalinatas graníticas, de quince escalones y más de sesenta metros de ancho que conducen a la puerta de la cripta sobre cuya entrada, en la cornisa, aparece la escultura de la piedad, obra de Juan de Ávalos, de cinco metros de altura y doce de longitud.

Escalinatas y escaleras que son una constante en el Valle de los Caídos. Que hacen referencia a la numerología cristiana, vinculada a los diez mandamientos pero que también a los diferentes grados de conocimiento por lo que debía ascender el iniciado para alcanzar la sabiduría y con los diez sefirot de la tradición cabalística, las esferas del árbol de la vida, representando cada uno de ellos un estado en el camino a la comprensión de Dios.

Escalones que ascienden y descienden que tienen una vinculación con el mito de la Escalera de Jacob, por la cual los ángeles ascendían y descendían del cielo, simbólicos accesos a otras esferas de la realidad, al mundo espiritual o al inframundo.

LA CRIPTA, EL VIAJE INICIÁTICO A LA CUEVA
Nada más entrar a la cripta aparecen dos arcángeles gigantescos, confeccionados con el bronce de cañones utilizados en la guerra, con las alas levantadas, apoyando los brazos cada uno de ellos en la empuñadura de una espada hincada en los plintos, en actitud vigilante y de meditación, obra de Carlos Ferreira.

Ángeles guerreros, guardianes del lugar. Seguidamente, descenderemos diez escalones, de nuevo la numerología mágica, para llegar a la gran nave, ubicada a un nivel más bajo para realzar el presbiterio, creando la sensación de un descenso y un ascenso. Está dividida en tres tramos –con grandes arcos fajones– con seis capillas, tres a cada lado, número simbólico de la Trinidad, en los que encontraremos distintas Vírgenes como patronas de los Ejércitos de tierra, mar y aire. Intercalados entre cada capilla cuelgan ocho tapices dedicados al Apocalipsis de San Juan de una colección flamenca del siglo XVI, que fue adquirida por Carlos V y traída a España por Felipe II.

Después, otra escalinata de diez escalones, por la que alcanzaremos el crucero y el altar mayor, todo ello rodeado por ocho estatuas, ángeles guerreros, sobre pilastras, de vestiduras toscamente labradas que contrastan con el pulimento de rostros y brazos, con la cabeza inclinada y cubierta. Todo ello vinculado al número ocho, la representación del infinito, relacionado con la estrella de ocho puntas de Salomón, el número de escalones que llevaban al atrio interior del Templo de Jerusalén y, en la antigüedad, con la iconografía de serpientes entrelazadas del caduceo del dios griego Hermes, símbolo del equilibrio entre fuerzas del bien y del mal.

En el centro del crucero y en verticalidad con la cruz monumental del exterior, aparece el altar mayor, una gran losa de granito pulimentado de una sola pieza. En el frontal, la representación de la Última Cena y a los lados de nuevo los tetramorfos, los símbolos de los cuatro evangelistas. Sobre el mismo, la talla de un Cristo crucificado, obra de Julio Beobide, realizada en madera de enebro, que fue cortada por el propio Franco en los bosques de Río Seco.

Y en torno a él, las figuras en bronce, de siete metros de altura, de San Rafael –con el bastón del peregrino–, San Miguel –con la espada–, San Gabriel –con una azucena– y San Uriel –conocido como Azrael, guardián entre el cielo y la tierra, intermediario de las almas, con la cabeza inclinada y cubierta con las manos en actitud orante–.

Todo el conjunto cubierto por una cúpula decorada con un mosaico de más de cinco millones de teselas, de reminiscencias bizantina y románica, con un Pantocrátor, obra de Santiago Padrós, en el que aparece Cristo en majestad con el Libro de la Vida y la frase Ego sum lux mundi, “Yo soy la luz del mundo”.

EL TEMPLO, PUERTA A OTROS MUNDOS
El Valle de los Caídos, contrariamente a lo que se piensa, no fue concebido como mausoleo para el dictador, ya que nunca dijo dónde quería ser inhumado. La decisión de que fuera allí enterrado la tomaron los miembros del gobierno de la dictadura con el permiso de la jerarquía eclesiástica.

No en vano, las obras para acondicionar la tumba se realizaron a toda prisa antes de su muerte, para lo que tuvieron que desviarse parte de los conductos subterráneos de drenaje de la nave central.

Entonces, ¿por qué y para qué se construyó? ¿Qué oculto fin tenía la titánica construcción? ¿Qué mensaje encierran sus piedras, sólo apto para ojos expertos en rituales paganos, astrología, cábala, masonería, en esoterismo?

Siempre hubo silencio entre los protagonistas de su edificación a la hora de explicar el simbolismo del Valle de los Caídos. Pero lo cierto es que sus elementos arquitectónicos obedecen a concepciones simbólicas y mágicas.

En su aspecto esotérico, números relacionados con ritos católicos, como el tramo de quince pasos, relacionado con los quince misterios del Rosario, los tramos de diez, con los Mandamientos o los tetramorfos y cuatro virtudes cardinales de la cruz.
Y en su aspecto esotérico, con numerología, astrología y masonería. Todo ello unido a su ubicación y diseño, sumergiéndose en una montaña mágico-sagrada, atravesando la roca viva, y una cruz alzándose al cielo, con el mismo sentido que tenían los cruceiros gallegos en los cruces de camino, virtual puerta entre el mundo de los vivos y el mundo de los muertos. El Valle de los Caídos es un auténtico misterio. Y lo único cierto es que los secretos se los llevó a la tumba su creador.

Otros artículos de:

Añadir nuevo comentario