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Víctimas del espaciotiempo

Martes 19 de Septiembre, 2017
Un reportero ha viajado a distintos puntos de la geografía española siguiendo la pista de varios casos de saltos en el espacio y viajes en el tiempo, con el objetivo de reconstruir tales incidentes en compañía de sus protagonistas.
Miguel Pedrero

En junio de 2014, Rosa Rodríguez, productora de Espacio en Blanco (Radio Nacional de España), programa radiofónico de cuyo equipo formo parte, me facilitó una serie de números de teléfono, pertenecientes a personas que habían llamado a la redacción para narrar distintas experiencias relacionadas de uno u otro modo con el mundo del misterio. Entre la lista me llamó la atención un nombre: Genaro Areal, vecino de A Coruña. Recordé que le había entrevistado veinte años atrás, en 1994, meses después de que hubiera protagonizado una teleportación. Al día siguiente marqué su número de teléfono.

«¡Por fin logro comunicarme contigo! –exclamó mi interlocutor nada más identificarme–. Llevo tiempo intentando localizarte porque me ha vuelto a pasar otra vez, pero en esta ocasión no viajaba en coche con mi hijo, sino con mi mujer».

Unas semanas más tarde, viajé a Galicia para seguir la pista de varios casos de encuentros cercanos con OVNIs, y aproveché para citarme con el bueno de Genaro. Pasadas dos décadas volvíamos a vernos las caras, esta vez en compañía de Carlos G. Fernández y Marcelino Requejo, mis dos habituales compañeros de aventuras tras lo insólito por tierras gallegas. Los tres «desenfundamos» nuestras grabadoras, y el agente comercial ahora jubilado empezó con el relato de su primera experiencia, ocurrida el 19 de noviembre de 1993: «Serían aproximadamente las ocho menos diez de la noche. Conducía mi hijo y yo iba a su lado, en el asiento del copiloto. Entonces trabajábamos juntos. Veníamos de Vigo por la autopista y nos dirigíamos a Santiago de Compostela, donde teníamos que cerrar un asunto con unos clientes. Iba a ser cosa de unos minutos y luego enfilaríamos para casa, en Oleiros (una localidad cercana a la ciudad de A Coruña).

Entonces la autopista no estaba terminada, sino que iba por tramos, así que poco antes de llegar a Padrón, tomamos de nuevo la autopista y paramos en la gasolinera que hay nada más entrar. Mi hijo llamó a su madre, mi esposa, y le dijo que a las ocho habíamos quedado en Santiago, pero que no nos íbamos a entretener nada y pronto estaríamos en casa».

EL ENIGMÁTICO TRÁILER NEGRO
Repostaron, dejaron atrás el área de servicio y, un poco más adelante, se toparon con un coche en la cuneta. «Tenía puestas las luces de emergencia y había dos personas agachadas a su lado, como si estuvieran cambiando una rueda o algo así –continuó relatándonos–. Seguimos la marcha y entonces, de repente, no sé cómo, aparecieron dos automóviles, también con las luces de emergencia, uno delante y otro detrás de nosotros. Aquello me pareció raro y le dije a mi hijo que adelantara al que nos precedía. Así lo hizo y, casi de inmediato, nos topamos con un tráiler enorme, totalmente negro y, lo que más me extrañó, sin matrícula. Y de nuevo pedí a mi hijo que lo sobrepasara. Justo al dejarlo atrás, antes de tirar de nuevo para nuestro carril, vimos unas luces a unos cientos de metros delante de nosotros. ‘Eso debe ser Santiago’, dije. Pero mi hijo, con cara de estupor, contesto: ‘No, papá, eso es la salida de la autopista de Sigüeiro. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?’ Continuamos avanzando y, efectivamente, estábamos donde él decía. Era imposible».

Nuestros dos protagonistas habían recorrido en un instante 45 kilómetros, «saltándose» Santiago de Compostela, de modo que no pudieron ver a los clientes con los que se habían citado.

Pagaron en el peaje de Sigüeiro, salieron hacia la carretera general y, poco después, llegaron a su domicilio, ante la sorpresa de la esposa de Genaro que no los esperaba tan pronto. «Al principio, no se creía lo que le contábamos, pero al comprobar que ambos decíamos lo mismo totalmente convencidos, acabó aceptándolo».

Tiempo después, el agente comercial acudió a un masajista a causa de unos fuertes dolores de espalda y, en un momento dado, éste le preguntó de qué se había operado, porque tenía una incisión de bisturí al final del coxis. «Le respondí que no me habían intervenido de nada, pero él insistió. No le di más importancia, pero semanas más tarde otro masajista me hizo el mismo comentario. En ese momento, estaba presente mi mujer, que sorprendida nos dijo que mi hijo, el que venía conmigo en el coche cuando pasó lo del ‘salto’, tenía la misma marca en idéntico sitio. Unos días antes, durante el examen médico al que tuvo que someterse previamente de prestar el servicio militar, el doctor que estaba inspeccionándolo le preguntó de qué lo habían operado en el coxis. Yo no sabía esto, imagínate mi sorpresa».

Como he comentado, ya conocía el caso, me lo había narrado Genaro veinte años atrás. Sin embargo, en diciembre de 2010 nuestro protagonista experimentó un fenómeno similar, y, al igual que la vez anterior, ocurrió tras adelantar a un tráiler negro idéntico al que se había encontrado en la autopista cuando viajaba con su hijo. «Mi esposa y yo habíamos acudido en coche a unos grandes almacenes que hay a las afueras de A Coruña, muy cerca del aeropuerto de Alvedro, con la intención de comprar unos regalos para nuestros nietos –nos narraba–. El caso es que no encontramos lo que buscábamos, así que decimos ir a otro centro de A Coruña. Cuando llevábamos recorrido un pequeño trecho, me topé delante al mismo tráiler que en 1993. Igual, totalmente negro y tampoco llevaba matrícula. Instintivamente me puse detrás, muy cerca, y mi mujer me gritó que no me fuera hacia el camión, que me echara para la derecha. Así lo hice, adelantándolo por ese carril, e inmediatamente nos vimos en la Avenida de Monelos, a la entrada de la ciudad de A Coruña. Menudo susto se llevó la pobre. Entonces no le cupo ninguna duda de lo que nos había pasado a nuestro hijo y a mí hacía tanto tiempo».

«EL COCHE FLOTABA»
Tras escuchar el relato, realizamos el mismo recorrido junto a Genaro, con la intención de reconstruir los hechos. Siguiendo las indicaciones del protagonista, comprobamos que adelantó al tráiler en el kilómetro 248 de la Nacional 550, «materializándose» al principio de la Avenida de Monelos, nueve kilómetros más adelante y «saltándose » varias poblaciones.

Unos días después de escuchar a Genaro, me reunía en Bayona (Pontevedra) con Silvestre Calvo, también agente comercial, quien en 1995 protagonizó otra espectacular teleportación. Frente a unos refrescos, con la playa al fondo repleta de gentes chapoteando en el agua, comenzó a desgranar su experiencia: «Era el año 1995, de eso estoy seguro, pero no puedo concretar si abril o mayo. Regresaba de Lugo por la carretera de Monforte de Lemos hacia mi domicilio en una pequeña población perteneciente a Ribadavia (Ourense).  Delante, en otro coche, viajaba un compañero, así que decidimos echar un cigarrillo en una zona conocida como Alto de los Peares…

…Él arrancó y yo llamé con el teléfono móvil a mi mujer para decirle que en unos tres cuartos de hora estaría en casa. Eran las nueve de la noche, aproximadamente. Total, que enfilé la carretera, hasta que ocurrió la primera cosa rara. Me di cuenta de que a ambos lados de la calzada, a una altura un poco superior a la del automóvil, había un montón de luces redondas muy luminosas. Estaban suspendidas en el aire. Conozco muy bien ese tramo y te puedo asegurar que allí no hay farolas, adelantándome a lo que me vas a preguntar».

A la vez, Silvestre notó que el vehículo parecía flotar a unos centímetros del suelo, «como si no tocara el piso», al tiempo que se sentía muy liviano. «Tenía la sensación de que mi cuerpo no pesaba nada», me dijo. Intentó mover el volante, pero el coche no respondía; «parecía que lo manejaba alguna clase de fuerza», trató de razonar. Y entonces lo vio: al fondo destacaba una ciudad enorme que desprendía una gran luminosidad en forma de cúpula, la cual alcanzaba varios cientos de metros de altura. «¿Qué era aquello? ¿Una megaurbe allí? Imposible –continuó rememorando los hechos–. El vehículo siguió avanzando y sobrepasé la ciudad, que quedó a mi espalda a mano izquierda. Fue entonces cuando desaparecieron esas bolas luminosas que circundaban la carretera y, unos 200 metros más adelante, cambió de repente el paisaje. Me di cuenta de que estaba a menos de un kilómetro de mi domicilio. Cuando entré en casa eran las nueve y cuarto de la noche. Mi mujer hasta se enfadó conmigo, porque pensaba que no la había llamado desde el Alto de los Peares. Argumentaba, con razón, que no podía haber llegado tan pronto.

Total, que se me ocurrió mirar el cuentakilómetros, y comprobé que no marcaba la distancia que hay desde los Peares hasta mi casa, algo más de cincuenta kilómetros».

ERROR EN MATRIX
Son tantos los incidentes de esta clase que he recopilado en los últimos años en España, que, con toda probabilidad, no se trata de un fenómeno tan anómalo, sino que seguramente son miles los individuos que lo han protagonizado.

Desde el punto de vista de la Física no hay ninguna ley que impida tales sucesos, aunque las probabilidades de que tenga lugar una teleportación de un gran cuerpo, como un ser humano, son infinitesimales. Un físico ortodoxo argumentaría que es tan improbable que quizá nunca ha sucedido en toda la historia del universo.

Sin embargo, a tenor de los testimonios que presento en este reportaje, quizá deban revisarse tales afirmaciones. De hecho, la teleportación ocurre diariamente en nuestras vidas, aunque a un nivel subatómico. Me refiero al denominado «efecto túnel», que puede medirse en el laboratorio y gracias al cual funcionan nuestros artilugios electrónicos, como radios, mandos a distancia, televisiones, aparatos estereofónicos, etc. La clave de este fenómeno se encuentra en el diodo túnel, un dispositivo que funciona gracias a esta extraña propiedad de las partículas subatómicas. En teoría, las cargas eléctricas no pueden atravesar esa infranqueable barrera, pero los electrones, que como toda partícula subatómica son a la vez onda y partícula, utilizan su función de onda para traspasar las barreras del diodo, emergiendo por el otro lado del artilugio.

Pero hay más, porque las partículas subatómicas serían en realidad minúsculos agujeros de gusano, que conectarían nuestra realidad con otras dimensiones. Eso defendían Albert Einstein y su más estrecho colaborador, Nathan Rosen. Más recientemente, uno de los grandes genios de la actualidad, Stephen Hawking, demostró que los agujeros negros acaban transformándose en una partícula subatómica, o sea, ínfimas entradas a otras regiones del espacio-tiempo. Por tanto, si en el «mundo micro» el fenómeno de la teleportación es común, ¿por qué los grandes cuerpos, en realidad formados por partículas subatómicas, no pueden sufrir tal «salto» en determinadas circunstancias que, de momento, desconocemos?

Curiosamente, en buena parte de los incidentes de esta clase, antes de que tenga lugar la teleportación, se produce alguna clase de anomalía que rompe el continuum espacio-temporal. A este fenómeno me gusta denominarlo «error en Matrix», pues, al igual que en el popular filme, esa «marca» que atenta contra la normalidad, indica que la realidad es muy distinta a lo que captan nuestros sentidos. En los casos que nos ocupan, como decimos, el «error en Matrix» antecede al salto espacial y/o temporal.

200 KILÓMETROS EN UN SEGUNDO
En el suceso protagonizado por José Luis Pérez y Rodrigo Freitas esa anomalía se trató de una extraña sensación en las espaldas de ambos, «como si tuviéramos una araña recorriéndonos la columna vertebral», me confesaba José Luis durante una extensa entrevista que me concedió.

A la una de la madrugada de una noche de enero de 1996, nuestros dos protagonistas, profesores de kárate, circulaban por la autovía a la altura de Benavente. Regresaban de Madrid hacia la ciudad de Vigo, donde residen ambos, cuando tras notar al mismo tiempo el efecto que he descrito anteriormente, decidieron encender la luz interior del automóvil para comprobar qué estaba sucediendo. Justo en ese preciso instante, se dieron cuenta de que el firme por el que circulaban «era mucho más irregular que el de la autovía y que a ambos lados de la carretera se levantaban unas montañas que antes no estaban; sin duda, había cambiado el paisaje», aseguraba José Luis. No tardaron en ver un cartel indicador en el que se leía «Río Sil» y, un poco más adelante, otro que informaba que se encontraban a 53 kilómetros de Monforte de Lemos (Lugo). ¡Habían recorrido más de 200 kilómetros en un segundo! Estaban en un lugar conocido como viaducto de San Martiño, en una zona muy alejada de su ruta, que sólo podían haber alcanzado tras tomar el desvío de A Gudiña en la autovía, circular por una carretera comarcal unos 70 kilómetros hasta llegar a la localidad de A Rúa do Petín, y en este punto tomar la N-525 para acabar bastante rato después en el citado viaducto.

Pero esa noche todavía depararía nuevas sorpresas para José Luis y Rodrigo. Tras tranquilizarse durante un rato, emprendieron la marcha para llegar finalmente a la ciudad olívica. Al salir de Ourense adelantaron a dos enormes tráileres de matrícula portuguesa que circulaban a escasa velocidad, y a los cuales escoltaban dos furgonetas con las luces de emergencia, a modo de aviso para el resto de los automovilistas. «El convoy iba muy despacio, a unos treinta kilómetros por hora como mucho, así que lo sobrepasamos –me explicaba el profesor de kárate–. Pero al llegar a la localidad de A Cañiza –a unos 45 kilómetros de Ourense– nos lo volvimos a encontrar. ¡Los mismos camiones de matrícula portuguesa con las mismas furgonetas! ¿Cómo podía ser?»

La misma cara de «no me lo puedo creer» les quedó a nuestros dos siguientes protagonistas: Juan M. L. y Bernardo D. G. El 7 de mayo de 2007, a las tres de la tarde, ambos viajaban en un vehículo hacia un aserradero situado en las cercanías de la ciudad de Lugo. Cuando se encontraban a menos de un kilómetro de su destino, observaron una densa humareda que parecía surgir del vehículo. Se detuvieron en el arcén para comprobar lo que estaba sucediendo, pero en ese instante el humo desapareció y decidieron reanudar la marcha, momento en el que se dieron cuenta de que el paisaje había cambiado.

«No sabíamos dónde estábamos –comentaba Juan al investigador Marcelino Requejo, que entrevistó a los protagonistas–. Nos faltaban pocos metros para llegar al aserradero y, de pronto, aparecimos al lado de un cartel indicador que ponía ‘Santa Eulalia de Bóveda’. No nos quedó otra opción que continuar hasta Santa Eulalia para ver si desde allí podíamos llegar al aserradero ». Habían recorrido unos seis kilómetros en un abrir y cerrar de ojos. Mientras buscaban el camino de regreso, contemplaron un curioso fenómeno que no han logrado explicarse: lo que semejaba el sol, «se encontraba situado en el centro de un enorme triángulo gaseoso», aseguraba el conductor.

Puedes leer el reportaje completo en la revista AÑO CERO nº297.

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