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Yetis en las antiguas Repúblicas Soviéticas

Martes 31 de Octubre, 2017
Enigmas ha viajado hasta algunas regiones remotas y montañosas de Asia central siguiéndole la pista a las escasas poblaciones de hombres salvajes que podrían habitar estas zonas.
Gustavo Sánchez Romero

Kar Adam, literalmente Hombre de las Nieves, o Ksy Giik –o Kish Kiik–, hombre salvaje en Kirguistán, Guls, Vujd y Dzhondors –Bestia– en Tayikistán, Almas en Mongolia, Barmanus en Pakistán y Afganistán, Ye-teh o Me-Teh en el Tíbet, Bután y Nepal, Chuchunaa en Siberia, Yeren, Dzez Tirmag en China, Golub Yavan, Gulbiavan, Majmun… son algunos de los nombres vernáculos usados en regiones de Asia Central para referirse a extraños y tal vez relícticos homínidos, quizás novedosos primates, aún por clasificar y describir científicamente.

Misterio criptozoológico, antropológico y cultural, podrían ser la clave de nuestra evolución, del desarrollo de nuestro lenguaje y de cómo podríamos sobrevivir a una extinción más o menos anunciada.

Siempre ligados a las grandes cadenas montañosas de Asia Central, un inexplorado territorio que abarca desde el norte empezando en Rusia y los montes Altái, pasando por Kirguistán y las montañas Tien Shan y Alai, conectando al sur con Tayikistán y los montes Pamir, para seguir hasta el magnético Karakorum y el todopoderoso Himalaya. En esta región de más de un millón de kilómetros cuadradossdonde muchos valles, picos y glaciares no han sido explorados, el hombre salvaje campa a sus anchas. Y es que estamos en una de las zonas más salvajes del planeta, donde casi cualquier aficionado puede realizar importantes descubrimientos zoológicos, casi dentro de cualquier grupo animal. Desde tiempos inmemoriales muchos son los que han sentido el imán de la aventura que resulta adentrarse en estas indómitas tierras, topándose bruscamente con el misterio. El ancestral, poderoso y aún irresoluto misterio del Hombre Salvaje centroasiático.

KHAKLOV Y EL PRIMIHOMO ASIATICUS
“El ejemplar, que era macho debido a la presencia de órganos genitales masculinos, estaba cubierto de pelo rojizo tirando a marrón. Se mantenía erguido y medía aproximadamente  lo que una persona adulta cualquiera. Los brazos eran largos y llegaban  casi a la altura de las rodillas. Los hombros eran poderosos y el pecho  se encorvaba un poco hacia adentro. Por encima de los ojos se proyectaba una abultada cresta de hueso, lo que acentuaba el hundimiento de éstos. La mandíbula era masiva y apenas presentaba barbilla. La nariz no era muy grande, pero ancha y abultada.

La piel del cuerpo, especialmente en las articulaciones, era callosa y rugosa. Las piernas estaban ligeramente dobladas hacia dentro a la altura de las rodillas. Los dedos de los pies eran gruesos, destacando el dedo gordo, plano, ancho y muy separado del resto. Las manos eran similares a las de una persona, con dedos carnosos.

En la parte posterior del cuello había una protuberancia peluda, como una pequeña giba musculosa, añadiendo al ser una tosca apariencia”. Así describían las notas del zoólogo y anatomista ruso Vitaly Khaklov al extraño ser capturado al sur de Kazajistán, en las montañas fronterizas entre ese país, Kirguistán y China. Entre 1908 y 1915 viajó por la región de Dzungaria, ubicada entre las montañas del Altái (Rusia) y las Tien Shan (Kirguistán). Allí los pastores, cazadores y agricultores locales le contarían historias relacionadas con el Ksy Giik, como acostumbraban a llamarle. Esta criatura bípeda, fornida y muy peluda era reconocida como un elemento más de la fauna local, aun- que estaban de acuerdo en que era en cierto modo “humana”. El Ksy Giik de Khaklov habitaría en la región del paso de Torugart, ubicado en la pro- vincia de Naryn, cercano a la frontera con China hoy. En invierno migraría al sur, buscando zonas favorables para su supervivencia, mientras que en verano remontaría al norte, buscando regiones despobladas. Dependiendo de la época del año podía ser observa- do en glaciares y terreno alpino, pastos de altura –jailoos–, o valles, ríos, lagos y zonas de menor altitud. Las ilustraciones y textos del cuaderno de campo de Khaklov nos muestran una criatura homínida de primitivos rasgos, de hábitos omnívoros, casi solitaria y capaz de dormir al raso adoptando una curiosa postura. Los pobladores locales le explicarían que así lo hacen los camellos de la región, arrodillándose bocabajo y colocando los codos en el suelo. Las manos des- cansan en la nuca, mientras la cabeza, que permanece hincada en el pecho, entra en contacto con el suelo sólo  con la frente. Las zonas que tocan el sustrato están fuertemente reforzadas por placas de engrosada piel callosa. Esta manera de descansar podría estar relacionada con una técnica de camuflaje, para pasar desapercibido en campo abierto y conservar calor corporal a la vez. Los hábitos del Primihomo asiaticus eran registrados así en los archivos de la Academia de las Ciencias Rusas en 1914.

LOS SOVIETS Y UNA COMISIÓN DE ESTUDIO
Al cabo de unas décadas el testi- go sería tomado por un grupo de científicos soviéticos. Motivados por las investigaciones de Khaklov, continuarían explorando las regiones visitadas por su colega. La idea sería hacerlo con más medios y cubriendo una mayor cantidad de terreno. Nacía así la Comisión para el estudio del Hombre de las Nieves. La gota que haría colmar el vaso fue la noticia, radiada en 1957, sobre la expedición de Izzard y Stonnor en busca del Yeti en el Himalaya y los avistamientos registrados. Además, y para avivar el fuego, a principios de 1958 aparecía una providencial llamada en el rotativo PravdaLa Verdad–. El geólogo soviético A. G. Pronin divisaba una figura humanoide al borde del glaciar Fedchenko, en el Pamir –hoy frontera entre Kirguistán y Tayikistán–: “Al mediodía noté una figura sobre un acantilado rocoso a unos 500 metros de distancia. Mi primera reacción fue sorpresa, ya que la región estaba deshabitada… luego reconocí que la criatura no era humana. Se parecía a un hombre, pero estaba muy encor- vado. Observó cómo la potente figura se movía por la nieve, manteniendo sus pies separados, y notó que sus antebrazos eran más largos que los de un humano estando cubierto de pelo gris rojizo”. Tres años después, Pronin volvería a divisar al gigante solitario.

Ese mismo año, la cuestión del “Pie Grande” era discutida en el Consejo  de la Academia de las Ciencias, con su presidente, el químico Alexander Nes- meyanov, al frente. Se resolvió inves- tigar a fondo y enviar al geólogo S. V. Obruchev a la zona donde Pronin dijo haber divisado la figura. El líder de la expedición era C. Stanyukovich, que había trabajado varios años en la región. El profesor Boris Porshnev sería nombrado jefe adjunto. Por desgracia, Stanyukovich era botánico, por lo que invitó a muchos de sus colegas. Además, el grupo estaba compuesto por arqueólogos, etnógrafos y cuatro zoólogos: dos expertos en aves, uno en cetáceos y otro en murciélagos, pero ¡ningún primatólogo o mastozoólogo terrestre! Por ende, los intereses de la expedición eran botánicos, considerando la cuestión del hombre salvaje como algo secundario. Esto determinaría también la elección de las zonas de estudio, centrándose en los valles de los ríos Psharta, Balyandkiika y la región del lago Sarez, áreas con pocos registros de homínidos anómalos.

En este sentido, no se tuvo mucho en cuenta la opinión de Porshnev. La expedición contó además con la presencia de guías locales, cazadores, escaladores y rastreadores con perros entrenados para detectar el olor de varias especies de primates, aunque el terreno rocoso dificultó sus movimientos haciéndolos casi inútiles. Entre los participantes destacaba la Dra. M. J. Koffman, escaladora y cirujana, futura líder de expediciones para el estudio de homínidos del Cáucaso.

Hacia finales del verano la expedición estaba preparada, dividida en cuatro grupos y con el objetivo de alcanzar la parte superior de Balyandkiika, donde Pronin dijo ver a la criatura. Sin embargo, la organización y la planificación del trabajo no fue exitosa. A veces había que esperar a que el líder de cada sección tomase decisiones, perdiéndose mucho tiempo. Los suministros tardaban en alcanzar los campamentos base, y la demora trajo el mal tiempo. Tan sólo se registraron unos pocos animales como grandes rapaces, osos e íbices asiáticos. Nada fuera de lo común. No obstante, los arqueólogos recopilaron gran cantidad de artefactos ligados a la vida en el Pamir. Los etnógrafos tomaron nota de los mitos relaciona- dos con demonios y seres fabulosos, pero escaso material sobre el Hombre Salvaje. Finalmente, la expedición retornaría a Moscú sin éxito, anunciándose de manera precipitada que  el abominable hombre de las nieves no habitaba en el Pamir. Por su parte, Porshnev arremetería contra el comu nicado de la Academia de las Ciencias

declarando que “la expedición se ha centrado en zonas incorrectas y a finales de verano principios de otoño es muy difícil detectar a estos grandes simios en la zona alpina ya que es entonces cuando descienden hacia valles y bosques inferiores para alimentarse de frutas, nueces y bayas, y más tarde ralentizar su metabolismo y aletargar- se”. No obstante, la Comisión existiría durante tres años más. Durante este tiempo se acumuló gran cantidad de información sobre avistamientos, tan- to modernos como históricos. Porshnev compiló y publicó cinco anuarios titulados Materiales Informativos relacionados con el problema del Abo- minable Hombre de las Nieves. Tras  la abolición de la comisión, continuó escribiendo. Ninguno de sus libros ha sido traducido al inglés o al español, e incluso en Rusia son raros. Más tarde, en 1960, el erudito Pyotr Smolin iniciaría un seminario sobre el tema en el Museo Darwin, en Moscú. Esto motivó una segunda generación de investigadores, algunos activos hoy.

EL TECHO DEL MUNDO: HUELLAS E INCIDENTES
Empezamos este apartado con un extracto de una entrevista al entonces presidente de la Academia de las Ciencias de Kirguistán, B. Adyshev: “He nacido y me he criado en las montañas de Kirguistán y desde la infancia he oído de mis padres y otras personas respetables relatos sobre la gente salvaje que vive en las montañas y que a veces observan cazadores y pastores. Las observaciones se dan con más frecuencia en las estribaciones septentrionales de la Cordillera de Fergana y la parte oriental adyacente  a la Cordillera de Chatkal y Talas”.

Kirguistán cuenta con una población de unos seis millones de habitantes y una superficie de casi la mitad de Es- paña. La densidad poblacional media es de 26 habitantes por km2 y algunas regiones presentan densidades de 1-2 habitante por km2. La República, independiente de la URSS desde  1991, es un 90% montañosa. Las  Tien Shan –Montañas Celestiales–, donde destaca el Pico Victoria –7.439 m– dominan el país, siendo la altura media los 3.000 metros. Entre los más de 70 casos recopilados hasta el momento conectados con el Hombre Salvaje, hay de todo, desde ejemplares hembra que secuestran cazadores, hombres salvajes tomando agua de pequeños lagos, reducidos grupos que cruzan campos cultivados dejando huellas de 40 cm, agresiones y ojos que brillan en la oscuridad apareja- dos a terribles alaridos… Entre ellas destacaremos tres por su contunden- cia, multiplicidad de testigos, material gráfico y seriedad en la investigación.

En 1976, el profesor de escuela secundaria de la ciudad de Merke, A. Pechersky, coordinador de un grupo de jóvenes arqueólogos, se encontraba de excursión en la parte superior del valle Karakystak. El grupo pronto comenzó a notar que alguien parecía acecharlos: se oían piedras que caían por separado y de noche se escuchaba el crujido de ramas cercanas. Pechersky, sabiendo donde se metía, había traído una pistola. Al tercer día, casi a medianoche, Pechersky todavía estaba despierto. De repente oyó un movimiento cerca de la entrada de su tienda, que no estaba cerrada firmemente. Entonces vio que la mano de “alguien o algo” se escurría dentro, tanteando. No había duda que el pro- pósito de la “criatura” era alcanzar un plato con comida sobrante. Cuando encendió su linterna vio una mano peluda que rápidamente desaparece- ría, percibiendo los pasos acelerados del ladrón. La tarde siguiente también fue anómala. Antes de acostarse prendieron una hoguera en torno a la cual hablaban los miembros del grupo. De repente la conversación fue interrumpida, creándose un denso silencio. Al mirar sus caras, Pechersky se dio cuenta que sus estudiantes clavaban los ojos en su dirección, observando de manera intranquila algo detrás de él. Volviéndose, vio una fi- gura peluda y fornida a pocos metros, de pie, ligeramente inclinada hacia delante apoyando las manos sobre las flexionadas rodillas. Asustado por la situación, el maestro se dirigió a la tienda a buscar su arma que descan- saba bajo los sacos de dormir. Cuando saltó fuera de la tienda, ya no había rastro de la extraña criatura.

Las huellas más claras para la región de las Tien Shan centrales fueron halladas en 1963, en las laderas meridionales de la cordillera de Pskem, en el curso superior del río Koksu. Allí dos jóvenes kirguizos, A. Khaydarov y R. Khalmukhamedov, descubrieron en el barro una hilera de enormes pisadas. Khaydarov tomaría una fotografía de la más clara, el denominado “rastro de Chatkal”. En la primavera de 1967, un grupo de turistas de la ciudad de Talas descubriría grandes huellas en la garganta del río Bes- htash –ladera norte de la cordillera Talas, en las Tien Shan Occidentales–, de unos 38 a 40 cm de largo.

En agosto el equipo del biólogo V. Sapunov se trasladaba a la cuenca del río Saryjaz, en la provincia de Isik Kul, limítrofe con la provincia china de Xinjiang. Allí acamparían por espacio de dos semanas, realizando incursiones radiales, peinando el terreno y registrando la fauna. Su expedición destacaría por el empleo de feromonas animales colgadas en bolsas en distintos puntos cerca del campamento.

El 9 de agosto, de madrugada, “algo” se acercó a inspeccionar. Aparecieron varias ramas rotas y partidas de manera brutal, denotando una fuerza increíble, un humano hubiese necesitado herramientas o grandes hachas para lograr tal destrozo.

Además, había una gran cantidad de huellas. Éstas medían 35.5 x 15 cm. y estaban separadas por zancadas de 1.10 m. Las estimaciones basadas en estos rastros arrojaban una talla  de unos 2.2 m para el visitante. En consonancia con los resultados de las expediciones de la cordillera de Talas, se puede concluir que, en las estribaciones occidentales de esta cresta, en la región de las cabeceras de los ríos Pskem, Koksu, Aksu, Beshtash, Oygaing y Sandalash, durante los años 60-90, habitó un homínido muy grande, dejando huellas de unos 38 cm., por lo que su altura rondaría los 2.4 m. Al este de esta región, según los testigos oculares y las huellas halladas, vivirían especímenes más pequeños.

El país hermano de Kirguistán ubicado al sur es Tayikistán, de similar área y aún más despoblado. Esta República contiene en su mitad este la mayoría de los montes Pamir, donde destaca el pico Ismael Samani, de 7.496 m. Como anteriormente, de los múltiples casos registrados, nos centramos en dos que aportan “pruebas tangibles” al enigma:

En agosto de 1979 una expedición formada principalmente por escala- dores de Kiev, y liderada por I. Tastl e I. Bourstev, se dirigía a la cordillera del Hissar, en los montes Pamir-Alai –frontera entre Kirguistán y Tayikistán–. Armados de visores nocturnos, telescopios y cámaras de foto, la idea era alcanzar la cabecera del río Varzob y estar sobre el terreno el máximo tiempo posible.

El 15 de agosto el grupo descubría una hilera de huellas, separadas 1.2  m –el doble de la zancada humana– de unos 50 cm de longitud. Además, en el poblado de Khakimi obtendrían testimonios y descripciones por parte de los cazadores locales: Gafar Jabirov identificaría una ilustración de campo de un homínido prehistórico con una criatura observada por él mismo en torno a 1965, incidente ocurrido a unos seis kilómetros del poblado.

El hirsuto ser le observaba impasible desde unos 15 m. En la mañana del 21 de agosto la sorpresa sería mayúscula: Unas huellas increíblemente claras eran detectadas. Aproximada- mente a unos 500 m del campamento el rastro mostraba pisadas de 35 cm de largo. Se realizarían precisos moldes de las mismas, más tarde trasladadas a Moscú. Aunque ninguno de los presentes estaba familiarizado con las historias del pie grande americano, la huella obtenida era casi idéntica.

Tan sólo Bourstev había estado en contacto con algunos pocos investiga- dores americanos, y de manera intermitente –aún en pleno comunismo–, por lo que la autenticidad del rastro estaba garantizada. Rematamos este apartado con las declaraciones de un cazador de la región de Naryn que hemos entrevistado recientemente, y que creemos sintetiza de manera magistral las habilidades del Hombre Salvaje: “Es tan rápido como un muflón Marco Polo, sus ojos son de halcón y su oído tan fino como el del leopardo de las nieves. Simplemente no tiene rival en la montaña”.

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