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Mil mentiras y una verdad

Jueves 20 de Julio, 2017
Todo mito se fundamenta en algo profundamente real. En ellos, los antiguos nos legaron inimaginables conocimientos que debemos redescubrir. Lorenzo Fernández Bueno.

Alguien dijo una vez que si se repite mil veces la misma mentira, se acaba asumiendo como verdad. Si además detrás de la misma, hay una historia bien ordenada, atractiva, sugerente… mejor que mejor. Pero, ¿ocurre lo mismo a la inversa? Yo pienso que sí. Una verdad se puede camuflar de mentira, seguramente sin necesidad de repetirla tantas veces. Quizás la palabra mentira sea algo fuerte; dejémoslo en leyenda, mito… bien condimentado con los ornamentos que suelen lucir, para que la verdad, la que subyace en lo más hondo de estas historias, no vuelva a salir jamás a la luz.

Claro, con lo que no contaron aquéllos que pretendieron esconder la verdad, es con ENIGMAS. Porque en esta publicación no nos conformamos con las verdades absolutas, menos aún si despiertan en nosotros todo tipo de dudas; por eso nos ponemos a indagar, a buscar, a excavar hasta que llegamos al dato que, en un sentido u otro, confirmando o desvelando, nos dé satisfacción periodística. Para eso hay que viajar, especialmente cuando hablamos de temas tan complejos como el que nos ocupa este mes en portada.

Pensar que en el pasado se manejó un conocimiento extraordinario, que además fue puesto a salvo en depósitos de archivos, que a su vez fueron ocultados para que no se produjesen terribles eventos como la quema de la biblioteca de Alejandría, y que, por qué no, pudieron ser protegidos durante siglos por grupos de elegidos que sabían de la importancia de lo que tenían entre manos, puede parecer una locura, si no fuera porque en más de una ocasión –y más de dos– ya ha sucedido; quiero decir, ya han sido encontrados.

Desde lo más “razonable”, como la biblioteca de la ciudad asiria de Nínive, donde a mediados del siglo XIX se halló la biblioteca del rey Asurbanipal –más de 22.000 tablillas de arcilla plagadas de escritura con 2.700 años de antigüedad–, hasta lo más “fantasioso”, como la cueva ecuatoriana de Tayos, donde a mediados de los setenta del pasado siglo se dio con otras tablillas –éstas de metal– que contenían un conocimiento tan antiguo como quienes supuestamente las protegían, a más de ochenta metros bajo tierra.

Dicho esto la sensación que tenemos es que es mucho lo descubierto, y aún más lo que queda por descubrir. Simplemente hay que buscar en el lugar adecuado, quitar la capa de leyenda, excavar en el mito, y llegaremos al sustrato real, allí donde el hombre de otro tiempo dejó un legado difícilmente imaginable…

 

Esta editorial ha sido publicada en el número 261 de la Revista Enigmas. 

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