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Edimburgo: La piedra del destino

Miércoles 19 de Abril, 2017
Su nombre es sinónimo de misterio desde hace miles de años. Nos referimos a la Piedra del Destino, también conocida como Piedra de Scone o Piedra de la Coronación. Su historia es apasionante.
Por Lorenzo Fernández Bueno

Jacob aparece en el Libro del Génesis, y juega un papel importantísimo, primero porque es el amado de Dios, y segundo, porque es odiado por su hermano Esaú. Jacob se vio obligado a huir ante las malas intenciones de su hermano hacia él, y camino de Harán, cansado, recostó su cabeza sobre una piedra y se quedó dormido. Según el Génesis 28: 11 a 19: “(…) Y tuvo un sueño; soñó con una escalera apoyada en tierra (…) Y vio que Yahveh estaba sobre ella, y que le dijo: ‘Yo soy Yahveh, el Dios de tu padre Abraham. La tierra en que estás acostado te la doy para ti y tu descendencia. (…) y por ti se bendecirán todos los linajes de la tierra (…) Levantóse Jacob de madrugada, y tomando la piedra que se había puesto por cabezal, la erigió como estela y derramó aceite sobre ella. Y llamó a aquel lugar Bethel (…)”.

EL PERIPLO DE LA PIEDRA
Jacob decidió llevarla consigo, y legarla a sus sucesores. Por eso volvemos a verla en Egipto, esta vez en manos de Moisés. Una vez asentados en la tierra prometida, el pedrusco sirve como objeto sobre el que son coronados los reyes de Israel, hasta que en el siglo VII a.C. el rey babilonio Nabucodonosor llega a Jerusalén, e intenta hacerse con los favores de la Piedra del Destino. Y al parecer no lo logra, ya que el profeta Jeremías, que era descendiente directo de aquel que tuvo el sueño, logra escapar con su gente, llevando consigo la piedra.

Durante la navegación fue picada para reducir su tamaño, y que así resultara más fácil de transportar.

Llegaron a Galicia y desembarcaron en Brigantium. Allí permaneció durante décadas, hasta que al rey de los brigantes se le ocurrió la idea de invadir Irlanda, y al parecer aquellos primigenios gallegos llegaron y la conquistaron. Pero el pueblo se opuso a la conquista. La situación se salvó con el rey de los dalriadas pidiendo al de los brigantes que enviara a aquel que deseara como sucesor en su trono. Y envió a su propio hijo, Simon Breck, que llevaría consigo en dicha travesía la Piedra del Destino.

Allí, en lo alto de una colina cerca del actual Dublín, permaneció durante mil años, tiempo durante el cual asistió a todas las coronaciones de los reyes dalriadas. Incluso se decía que mostraba su aprobación a la hora de aceptar o no al monarca, emitiendo un potente gruñido que retumbaba en los oídos de todos los presentes. Por eso fue rebautizada como Lia Fàil, la “piedra que habla”.

El tiempo pasó, y Kenneth I MacAlpin unificaría los reinos de dalriadas, escotos, y pictos, convirtiéndose así en el legítimo y primer monarca de los escoceses. Y la piedra volvió a ser trasladada, esta vez a un pequeño monasterio en la isla de Iona, de donde no tardaría en salir rumbo al monasterio, también escocés, de Scone, que le daría uno de sus nombres, ya que allí, y sobre la piedra, se coronarían durante cuatrocientos años todos los reyes escoceses.

Ya en el siglo XIII, un desagradable monarca inglés, Eduardo I, decidió invadir a su vecino del norte, y llevar esa piedra de la que decían que era acreedora de un poder ilimitado para quien la poseyera. Moría el décimo tercer siglo, y la Piedra del Destino era una vez más trasladada, esta vez a la abadía de Westminster, donde permaneció hasta casi finales del siglo XX, situada bajo la conocida como Silla de san Eduardo, que es donde se han coronado todos los reyes de Inglaterra, incluyendo la actual Isabel II.

En la década de los cincuenta del pasado siglo, un grupo de cuatro estudiantes escoceses la lograron “secuestrar” durante unos días, y, tras partirla en dos mitades, consiguieron pasar la frontera y llevarla a su país. Sin embargo, pronto fue entregada a un maestro cantero para que uniese las dos mitades, y así devolverla a suelo inglés.

Así fue hasta 1996, cuando uno de los signos de identidad más importantes del pueblo escocés regresó a sus legítimos dueños.

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