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El fantasma del capitán danés

Jueves 29 de Noviembre, 2018
No siempre que hablamos de fantasmagorías debemos pensar en lugares oscuros o castillos encantados. Las tumbas también son lugares donde lo desconocido se hace presente. En el fondo, ¿qué mejor lugar que el cementerio? Fede Padial.

La naturaleza y el misterio se dan la mano en la conocida como Garganta del Capitán, un sendero dentro del parque natural de los Alcornocales, que hará las delicias tanto del buscador de leyendas como del senderista.

Allí, entre pozas, cascadas y una exuberante vegetación, encontramos una singular tumba tallada en la roca viva y que reza así: “Aquí yace Gabriel Moreno, que falleció el 13 de junio de 1834, a los 77 años de edad”.

Este epitafio, unido a historias de contrabandistas, da lugar a la conocida como “Leyenda del capitán fantasma”, que, dicen, se aparece por estos lares. Un soldado de la guerra de Dinamarca, apodado “el Capitán” por lucir galones aún en la vida civil, y que también combatió a las tropas napoleónicas, acabó dedicándose al contrabando en estas sierras, siendo abatido en esta garganta de un disparo y arrojado a una fosa común.

La tradición cuenta que su fantasma se aparecía sobre la roca que le vio morir, amedrentando a quien se cruzaba en su camino, hasta que un sacerdote mandó tallar aquella cruz y epitafio para apaciguar su alma. Para hacer la historia más rocambolesca, se cuenta que el tesoro acumulado está aún escondido en algún punto de la garganta, siendo el espectro guardián de tal fortuna.

En realidad, la tumba correspondería a Manuel Moreno Cantalejo, que trabajaba en uno de los molinos del arroyo, concretamente el de San José, y que pereció en la epidemia de cólera que asoló la comarca en siglo XIX, siendo enterrado en el mismo lugar.

Una leyenda digna de su fantasma, que fuera molinero o rufián nos hace imaginar su presencia cuando nos adentramos en la garganta y recorremos los majestuosos molinos de piedra engullidos por la vegetación. 

EL LLANO DE LAS TUMBAS
En el recorrido por tan pintoresco paraje se encuentra el Llano de la Tumbas, un conjunto de enterramientos antropomorfos en piedra, de los cuales poco o nada se sabe. Se especula sobre si se usaron como sarcófagos definitivos o como secaderos en procesos de momificación.

El no haberse hallado ninguna losa que las cubriera, ni restos de herramientas, hace aún mas misterioso el conjunto. Allí, en una pradera rodeada por varios cauces de agua, encontramos una serie de tumbas talladas en arenisca.

Nos sorprende su tamaño, bastante grande para este tipo de enterramientos –en la zona del Campo de Gibraltar existen más de 100 enterramientos antropomorfos pero de menor tamaño– así como una tumba doble donde podemos apreciar su orientación: una hacia Poniente y otra a Oriente.

Todas parecen rodear un complejo de ciclópeos bloques de arenisca que hacen que nos venga a la imaginación que en tiempos pasados fueran usados por aquellos misteriosos pobladores como un templo natural.

Las historias de luminarias en la zona siempre fueron tema de conversación en hogueras de campistas y scouts en los tiempos en que la acampada era libre. No deja de sorprender que el llano esté pegado a la zona de Botafuegos, donde se sucedieron los famosos incidentes OVNI de los años 80 en toda la comarca del Campo de Gibraltar, como el conocido OVNI del Cobre, entre otros. 

EL SANTITO DEL CEMENTERIO
La tumba de Antonio Mena Vicario, conocido como “el Santito” nunca está sin flores. A diario son muchos los peregrinos que pasan ante él, unos para pedirle sus favores, otros –como servidor– para visitarlo y dejarle un cigarrillo en su abarrotado nicho. La historia de Antonio Mena nos remonta a 1942, cuando un legionario en tránsito hacia Ceuta aparece muerto en las calles de Algeciras.

Las historias sobre su muerte bailan entre una pelea callejera y un asesinato en la prisión de la ciudad a manos de los carceleros. Sea como fuere, Antonio recibió cristiana sepultura y su tumba fue olvidada por el paso del tiempo. Hasta que, a mediados de los años 70 –1977 según algunos cronistas–, una vecina de una populosa barriada algecireña, penaba la pérdida de su hija pequeña en un trágico accidente.

La mujer pasaba largas horas aferrada a la sepultura de su hija con gran desconsuelo. Un día, según cuenta la tradición, un joven se le acercó a consolarla y se despidió de ella, pidiéndole que si podía adecentar aquella tumba cercana, que aparentemente nadie visitaba y en la que crecían las hierbas y matojos sin freno ante su total abandono.

Aquella mujer, pese a su sorpresa inicial, decidió hacer el favor a ese desconocido que tan amablemente le ofrecía consuelo ante la tragedia. Cuál fue su sorpresa cuando, retirando las matas y pobredumbre que rodeaban el nicho, apareció una placa con un retrato esmaltado.

En el mismo, identificó de inmediato a aquel joven que la habia visitado momentos antes: Antonio Mena Vicario. El revuelo fue tal que muchos algecireños comenzaron a visitar la tumba y a pedir favores a aquel aparecido que pronto fue apodado como “el Santito”.

Aquellas peticiones parecían cumplirse y pronto la fama de milagrero traspasó fronteras, llegando hasta nuestros días y siendo la tumba más visitada del cementerio, en la que nunca faltan flores ni muestras de agradecimientos por los favores recibidos en forma de exvotos que tapizan su blanco nicho.

Para terminar de dar más misterio al asunto, las autoridades, poco dadas a estos temas, decidieron exhumar el cadáver para acabar de una vez por todas con el caso de “el Santito”. Para sorpresa de propios y extraños, su cuerpo apareció incorrupto, forjando aún más su leyenda. Si pasáis por allí, no dejéis de visitarlo en el segundo patio a la derecha entrando por la entrada principal. Su tumba es fácil de reconocer: la que más flores tiene del cementerio.

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