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Guerra en el espacio

Miércoles 13 de Diciembre, 2017
En 1983, el Presidente Ronald Reagan ponía en marcha la iniciativa de defensa estratégica. En ella tomaba importancia la salvaguarda del espacio. No era para menos, las armas espaciales habían dejado de ser ciencia ficción. Y podían destruir el mundo en apenas un suspiro. Moisés Garrido.

En el verano de 1982, la ONU celebró en Viena una conferencia internacional bajo el título Unispace-82, centrada en la exploración y utilización del espacio ultraterrestre con fines pacíficos. Javier Pérez de Cuéllar, entonces secretario de las Naciones Unidas, advirtió ante más de mil participantes de todo el mundo del riesgo que supone para la humanidad militarizar el espacio y convertirlo en un campo de batalla. La carrera de armamentos en el espacio ofrecería una nueva dimensión a la destrucción humana, sustrayendo recursos que se necesitan con urgencia en los programas de desarrollo económico y social. No obstante, el científico indio Yash Pal aseguró durante el evento que el 75% de las actividades espaciales tenían ya como eje el ámbito militar. Existían suficientes armas, manifestó, para la defensa de satélites. Reconoció con malestar que el espacio se había convertido en un eventual escenario bélico, ya que los satélites utilizados con fines pacíficos estaban cada vez más amenazados a causa de la militarización espacial. El jefe de la delegación estadounidense se negó a hacer declaraciones al respecto.

A la iniciativa contra la militarización del espacio, se sumó la URSS. Su representante reconoció que existían fuerzas interesadas en estacionar armas en el espacio y emplear las órbitas próximas a la Tierra para actuar con propósitos militares. Asimismo, en agosto de 1983, el ministro de Asuntos Exteriores de la URSS, Andrei Gromyko, dirigió una carta a la ONU en la que manifestaba que Moscú proponía que el problema de “la firma de un tratado sobre la prohibición del recurso a la fuerza en el espacio y desde el espacio contra la Tierra”, fuese inscrito en el orden del día de la 38ª sesión de la Asamblea General de la ONU. Ya unos días antes, el máximo dirigente de la URSS, Yuri Andropov, declaró que se comprometía “a no ser el primer país que ponga en órbita armas antisatélites de cualquier tipo”.

Esa firme disposición a no militarizar el espacio, quedaba reflejada en la carta que Gromiko dirigió a Pérez de Cuéllar, en la que se comprometía a:

1. No experimentar ni desplegar ningún tipo de armamento de estacionamiento cósmico destinado a alcanzar objetivos situados en la Tierra, en el espacio aéreo o en el cósmico.

2. No utilizar objetos cósmicos puestos en órbita que se hallen en cuerpos celestes o instalados en el espacio como medio para atacar a otros objetivos situados sobre la Tierra.

3. No destruir o dañar los objetos cósmicos de otros Estados y no disturbar su funcionamiento normal, así como tampoco modificar su trayectoria.

4. No experimentar ni utilizar con fines militares, ni siquiera contra los satélites, nuevo sistemas.

“GUERRA DE LAS GALAXIAS”

Pese a las buenas intenciones, “la guerra en el espacio es algo que ya se puede practicar”, según aseveró en 1982 Ronald T. Pretty, editor del anuario Jane’s Weapons Systems. La publicación detallaba los nuevos armamentos de la guerra espacial, entre los que figuraban los haces de partículas y el láser. De hecho, por entonces, los gastos norteamericanos en programas tecnológicos de misiles balísticos se duplicaban por año. “Esta ha sido la consecuencia del programa de misiles MX y de la amenaza soviética que cree ver los Estados Unidos a su fuerza de misiles balísticos intercontinentales y sus medios de mando, control y comunicación”, señaló el anuario. Lo cierto es que no existían acuerdos que limitaran el uso del espacio para objetivos pacíficos, y los EE. UU. y la URSS usaban armas antisatélites.

Lo cierto es que poco después, en 1983, el entonces presidente de los EE. UU., Ronald Reagan, puso en marcha la Iniciativa de Defensa Estratégica –SDI– o “Guerra de las Galaxias”, entre cuyos objetivos estaba usar el espacio con fines defensivos, empleando armas destructivas como un láser de rayos X, que usaría una explosión nuclear para disparar un surtido de haces de láser capaces de desencadenar cien mil rayos de radiación en el espacio. Luego, impactarían en el aire, a la velocidad de la luz, contra la flota de misiles enemigos.

Los altos mandos militares norteamericanos veían que los conflictos bélicos en el espacio serían inevitables en los siguientes 25 años. De hecho, el programa de la Guerra de las Galaxias realizó una serie de experimentos con éxito, como el del 21 de junio de 1985. Desde la cima de un volcán de la isla de Maui, en las Hawai, se lanzó un rayo láser de baja potencia –cuatro vatios– hacia el transbordador Discovery. Los astronautas vieron las ráfagas de luz verde azulada cuando se hallaban a 338 km de altura.

Otro experimento realizado por los EE. UU. tuvo que ver con una nueva arma galáctica. Se trataba de un haz invisible de partículas neutras capaz de desintegrar un misil enemigo y de detener el lanzamiento masivo de cohetes enemigos. El lanzamiento experimental, realizado desde White Sands –Nuevo México– y cuyo coste fue de 60 millones de dólares, tuvo lugar en julio de 1989. El haz de átomos de hidrógeno acelerado penetra en el objetivo, y una vez dentro, libera su energía desintegrándolo. “Es uno de los más importantes logros en el desarrollo de la Iniciativa de Defensa Estratégica y nos obliga a continuar investigando las fronteras tecnológicas en áreas donde muchos creyeron que no conseguiríamos resultado”, manifestó el teniente coronel Warren Higgins, uno de los impulsores de la llamada Guerra de las Galaxias.

Este tipo de experimentos permitieron comprobar la posibilidad de utilizar rayos de gran potencia contra misiles nucleares enemigos. La cosa iba en serio. El gobierno norteamericano destinaría nada menos que 26.000 millones de dólares a su controvertida Iniciativa de Defensa. ¿El objetivo?: equiparse de armas capaces de destruir 3.000 misiles enemigos.

Sin embargo, tras el cese de la Guerra Fría, el Pentágono tenía que justificar el uso armamentístico y los avances proporcionados con la Iniciativa de Defensa Estratégica. Por eso, a principios de 1992, elaboró posibles situaciones conflictivas en las que los EE. UU. se vieran obligados a entrar en combate. Un documento fue filtrado al The New York Times, y demostraba que existía un gran interés en el ámbito militar por evitar la reducción de fuerzas y que los contratistas vieran cancelados sus pedidos de nuevos sistemas de armas. Había que garantizar, al menos hasta bien entrado el siglo XXI, mantener un contingente de fuerzas capacitado para luchar y ganar uno de los varios conflictos enumerados en el informe. Los gastos de Defensa estarían así justificados. Por ello, el recorte en el presupuesto de Defensa presentado por la Administración Clinton para 1994, no afectó a la Guerra de las Galaxias.

El programa se mantuvo intacto, a pesar de que el 3 de enero de 1993, George Bush y Boris Yeltsin habían sellado la alianza de los EE. UU. y Rusia en el “nuevo orden mundial”. La firma del tratado START II –Segundo Tratado de Reducción de Armas Estratégicas–, el mayor acuerdo de desarme nuclear de la historia, supuso una mayor seguridad planetaria.

Aunque esa relativa paz surgida entre las dos potencias no iba a disminuir las expectativas de militarizar el espacio… Y es que uno de los puntos más llamativos del informe secreto al que aludimos, se refería a una estrategia que tenía como fin poner freno a un posible “adversario o coalición internacional con una política de seguridad agresiva y expansionista”. La estrategia requería que los EE. UU. dispusieran de una tecnología militar superior al resto de países.

BATALLA ESPACIAL EN EL SIGLO XXI

Rusia no iba a permitirlo. Ni China tampoco. Ambas naciones han procurado no quedarse atrás en cuanto a la puesta en marcha de programas espaciales con fines militares. Las pruebas llevadas a cabo en la primera década del siglo XXI con armas antisatélites así lo demuestran. En abril de 2005, los EE. UU. lanzaron el XSS-11, un micro-satélite experimental cuyo fin era desactivar los satélites de comunicaciones y reconocimiento militar de otros países. Dos años después, se llegó a un momento tenso debido al incremento de tales pruebas.

Con Obama como presidente, se destinaron 5.000 millones de dólares para aumentar las capacidades de su programa militar en el espacio. “Defenderemos nuestros recursos espaciales si son atacados”, aseguró Frank Rose, secretario adjunto de Estado. Según la revista Scientific American,

“en 2007 los riesgos derivados de los desechos se dispararon cuando China lanzó un misil que destruyó uno de sus satélites meteorológicos en la órbita baja de la Tierra. Esa prueba generó un enjambre de fragmentos capaces de permanecer en el tiempo y que constituyen casi una sexta parte de los escombros rastreables por radar en órbita. Los EE. UU. respondieron de igual modo en 2008, reutilizando un misil balístico lanzado desde un barco para derribar un satélite militar estadounidense que funcionaba mal, poco antes de que se desplomara en la atmósfera. Esa prueba también produjo basura, aunque los escombros duraron menos porque ocurrió a una altitud más baja”.

China se atrevió a dar un paso en las pruebas. En mayo de 2013, lanzó un misil que voló a 30.000 km sobre nuestro planeta, aproximándose así a la zona segura de los satélites geosíncronos estratégicos. Y los EE. UU., asombrados ante la osadía del país asiático, no tuvieron más remedio que desclasificar detalles de su Programa de Conciencia Situacional del Espacio Geosíncrono –GSSAP–, que había permanecido en secreto. Era una advertencia para que se dejaran de provocaciones.

El GSSAP ya tenía en marcha varios satélites y aviones robóticos para maniobrar en el espacio y emplear tecnología militar contra potenciales amenazas enemigas. China disimuló diciendo que sus maniobras militares en el espacio obedecían a experimentos con fines pacíficos. No coló. Tampoco los chinos se fiaban de que las naves del GSSAP estuvieran destinadas a mantener la paz.

Lo cierto es que el control ofensivo del espacio por parte de los EE. UU. ha aumentado en los últimos años. Y lo justifican por el temor a las armas cinéticas. John E. Hyten, jefe del Comando Espacial de la Fuerza Aérea de los EE. UU., señala que el armamento cinético anti-satélites es fatal para el planeta, ya que la basura que generaría sería un riesgo para todos los satélites. “Si sucede una guerra de esta clase, hemos de tener capacidades ofensivas y defensivas para responder, y el Congreso nos ha pedido explorar cuáles serían esas capacidades. Para mí, el único factor limitante es que no haya escombros. Cualquier cosa que hagas, no generes basura espacial”.

Está claro que los EE. UU. se permiten el lujo de prohibir a los demás países, preferentemente a Rusia y China, lo que ellos sí hacen: militarizar cada vez más el espacio. Incluso su Mando Estratégico –USSTRATCOMha decidido preparar a sus militares para combates espaciales. Puede sonar a ciencia-ficción, pero no resulta descabellado si pensamos en la ambición que ha caracterizado a los EE. UU. a la hora de demostrar su supremacía militar y afán por conquistar el espacio. Era cuestión de tiempo que unificara ambos objetivos.

Y el tiempo ha llegado: “En un futuro próximo, Rusia y China serán capaces de utilizar sus capacidades para poner en peligro cualquier nave que tengamos en el espacio.La mejor manera de prevenir la guerra es estar listo para la guerra”, declaró hace unos meses John E. Hyten. El afán por mantener la carrera armamentística espacial ha de justificarse como sea. “Es una manera de justificar el comienzo de una militarización del espacio a gran escala por parte de los EEUU bajo el pretexto de una amenaza ruso-china”, sostiene Konstantín Sivkov, primer vicepresidente de la Academia rusa de Problemas Geopolíticos. Esta ofensiva se ha visto afianzada con la puesta en marcha de un sistema de defensa antimisiles Aegis capaz de destruir satélites de baja altitud.

Ígor Korótchenko, redactor jefe de la revista rusa Defensa Nacional, considera que esta situación supone una amenaza para la estabilidad global: “Implicaría un desafío sobre una guerra armamentística en el espacio, lo que conlleva a la desestabilización total de las relaciones estratégicas ruso-estadounidenses. Es muy peligroso”, afirma.

Se trata de una violación de la legislación internacional que prohíbe la militarización del espacio, exactamente del Tratado sobre el Espacio Ultraterrestre de 1967. Los EE. UU. han triplicado los gastos en el control espacial ofensivo, pasando de 9,5 millones de dólares de 2013 a 30,7 millones en 2016. Esto, sumado a que Washington votó en 2015 en contra de la resolución de la ONU para utilizar el espacio sólo con fines pacíficos, ha influido en el aumento de la desestabilización. Si los EE. UU. siguen con su política de militarización del espacio, Rusia y China no se van a quedar de brazos cruzados y en ese caso las posibilidades de una acción bélica en el espacio se acrecientan.

“Quien controle el espacio ganará las guerras, porque todas las guerras de hoy en la tierra están coordinadas y dirigidas por la tecnología espacial”, asegura Bruce Gagnon, secretario de la Red Global Contra las Armas y Energía Nuclear en el Espacio. Y es evidente que los EE. UU. no están dispuestos a permitir que ninguna otra nación le tome ventaja. Pero Japón e India también se han sumado a esa lucha y Rusia ha aumentado en un 11% anual su inversión.

Mientras, el vicealmirante Charles A. Richard ha advertido que Norteamérica está preparada para librar una guerra en el espacio. En la conferencia celebrada en marzo declaró que “al igual que los dispositivos nucleares disuaden de cometer una agresión, tenemos que mantener una postura en el espacio que comunique el mismo mensaje estratégico”. No se cortó un pelo al decir que “aunque no estamos en guerra en el espacio, tampoco creo que se pueda decir que estamos en paz”. Insistió en que “Los EE. UU. están preparados para luchar y ganar guerras en todos los dominios, incluyendo el espacio”.

Por lo pronto, la Fuerza Aérea estadounidense está creando una “construcción teórica de guerra espacial”, mientras colabora con la Oficina Nacional de Reconocimiento para elaborar el concepto de espacio como “dominio de guerra”. A su vez, el Centro Interinstitucional de Operaciones Espaciales Conjuntas del Pentágono, cambia su nombre por el de Centro de Defensa Espacial Nacional. Es evidente que en los próximos años seremos testigos de un inusitado avance militar en el espacio. ¿Qué consecuencias acarreará? Ojalá no seamos también testigos de un conflicto bélico sobre nuestras cabezas que nos prive de seguir gozando del firmamento como un entorno donde predomina la paz y que aviva nuestro deseo de exploración científica. Pero ya sabemos que el hombre siempre hace todo lo posible por dar rienda suelta a su capacidad destructiva. Y, por desgracia, el espacio sería un magnífico y novedoso escenario donde seguir haciendo alarde de ese maligno poder. “Esto no sólo podría conducir a una guerra total global, sino que la devastación en el espacio sellaría el destino de las futuras generaciones, ya que extensiones masivas de basura espacial destruirían cualquier esperanza de viajar o explorar el espacio”, aduce Bruce Gagnon. Inquietante, sin duda.

 

Para conocer más detalles acerca de estos conflictos espaciales hazte con el número 264 de Enigmas

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