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Escuadrón 731: El uso de armas químicas y bacteriológicas en la guerra

Lunes 11 de Septiembre, 2017
Durante la II Guerra mundial, la guerra química y bacteriológica, hoy de triste actualidad, llevó el horror a su máxima expresión. En un complejo experimental conocido como “el Auschwitz japonés”, se realizaron pruebas que encogen el corazón.
Óscar herradón

El bombardeo a primeros de abril con armas químicas en Siria y que causó al menos 80 muertos, el más feroz pero no el único que se ha perpetrado en el país en los últimos años, reabrió, mientras unos contendientes echaban la culpa a otros y viceversa, el antiguo debate sobre el uso de las armas químicas y bacteriológicas en las guerras. Pues bien, si el pasado mes hablábamos de cómo el uso de narcóticos en batalla no es algo nuevo, sino que se remonta a tiempos pretéritos, el uso de armas químicas o la guerra bacteriológica tampoco se han inventado hoy.  Ni mucho menos.

Una de las primeras alusiones al uso de armas químicas en la literatura occidental lo hallamos en el mito griego de Heracles –el Hércules griego–, el cual sumergía la punta de sus flechas en la sangre tóxica de la Hidra de Lerna, tras haberla decapitado, para que fueran venenosas y utilizarlas en sus siguientes “Trabajos”. En India el uso de venenos durante la guerra se menciona en varios textos, como el Mahabharata y el Ramayana –siglo III a.C.–, y en la Kautilya Arthasastra, un antiguo tratado sobre el arte de gobernar, se ofrecen recetas para crear tóxicos para las armas. Y la referencia al uso de gases tóxicos, tan frecuentes en las guerras modernas, también se encuentra en escritos milenarios de China.

En la Guerra del Peloponeso, en el siglo V a.C., se utilizaron gases venenosos durante una de las batallas que enfrentó a espartanos y atenienses: quemaron una mezcla de madera y azufre bajo los muros de Atenas para que intoxicaran a los defensores, facilitando el asalto. Restos de cristales de azufre y betún se han encontrado en túneles de Dura-Europos, a orillas del Éufrates, también en Siria, una ciudad romana que cayó a manos de los sasánidas alrededor de la mitad del siglo III de nuestra era. Cuando el azufre y el betún eran arrojados al fuego, generaban un gas asfixiante que se convertía en ácido sulfúrico cuando era inhalado por los romanos en los túneles.

Evidencias de que la guerra química, aunque arcaica, ya estaba en uso en la Antigüedad. A ello se sumó la guerra bacteriológica, de la que ya tenemos registros en época medieval, cuando se arrojaban cuerpos con la peste negra tras los muros de ciudades sitiadas para extender la enfermedad. Y durante la guerra franco-india que tuvo lugar entre 1754 y 1763, los nativos norteamericanos fueron víctimas de un ataque temprano de bioterrorismo: el capitán Simeon Ecuyer, responsable de Fort Pitt, que estaba sitiado, entregó como gesto de “buena voluntad” a los nativos unas mantas infectadas de viruela, uno de los crímenes de guerra más deleznables de aquel tiempo. Los casos son numerosos.

Muy cerca en depravación están los terribles experimentos con seres humanos, normalmente prisioneros de guerra, cuyo aspecto más sombrío, sistemático y conocido fue el de los médicos de la muerte nazis, pero ha habido más, bajo distintas formas.

ESCUADRÓN DE MUERTE
En el mismo conflicto, el más devastador de la historia humana, es bastante menos conocida la historia de las experimentaciones con humanos y también pruebas de guerra bacteriológica llevadas a cabo por los japoneses, concretamente a manos de una unidad especial de nombre tan siniestro como sus prácticas secretas: el Escuadrón 731, responsable de algunos de los más atroces crímenes de guerra de la época moderna.

Se creó en 1932, siendo ideado como una sección política e ideológica de la policía militar Kempeitai –“Cuerpos de soldados de Ley”–, con la intención de contrarrestar la influencia político- ideológica de los enemigos del Estado. Oficialmente fue conocido como “Laboratorio de Investigación y Prevención Epidémica del Ministerio Político Kempeitai”. Sin embargo, nadie, salvo los implicados y los supervivientes, supo de su existencia hasta décadas después.

En 1989, una noticia sacudía el país del sol naciente: mientras se realizaban trabajos de reurbanización en el barrio Shinjuku, centro comercial y administrativo de Tokio, aparecieron centenares de restos humanos que podían haber estado relacionados con crímenes de guerra. Durante la investigación, se supo que cinco años atrás un joven estudiante había descubierto en una librería de viejo unos documentos compilados por un oficial que formaba parte de la Unidad 731 y que recogían experimentos espeluznantes. Los cuerpos descubiertos lo corroboraban y el gobierno nipón no pudo ocultar por más tiempo uno de sus secretos más oscuros de la II Guerra Mundial.

La razón por la que existía dicha fosa común es que los miembros del escuadrón, una vez la guerra estaba perdida, intentaron destruir todas las pruebas de sus atrocidades, trasladando los cuerpos, sin todo el éxito esperado, como también le pasó a los nazis con los campos de exterminio que descubrieron las fuerzas aliadas.

En 1932, el teniente coronel Shiro Ishii, un joven y brillante microbiólogo sin escrúpulos, fue puesto al mando del citado laboratorio de Prevención Epidémica, y junto a sus hombres construyó una prisión experimental llamada Zhong Ma, en el poblado de Bei-inho, y formó la llamada “Unidad Togo” para la coordinación de estudios químicos y biológicos. En 1939, las instalaciones fueron trasladadas hasta Pingfan, al noreste de la ciudad china de Harbin, un gigantesco complejo que incluía edificios administrativos, laboratorios, barracones, una prisión, un edificio de autopsias y tres hornos crematorios. En total, 150 edificios dispersos en unos seis kilómetros cuadrados que fueron camuflados como un módulo de purificación de agua. El temible Escuadrón o Unidad 731 estaba compuesto por ocho divisiones dedicadas principalmente a la experimentación biológica en humanos y la fabricación de proyectiles cargados con agentes patógenos que más tarde eran esparcidos por diversas regiones.

Con la invasión rusa de Manchukuo y Mengjiang, en agosto de 1945, la siniestra unidad nipona que tanta sangre había derramado tuvo que abandonar su trabajo de forma rápida y el jefe Ishii ordenó a cada uno de sus miembros “llevar el secreto hasta la tumba”; dinamitaron las instalaciones para destruir las evidencias de sus turbias actividades pero habían sido tan bien construidas que algunas permanecen todavía hoy en pie. Las estimaciones más prudentes, publicadas por el US Army Medical Department, cifran en al menos unos 1.000 los prisioneros muertos durante los doce años que estuvo abierto el complejo, aunque otras fuentes apuntas a unas 10.000, así como 200.000 afectados.

Como sucedió con la Operación Paperclip en Alemania tras la derrota del Tercer Reich, parece que varios científicos estadounidenses, según afirma el historiador de la Universidad de California Sheldon B. Harris, en su libro La Guerra Biológica de Japón (1932-1945) y la cobertura americana, convencieron a las autoridades de que los datos obtenidos por la Unidad 731 durante sus experimentos “eran vitales para la seguridad nacional de los EEUU, de que debían estar lejos del alcance de los rusos y de que podían ser usados contra ellos”, información de la que se hacía eco ABC en febrero de 2015.

Oficialmente, durante los juicios de Guerra de Tokio, las acusaciones sobre las actividades de este escuadrón fueron rechazadas por falta de pruebas. La barbarie humana volvía a quedar impune en pro de una nueva lucha: la Guerra Fría.

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